"Desde chico he sabido que mi destino es la literatura"

Apuntes sobre su vida y su obra, y esquelas que informan sobre uno de sus viajes son el signo distintivo de las reveladoras cartas que Borges le envía a Victoria Ocampo; la escritora, a su turno, tiene pasajes de recriminación
(0)
27 de junio de 2014  

[c. septiembre-octubre de 1927]

Yo estoy orgulloso de ese encuentro y de la espontaneidad de su aprobación y de haber motivado en usted esas precisiones hermosas sobre la imprecisión de nuestro lenguaje. De cualquier lenguaje, diríamos.

Yo, menos afortunado que usted, no creo tocar la realidad con ninguna palabra. Que el signo, que la cifra convencional para eso que suelo ver en el cielo, se diga moon o "luna", me es indiferente; lo torpe es que haya signos cerrados, palabras que diferencian la luna del cielo en que está y de las azoteas debajo de ella y de los sonidos y fragancias que estaban con ella cuando la vi. La realidad no está en ningún idioma: no sabe de verbos ni de sustantivos ni de adjetivos. El francés, desde luego, parece idioma mejor organizado que el español, más discreto, más unobstrusive, ¡otra palabra que nos hace falta!, menos orgulloso de sus tramoyas.

Aquí dejo de razonar y vuelvo a decirle –sencillamente– mi gratitud. Si alguna vez escribo una página que me satisfaga, prometo mandársela.

Jorge Luis Borges

[c. octubre de 1941]

Querida Victoria: Júbilo y gratitud por su carta. (La recibí el domingo, a causa de un ligero anacronismo en la dirección: desde el mes de enero vivo en Quintana 263.) Yo pensé que mi artículo era un acto de sentido común; ya algún colega que es también mi cuñado (un frère est un ami donné par la Nature, un beau-frère est un Espagnol donné par la Nature) me acusa de arbitrariedad. Goethe dice que al cabo de unas páginas abandonó el estudio de Kant, porque en ningún momento de la lectura "se sintió mejorado"; nosotros, Victoria, diríamos lo mismo del Quijote y quizá de Goethe. El Martín Fierro me conmueve, pero a la manera de los estilos o de las milongas: me gustan, pero no pierdo la conciencia de estar en un mundo muy playo.

Entiendo que muy pronto aparecerá mi libro de cuentos fantásticos, notas sobre autores imaginarios, etcétera. He recordado su indulgencia con la literatura policial; me he atrevido a dedicarle un breve ejercicio en ese género endiablado.

Aquí, pocas noticias. Adolfito y yo estamos corrigiendo las pruebas de una antología para la Editorial Sudamericana.

Suyo, con repetida gratitud,

J. L. B.

[Membrete: Comisión Honoraria de Bibliotecas Públicas Municipales]

[c. abril-mayo de 1946]

Le ruego, Victoria, perdone esta demora. He aquí unos datos quizá útiles:

He nacido en la ciudad de Buenos Aires, en 1899. En mi familia (como en toda familia de estas repúblicas) abundan los destinos violentos: el coronel Francisco Borges, mi abuelo, murió en la revolución de 1874; mi bisabuelo, el coronel Isidoro Suárez, decidió la victoria de Junín y murió en el destierro; otro antepasado, el general Soler, comandó la vanguardia del ejército de los Andes (y el ala izquierda del ejército argentino en Ituzaingó) y dedicó su vida a inextricables intrigas y conjuraciones, almost invariably unsuccessful; otro (Laprida) fue lanceado en Mendoza, etcétera. En esos muertos (cuyas espadas y cuyos retratos estaban en casa) he pensado mucho: ahora sé que infinitamente difiero de ellos y que me sería incómodo el diálogo con sus sombras. Más importante me parece la circunstancia de que una de mis abuelas era inglesa; más importante aún, el haber pasado la infancia (y toda la vida) entre libros de Stevenson y de Dickens, de Kipling y de Edgar Allan Poe.

He viajado mucho: Londres, París, Ginebra, Lucerna, Zürich, el Sur de Francia, el Norte de Italia, Portugal, toda España (salvo Asturias y Galicia), el Uruguay, una semana en Rio Grande do Sul. Ignoro si es importante esa geografía: mi recuerdo más vívido de Lugano (1918) es la apasionada lectura de las visiones de De Quincey; mi recuerdo más vívido de Madrid, algunas discusiones con Rafael Cansinos Asséns.

Desde chico he sabido que mi destino es la literatura. He aprendido (y olvidado) el latín; he aprendido sin maestros el alemán y lo leo sin demasiada incomodidad. Me avergüenza casi todo lo que he publicado, salvo algunos ejercicios fantásticos y alguna observación analítica.

En esta nota (que usted, Victoria, sabrá justificar y razonar) prescindo de fechas y de sucesos. Yo vivo, o trato de vivir, impersonalmente: tengo la certidumbre de haber evolucionado muy poco; de ser el mismo (centralmente) que he sido y que seré.

La firme gratitud, la amistad de

Jorge Luis Borges

Algunos datos adicionales:

En 1922 fundé (con Eduardo González Lanuza, Francisco Piñero y Guillermo Juan) la revista Proa, de aparición irregular y secreta; en 1924 (con Ricardo Güiraldes, Brandán Caraffa y Pablo Rojas Paz) la revista mensual Proa, que duró un año.

He publicado tres libros de versos (el primero, Fervor de Buenos Aires –curiosa mezcla de topografía y de metafísica–, es de 1923; el último, Cuaderno San Martín, de 1930). Ahora estoy revisándolos, a ver si de los tres sale uno.

Con Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares he publicado una Antología de la literatura fantástica y una muy censurada Antología de la poesía argentina. (Los editores le pusieron Antología poética argentina.)

En breve saldrá una tercera, de cuentos policiales. Cuando el destino me depare algunos meses libres, escribiré una corta novela o un cuento largo en el que estarán de algún modo todas las páginas de mi obra anterior. Se trata de una narración alegórica: sucederá en 1899, en Buenos Aires.

He traducido: del francés, obras de Michaux y de Gide; del inglés, The wild palms, de Faulkner, A Room of one’s own y Orlando, de Virginia Woolf; del alemán, Die Verwandlung de Kafka y cuentos de Martin Buber, de Kasimir Edschmid, de Gustav Meyrink, de A. Ehrenstrim, etcétera.

Buenos Aires, 13 de julio de 1953

Querida Victoria: Mis especialidades (mis preferencias) desgraciadamente no corresponden a las expected in a Latin American writer. En el Colegio Libre de Estudios Superiores y en la Asociación Argentina de Cultura Inglesa he dictado cursos sobre los clásicos norteamericanos (Hawthorne, Emerson, Edgar Allan Poe, Whitman, Melville, Thoreau, Mark Twain, Henry James, Henry Adams), sobre literatura inglesa, sobre las antiguas literaturas germánicas (los anglosajones, los escandinavos, los alemanes), sobre los pensadores presocráticos, sobre budismo (better keep this dark), sobre Bernard Shaw, sobre Yeats, sobre Martin Buber y sobre Kafka. El 24 de este mes iniciaré un "cursillo" sobre el siglo XVIII inglés: Pope, Hume, Macpherson, Gibbon, Boswell y Blake. ¿Me atreveré a agregar que en Santiago del Estero hablé, ante un auditorio judío, sobre Moisés de León y la Cábala? También he hablado sobre literatura fantástica.

Yo podría, en los Estados Unidos, hablar sobre literatura española e hispanoamericana. Conozco la primera pasablemente y bien la argentina. Con Adolfo Bioy Casares he editado y comentado a Quevedo (Quevedo: prosa y verso, Emecé Editores, Buenos Aires, 1948) y a los poetas gauchescos (Fondo de Cultura Económica, Méjico). El ensayo, la poesía o la narrativa argentina podrían, tal vez, interesar. Vuelvo a agradecerle su bondad, querida Victoria. Suyo, muy cordialmente,

Jorge Luis Borges

Austin, Oct. 11 /1961

Querida Victoria:

Estamos groping our way en este extraño mundo de América, en el que cada cosa es ligeramente distinta. Los aborígenes están llenos de buena voluntad y tratan de ayudarnos. La Universidad es espléndida; nuestra Biblioteca Nacional cabría cómodamente dos veces en la de esta provinciana casa de estudios. Estoy iniciando a los texanos en los deleites de Ascasubi y Hernández. A fines de Enero estaremos en Nueva York. Aquí los árboles nos traen recuerdos de San Isidro y, no sea mal pensada, de Adrogué. Vaya un plural abrazo, sin olvidar a la querida Angélica.

Suyo siempre,

Georgie y Leonor

Austin - nov. 30 [1961]

Querida Victoria:

Nuestra gratitud por su carta. La vida americana nos agrada y a veces nos sorprende, a los dos; por el momento, nada precioso o siquiera novedoso puedo declarar sobre América, pero un poema está acechándome y en cuanto se defina del todo, lo tendrá usted. El lunes 4 dic. saldremos para el Oeste y daré conferencias en las universidades de Albuquerque (New México) y en California (creo haber leído que los pioneers inscribían en sus carretas California or bust!) No sé si me atrevo a pedir alguna tímida noticia de cierta Antología personal que dejé por ahí. Afectos a Angélica y a los amigos de Sur que me recuerdan, con mis deseos de Merry Xmas.

Un abrazo,

Georgie

Escríbanos. Volveremos el 12. El 20 de Enero salimos ?para N. York, ¿y no la veremos por allá?

(Sin fecha)

Querido Georgie:

Gracias a Leonor –que me lo prestó– he podido ojear (no es una errata) el Jorge Luis Borges de L’Herne (no sé qué parentesco tendrá esta revista con "l’hydre de Lerne"... suena parecido). Desde luego, usted merecía ese homenaje (tardío) y mucho más. Digo mucho más, porque no todas las colaboraciones de este número están a las alturas de que habla José Bianco al referirse a sus colaboraciones de usted en SUR y a cómo desnivelaban la revista. Sin embargo, en esta "publicación" han aparecido cuentos, ensayos y poemas de los mejores escritores europeos y americanos contemporáneos. No ha estado usted en tan mala compañía.

En cuanto al nivel no siempre muy alto de las colaboraciones de L’ Herne, en esta ocasión, empiezo por citar mis propias páginas. No sé si al releerlas (yo había enviado otras, y sin avisarme siquiera, las cambiaron por una ya publicada en Cuadernos) me parecieron peores de lo que recordaba, tal vez por fallas inherentes a toda traducción, por buena que sea. Temo que usted no comparta esta opinión, pues le he oído afirmar que la traducción de Ibarra del Cementerio Marino era mejor que el original de Valéry.

Algunas aclaraciones me parecen necesarias, desde mi punto de vista personal. Ya sabe usted y por añadidura todo el mundo, que soy muy personal y que sólo hablo de mí misma (esto es por lo menos algo de que han tratado de convencerme). Dice usted, en su diálogo con Ibarra, que sorprendió ver en el primer número de SUR fotos del Iguazú, de la Cordillera, de Tierra del Fuego y de las Pampas (plural). Verdadero manual geográfico. Se le ocurrió entonces a usted que yo quería mostrarles el país a mis amigos europeos. Pero no. Se lo quería mostrar a los argentinos. A mí misma. Esta tierra de climas y aspectos tan variados es la nuestra –significaban aquellas fotos. Hoy, a cada rato tropezamos en La Prensa, LA NACION etc., etc., con fotos de nuestros paisajes, incluso con el de esas plazas de provincia que se distinguen por sus faroles, bancos y una que otra pérgola desprovista de enredadera. Nada de esto se destina a ojos extranjeros, supongo (y espero).

SUR, mi querido Georgie, ha sido para mí un medio costoso de desasnarme, téngalo presente. Y antes de dedicar las fotos en cuestión al lector desconocido (nuestro eterno cliente) me las dedicaba a mí misma, figúrese. Así es tu tierra –me decían. No lo olvides, ignorante.

Otro punto a aclarar: Adolfo Bioy Casares observa que al comienzo de la amistad de ustedes dos, usted lo puso en guardia: "Si quiere escribir, no dirija una editorial, ni una revista". Nunca se dio consejo más sano a un debutante. Quien dirige (o hace como si dirigiera) una Editorial o una Revista (no mencionemos a los que para colmo de desventura están a la cabeza de ambas catastróficas empresas) saldrá siempre perdiendo, si es escritor. Su ocuparse y preocuparse de hacer conocer a otros escritores se confundirá con una incapacidad innata de escribir él mismo. Quedará desdibujada su fisonomía. Escritores serán todos los que él publica, y él será el eterno editor, o director de alguna "publicación" más o menos fracasada.

Sin embargo, este oficio sacrificado (cuando no es lucrativo) trae aparejado algo positivo, a veces. Por ejemplo, si la revista SUR no hubiera invitado en 1939 a Roger Caillois, autor joven y desconocido, para dar conferencias en Buenos Aires, tal vez la traducción de sus obras, querido Georgie, hubiera tenido que esperar algunos años más. Desde luego, se hubiera tratado sólo de una demora. Otro Colón lo hubiera descubierto (para los europeos). Pero en este caso, la feliz elección de SUR resultó beneficiosa para la difusión de la obra de Jorge Luis Borges, argentino desconocido allende los mares (pese a lo mucho que yo, personalmente, había hablado de él en las capitales europeas y estadounidense).

Paso por alto un artículo en que se cuentan incidentes relacionados con mi revista (asunto que carece de vinculaciones con sus escritos, Borges). Lo paso por alto porque su autor no habla con lealtad ni buena fe y porque no se puede ser desmemoriado hasta ese punto. Además, en caso de amnesia, bastaba con mirar los números de SUR. Allí están enteras las declaraciones de las que solamente parece recordar la parte que le cuadra, en la ocasión. Hasta resulta cómico recordar que usted firmó una declaración violentísima contra el castrismo en esa fecha. Yo no la firmé. Y si usted en esa emergencia hubiera dirigido una revista, y hubiera ocurrido en ella lo que ocurrió en SUR, hubiera tenido que decir algo, como lo hice yo, lo más discretamente y prudentemente posible. No deja de ser pintoresco que un secretario, o jefe de redacción le advierta al director de una revista que no tolerará que éste puntualice su modo de pensar y la orientación de dicha publicación. O esto se llama totalitarismo, o ignoro el sentido de la palabra.

Nada más, querido Georgie. Quiero de nuevo dejar sentado que ni me gustan las violencias del régimen castrista (por ellas me he apartado de él), ni apruebo el racismo norteamericano (del que Kennedy no fue cómplice). Tal vez sea una utopía pensar que se puede cambiar el mundo usando los métodos que utilizó Gandhi. Pero éste es el único político de nuestro siglo que he venerado totalmente.

Lo admira su amiga.

Victoria Ocampo

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.