Efímeros sobrevivientes

Felipe Fernández
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29 de mayo de 2010  

Siete maneras de matar a un gato

Por Matías Néspolo

Los libros del lince

216 páginas

$ 79,98

El Gringo, narrador de Siete maneras de matar a un gato , es un muchacho de unos veinte años que vive en Villa Zavaleta, en el sur de la ciudad de Buenos Aires. Fue criado por Mamina, una mujer que también crió a su madre y se hizo cargo de él -cuenta- "cuando mamá se borró del mapa".

La novela de Matías Néspolo se va construyendo con un ojo atento a la descripción de un escenario marginal donde las posibilidades de optar por un destino mejor, ajeno a la delincuencia, parecen casi nulas. Ya de adolescente, el Gringo robaba estéreos y anduvo envuelto en un asunto que salió mal: "Pegamos un ladrillo de faso de medio quilo, para revenderlo entre los pibes del barrio, y a las dos cuadras nos cayó la cana encima".

A pesar de su rudeza, no le faltan sentimientos. Cuando junto con su amigo el Chueco asaltan al Gordo Farías, dueño de un bar de la villa, piensa que no le importaría "boletearlo", pero que le daría lástima dejar huérfana a Yanina, la hija adolescente de Farías. Más adelante, los dos aprendices de pistoleros se involucran en un enfrentamiento entre las bandas del Jetita y del Charly, que se disputan la distribución de droga en la zona, un negocio que cuenta con la complicidad de la policía.

Néspolo nació en Buenos Aires en 1975 y vive en España. Ha publicado un libro de poemas y algunos cuentos repartidos en diversas antologías. Siete maneras de matar a un gato es su primera novela y en ella pone especial cuidado en el diseño de un lenguaje que otorgue verosimilitud al contexto social en el que se mueven los personajes. En ese sentido, logra aportar realismo sin caer en un habla estereotipada ni limitar los matices expresivos.

La voz del protagonista, en particular, revela una dimensión más sensible, que puede mostrarse poética en medio de una situación erótica ("Su lengua me canta una melodía de saliva en el pabellón de la oreja") o de un tiroteo ("El Sapito sigue telegrafiando plomo a buen ritmo"). El Gringo, por momentos, da la impresión de querer vivir otra clase de vida. Incluso es capaz de atreverse a leer Moby Dick y de elaborar perspicaces comentarios sobre el libro sin perder su crudeza: "El maricón de Ismael es demasiado prolijo. Lo cuenta absolutamente todo [...] A veces se pone más pesado que un collar de melones".

Hay un inicio de identificación entre el muchacho y el héroe de Melville, pero la afinidad se interrumpe cuando se desata la guerra entre la banda del Jetita y la del Charly. También en ese punto no se proporcionan más detalles acerca de otras cuestiones, como la desaparición de la madre del Gringo y la responsabilidad de su primo Toni en ese episodio.

A partir de entonces la novela toma un giro hacia el género de acción que se sostiene hasta el final, sin que el relato se cierre con un desenlace categórico. Quizá Néspolo haya sentido la necesidad estética de dejar suspendida esta desolada crónica sobre efímeros sobrevivientes y eternos perdedores, condenados desde su nacimiento a dar vueltas en círculo sin poder escapar del vórtice de miseria y violencia.

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