El arte de la coherencia crítica

En Las ideologías de la teoría, el gran teórico cultural estadounidense Fredric Jameson reunió ensayos que abarcan todo el arco de su carrera y demuestran su interés en el modernismo
José Fernández Vega
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23 de enero de 2015  

Considerado el crítico marxista más influyente y original de la actualidad, el estadounidense Fredric Jameson (Cleveland, 1934) ofrece en Las ideologías de la teoría una vasta compilación de artículos. La obra había aparecido por primera vez en 1988; ampliada, se reeditó en su idioma original diez años más tarde. Esta última edición sirvió de base para la elegante traducción de Mariano López Seoane. El abanico temporal que despliegan estos textos comprende una parte sustancial de la trayectoria intelectual de Jameson, más de siete lustros de producción incesante, desde comienzos de la década de 1970 hasta 2008. Autor de una obra ingente -cada año presenta un nuevo libro (el último, aún no publicado en español, explora el realismo literario del siglo XIX)-, su fecundidad no se mide sólo por el febril número de publicaciones, sino por el impresionante espectro temático que cubren.

Las ideologías de la teoría es una buena muestra de esta omnímoda capacidad. "Nada de lo humano me es ajeno" es un proverbio latino que Marx eligió como lema. Jameson parece haberlo adoptado en la práctica, puesto que sus indagaciones no se limitan al ámbito de la literatura, sino que se proyectan hacia la filosofía, la historia y la política, sin olvidar el psicoanálisis ni la crítica cultural en su sentido más amplio. Otra cualidad sobresaliente es la mirada cosmopolita característica de estas intervenciones, algo infrecuente en un medio como el estadounidense, donde suele proliferar una especie de parroquialismo imperial sólo atento a las vicisitudes domésticas. Curioso de las producciones culturales de todo el mundo y gran conocedor de la tradición europea, Jameson se mueve con la misma soltura entre los clásicos de la literatura francesa y los del pensamiento alemán, por mencionar dos grandes usinas simbólicas.

Las referencias que pone en juego a lo largo de los ensayos de este libro van desde Max Weber hasta Jean-François Lyotard y de Gustave Flaubert a Alexander Kluge. Si algo se les puede reprochar a estos ensayos es justamente la movilización de tal cantidad de nombres y categorías-si bien nunca motivada por un mero coqueteo erudito-, que en ocasiones vuelve difícil seguir el intenso ritmo argumentativo del autor. El esfuerzo se atenúa gracias a una prosa clara y a una lógica precisa. Los múltiples asuntos tratados de manera explícita en Las ideologías de la teoría sobrepasan las posibilidades de cualquier comentario. Acaso resulta más factible reseñar ciertos temas que configuran una unidad subyacente e integran una especie de texto implícito que recorre la obra. Uno de ellos es la reivindicación de la narración, a menudo marginada por el alto modernismo que la consideraba tradicional, narcótica, repetitiva o comercial. Admirador de ese modernismo radical que signó el siglo XX, Jameson, sin embargo, defiende la narración porque advierte en ella fructíferas conexiones con la teoría y la política. Con el posmodernismo, el desprecio por la narración se conjugó con una fuerte desconfianza hacia el relato histórico y sus impulsos emancipadores.

De manera paradójica, la vieja crítica vanguardista se transformó en un vector esencial de las visiones conservadoras sobre el futuro de la sociedad; una ideología desplazó a otra de signo inverso. La náusea posmoderna ante la historia -la expresión es del autor- encubre factores políticos y distorsiona la representación, una facultad clave para el pensamiento moderno. Narrar, por lo demás, es un impulso humano esencial, núcleo de la empatía humana y de la solidaridad que el posmodernismo vino a congelar. "La narración -concluye (¿exagera?) Jameson- siempre significó de algún modo la negación del capitalismo." Menos interesado en las trilladas quejas contra un supuesto canon único y opresivo, Las ideologías de la teoría se propone reconstruir los cánones privados de los críticos y escritores que estudia. El análisis de la tensión dialéctica entre Kafka y Brecht, tan activa en la obra de Walter Benjamin, brinda un logrado ejemplo, aunque no el único. ¿Cuál sería el canon personal de Jameson? Marx y Hegel son los candidatos más evidentes. Modo de producción y totalidad constituyen grandes conceptos que heredamos de ellos. A pesar de la hostilidad que las rodea en la actualidad, dichas nociones todavía proporcionan los fundamentos para cualquier indagación cultural, asegura el autor. Menos esperable es la aparición recurrente de Sartre a lo largo de su libro. Jameson mantiene con Sartre una relación antigua y fiel: le dedicó su primer trabajo, dirigido por el gran filólogo Eric Auerbach, y sigue encontrando en su obra una fuente de inspiración política y filosófica.

"Hay que historizar siempre." Ésta se ha vuelto, según Jameson, la consigna esencial de la crítica cuando nuestra cultura parece hundirse en un puro presente sin vínculos con el pasado y sin perspectivas futuras. La energía militante que deriva de esa sentencia se manifiesta de modos diversos en Las ideologías de la teoría, ya sea en la indagación breve, pero comprensiva, de la vertiginosa década de 1960 o en la reconstrucción de términos clave del psicoanálisis lacaniano. El resultado de esa inclinación por la historia es que un conjunto de ensayos escritos a lo largo de muchos años mantiene una extraña vigencia intelectual y pone de relieve la coherencia de una voz crítica. Esta combinación no es muy frecuente.

Las ideologías de la teoría

Fredric Jameson

Eterna Cadencia

Trad.: Mariano López Seoane

778 páginas

$ 320

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