
El bosque de la literatura
LOS DIAS DEL FUEGO Por Liliana Bodoc-(Norma)-472 páginas-($ 28)
1 minuto de lectura'
La naturaleza nada académica de este libro permite comenzar su reseña con dos exhortaciones. Señora, señor: si su hijo devoró, contra todo pronóstico, los larguísimos libros de Harry Potter o la trilogía del El señor de los anillos, consígale ya La saga de los confines y hará que por fin se pierda en el bosque maravilloso de la literatura. Vasto "cantar de gesta" donde lo épico alterna con la magia, esta trilogía de Liliana Bodoc -compuesta por Los días del venado, Los días de la sombra y, ahora, Los días del fuego- es una de las obras más valiosas y originales de la literatura contemporánea de nuestro país, crecida -como la de Lewis Carroll- en el rincón penitenciario que suele llamarse "literatura infantil" o "juvenil" sólo porque en él perduran la libertad del juego, la avidez de la aventura, el poder de encantamiento de lo onírico; y sobre todo, una devoción por la antigua literatura oral, la que tenía como primer objetivo capturar la atención del oyente iletrado, convocando sus terrores más profundos y conjurándolos muy paulatinamente por la belleza. Segunda exhortación: señora, señor, consiga La saga de los confines y devórela usted mismo; es también una respuesta a la más urgente pregunta de estos años: ¿cómo entendernos, cómo pensar un futuro, después de décadas de destrucción casi absoluta?
Según lo ha señalado la autora, mucha de la originalidad de su saga se debe a lo que toma de las culturas precolombinas y aborígenes actuales, su mitología y sus diversas manifestaciones poéticas, como el Popol-Vuh o las leyendas araucanas, cuyo sabor perdura, ante todo, en el sonido vagamente náhuatl o mapuche del nombre de los héroes. Igualmente pertinente es señalar su vinculación con géneros tradicionalmente poco prestigiosos, como la ciencia ficción, el folletín romántico y aun el western. Sin embargo, la tradición que Bodoc continúa y pone en evidencia es la de una literatura escrita por mujeres que, voluntariamente, abandonan aquel "cuarto de atrás" preferido por Carmen Martín Gaite para abocarse a los temas de la plaza pública: una tradición cuyos nombres más divulgados son extranjeros, como los de Ursula Le Guin, Patricia McKillip y cierta Doris Lessing, pero que en nuestro propio país cuenta ya con una larga y honrosa historia.
Como la Angélica Gorodischer de Kalpa Imperial (1983), Liliana Bodoc inventa una vasta y multiforme comarca para atender, ante todo, a la trama política que la conforma hasta en sus últimos pliegues -como lo erótico o lo poético-, a las tensiones que la ley suscita y a la manera en que éstas se resuelven; pero atendiendo, sobre todo, a aquello de lo que los cuerpos atravesados por la ley o la lucha política revelan del corazón humano, del poder y la generosidad como entidades metafísicas. Como la Griselda Gambaro de Lo mejor que se tiene (1992), Bodoc evita el esquematismo tradicional de la fábula; como los personajes de Gambaro, la princesa Acila o el príncipe Molitzmós de Bodoc no son la concreción alegórica de una u otra entidad abstracta, sino cuerpos conquistados -nunca totalmente- por una u otra concepción de su cultura y las moralejas a que van arribando, siempre provisorias, nacen de la lucha entre la ley y el saber que el cuerpo ha obtenido de la experiencia de desafiarla u obedecerla. Como la Sara Gallardo de Eisejuaz (1973), Bodoc postula que para representar la experiencia del iletrado es necesaria la invención de una lengua hecha de palabras sencillas, osadías poéticas y un manejo de los silencios que exprese todo lo que aún la ley no deja decir; pero también, como la Gallardo de El país del humo (1975), consigue que la épica vuelva a incorporar todos los géneros a que, según es fama, una vez dio origen: el drama -y a través de éste, el diálogo filosófico-, y sobre todo, la lírica, a cargo casi siempre de Nakín de los Búhos, la hechicera narradora que es, en cierto sentido, la gran figura de Los días del fuego.
En verdad, como el último volumen de En busca del tiempo perdido, Los días del fuego es ante todo una reflexión, después de haber narrado, sobre el arte de contar, enfocándolo, sobre la huella de Borges, como representación necesariamente imperfecta de eso que llamamos realidad y que, sea lo que sea, no se rige por las leyes que gobiernan los relatos. Para Nakín de los Búhos, además, el relato es sólo una de las formas de concreción de la memoria -la otra residiría en el saber del cuerpo silencioso-, una forma lingüística precaria, que exige una permanente renovación. Como Liliana Bodoc, -niña en los fulgurantes sesenta, adolescente en los siniestros setenta, joven en los esperanzados ochenta y, en los noventa, adulta que busca la esperanza, la salvación por la literatura-, Nakín de los Búhos, "aprendió por el llanto que la memoria sólo perdura si se reinventa". En sintonía con ciertas corrientes del pensamiento sobre la experiencia del Holocausto y el genocidio durante la última dictadura militar argentina, Nakín percibe en fin que el "pasado" es una entidad del presente, que condiciona nuestro comportamiento actual, y que el narrador, al lograr modificar el relato de lo que sucedió, para que se exprese de una vez aquello que aún duele en silencio, modifica, cambia el mundo, lo libera. Eso es lo que intenta Liliana Bodoc; eso, deslumbrantemente, es lo que logra.



