Desazón, fracaso y utopía

SI LA ARGENTINA FUERA UNA NOVELA Por Arnaldo Calveyra-(Simurg)-192 páginas-($ 16)
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22 de agosto de 2001  

Nacido en Mansilla, Entre Ríos, en 1929, Arnaldo Calveyra es uno de los grandes poetas argentinos, una voz poética de tiempo completo que no sacrifica intensidad cuando cambia aparentemente de género. En cierto sentido, Calveyra escribe como si la poesía fuera todavía la economía central de la literatura: su escritura puede ser lírica en los preciosos versos de Cartas para que la alegría , Iguana, iguana o El hombre del Luxemburgo , tenuemente épica en los hermosos cuentos de El origen de la luz -sólo editados en francés hasta la fecha- y en su deliciosa novela La cama de Aurelia , o singularmente dramática en piezas como Cartas de Mozart , Moctezuma y, entre otras, El diputado está solo . Pero nunca resigna ese estado de alerta que pedía Edgar Bayley a los poetas frente a la inmediatez de la experiencia. Radicado en Francia desde 1961, Calveyra tiene en ese país el reconocimiento que se merece y que en la Argentina aún no ha alcanzado. Su obra, íntegramente editada en francés y sólo parcialmente en su lengua materna, ha sido traducida por oídos tan finos como los de Laure Bataillon y Gérard de Cortanze y considerada entre las más relevantes de las últimas décadas.

En Si la Argentina fuera una novela , su libro más reciente, Arnaldo Calveyra parece haber decidido ajustar cuentas con este país, con la cautelosa pero radical voluntad de un poeta. Es difícil decir si este libro constituye un largo poema en prosa que, de tanto en tanto, tiende a su consumación como ensayo; o si es una novela incumplida por la necesidad de detenerse en las elucubraciones que, con insistencia, se presentan a la escritura. Lo único cierto es que, a través de una larga y curiosa carta donde la reflexión alterna con pequeñas epifanías del instante, Calveyra intenta apresar las causas del fracaso del proyecto de país de los argentinos.

Siempre a punto de desbarrancarse, de perderse en la siesta de la indignación, Calveyra llega al balbuceo, a la insolada falta de certezas, luego de condenar algunas constantes de la cultura política y cívica argentina: golpismo, populismo, autosuficiencia. Busca trazar una genealogía noble, una vía virtuosa que, según el autor, asoma en Mayo y luego reaparece, ya temblorosa, en Echeverría, en Alberdi, en Martínez Estrada y, por momentos, en Borges. Y, en su curiosa oscilación entre el registro del momento, la evocación de un recuerdo íntimo y el repaso de los males argentinos, Calveyra parece mimar, como una salmodia, la falla irredimible de un país exiliado de su soñado destino de grandeza.

Incómodo y necesariamente imperfecto, este libro puede leerse como una autobiografía oblicua y, a la vez, como la formulación asordinada de una utopía: la poesía podría ser el atajo que nos devuelva la lucidez y nos exima de la estupidez y de la injusticia.

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