El artista que busca iluminar la herida secreta de todo ser

Deslumbrado por su obra, el escritor francés dejó un emotivo retrato del escultor en El taller de Alberto Giacometti, que publicará en noviembre Fundación Proa
Jean Genet
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12 de octubre de 2012  

La belleza no tiene otro origen que la herida, singular, diferente en cada uno, escondida o visible, que todo hombre guarda en sí, que preserva, y a donde se retira cuando quiere apartarse del mundo para estar momentáneamente en una soledad más profunda. Lejos está entonces el arte de Giacometti de lo que llamamos miserabilismo. Pareciera más bien que su arte se propone descubrir esa herida secreta de todo ser y hasta de toda cosa, a fin de que los ilumine.

Bajo una luz verde, Osiris apareció bruscamente -el nicho está cortado en seco, al ras de la pared-, y tuve miedo. ¿Fueron mis ojos, como era de esperar, los primeros en enterarse? No. Primero mi espalda. Y mi nuca, estrujada por una mano o una masa que me obligaba a hundirme en los milenios egipcios y, mentalmente, a inclinarme, y más aún, a encogerme frente a esa pequeña estatua de mirada y sonrisa duras. Era claramente un dios. El de lo inexorable. (Sospecho que hablo de la estatua de Osiris de pie, en la cripta del Louvre.) Tuve miedo porque se trataba, sin error posible, de un dios. Algunas estatuas de Giacometti me causan una emoción muy cercana a ese terror, y una fascinación casi tan grande.

Y también me causan este curioso sentimiento: son familiares, caminan por la calle. O vienen del fondo de los tiempos, del origen de todo, no dejan de acercarse y retroceder, en una inmovilidad soberana. Cuando mi mirada intenta domesticarlas, abordarlas -pero sin furor, sin cólera ni rayos, simplemente debido a esa distancia que me separa de ellas y que de tan comprimida y reducida que estaba yo no había notado, al punto de creer que estaban cerca-, se alejan hasta perderse de vista: esa distancia entre ellas y yo, de pronto, se había desplegado. ¿A dónde van? Por más que sigan siendo visibles, ¿a dónde están? (Hablo sobre todo de las ocho grandes estatuas expuestas este verano en Venecia.)

Nunca entendí bien qué significa ser un innovador en arte. ¿Por qué una obra debería ser comprendida por las generaciones futuras? Además, ¿eso qué querría decir? ¿Que la podrían usar? ¿Usarla para qué? No entiendo. Lo que sí entiendo -aunque sea oscuramente- es que toda obra de arte que se proponga alcanzar la grandeza, con infinito esmero y paciencia desde el momento de su elaboración, debe descender por los milenios, hasta reunirse con la noche inmemorial habitada por los muertos que irán a reconocerse en esa obra.

No, no, la obra de arte no está destinada a las generaciones futuras. Se ofrece al incontable pueblo de los muertos. Que la aprueban. O la rechazan. Pero esos muertos de los que hablo jamás han estado vivos. O lo olvidé. Y ellos hacen mucho para que uno lo olvide, para que uno olvide que la función de su vida es hacerles cruzar ese río manso donde esperan una señal, llegada desde aquí, y que ellos reconocen.

Además de estar presentes aquí, ¿dónde más están esas figuras de Giacometti de las que hablaba, si no en la muerte? ¿De dónde escapan cada vez que nuestro ojo las llama y les pide que se acerquen?

Le digo a Giacometti:

YO: Hay que tener coraje para poner una de sus estatuas en la casa de uno.

ÉL: ¿Por qué?

Dudo en responder. Temo que me mande al carajo.

YO: Una de sus estatuas, y la habitación es un templo.

Parece un poco desconcertado.

ÉL: ¿Y a usted le parece bien?

YO: No sé. ¿Y a usted? ¿Le parece bien?

La espalda y el pecho de dos de ellas tienen la delicadeza de un esqueleto que si uno tocase, se desintegraría. La curva de la espalda -la unión con el brazo- es exquisita? (me disculpo, pero) es exquisita de fuerza. Toco la espalda y cierro los ojos: no podría describir la felicidad de mis dedos. Sobre todo, tocan por primera vez el bronce. A continuación, algo poderoso los guía y los anima.

Habla de una manera pedregosa. Parece elegir por gusto las entonaciones y las palabras más próximas al lenguaje cotidiano. Como un bodeguero.

ÉL: ¿No se acuerda? Usted ya las había visto en yeso? En yeso, ¿se acuerda?

YO: Sí.

ÉL: ¿Le parece que en bronce pierden?

YO: No, para nada.

ÉL: ¿Le parece que ganan?

Vuelvo a dudar en pronunciar la frase que mejor expresa mis sentimientos:

YO: Usted me va a mandar al carajo de nuevo, pero me producen una sensación rara. No diría que son ellas las que ganan, sino que es el bronce el que sale ganando. Por primera vez en su vida, el bronce acaba de ganar. Sus mujeres son el triunfo del bronce. Sobre sí mismo, tal vez.

ÉL: Así tendría que ser.

Él sonríe y cuando sonríe todas las arrugas de su cara se ponen a reír. Es rarísimo. Los ojos ríen, por supuesto, pero la frente también (toda su persona tiene el color gris de su taller). Tal vez por simpatía, ha tomado el color del polvo. Sus dientes ríen -separados y grises también- y el viento se cuela entre ellos.

Mira una de sus estatuas.

ÉL: Medio estrafalaria, ¿no?

Una palabra que usa muy seguido. Él también es bastante estrafalario. Se rasca las crenchas grises de la cabeza. La que le corta el pelo es Annette. Se levanta el pantalón gris que le arrastra sobre el calzado. Hace seis segundos, sonreía, pero se detuvo a tocar el boceto de una estatua: durante medio minuto, se ocupará enteramente de pasar los dedos por la masa de tierra. Yo no le intereso para nada.

Traducción: Jaime Arrambide

Por: Jean Genet
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