El derecho a una prensa libre y plural

Guillermo Jaim Etcheverry Para LA NACION
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5 de enero de 2010  

El ejercicio pleno de la democracia supone un requisito utópico. Es el que consiste en que todos los ciudadanos cuenten con la capacidad de comprender plenamente las alternativas que se presentan para resolver los problemas centrales de la sociedad. Eso supone un nivel educativo que, lamentablemente, no resulta sencillo garantizar y, además, la disposición y el tiempo para reflexionar sobre cada una de esas cuestiones. Finalmente, la mayoría de nosotros termina apoyando una u otra propuesta política por un conjunto de factores, algunos explícitos, otros menos, imposibles de detallar aquí.

Sin embargo, la existencia de una prensa libre y plural contribuye de manera decisiva a conformar esa sociedad informada. En especial, por la propia naturaleza del proceso de la lectura a la que están ligados, los medios escritos estimulan la imprescindible reflexión que precede a la toma de posiciones políticas, ya que ofrecen la posibilidad de contrastar los argumentos y de desentrañar los intereses en los que se sustentan. A diferencia de los medios audiovisuales, que impactan esencialmente sobre lo afectivo, los medios escritos encuentran su justificación en lsa apelación que hacen a la capacidad reflexiva del lector que se manifiesta en el contraste de posiciones opuestas.

De allí que resulte esencial no sólo preservar y proteger, sino incrementar la existencia de una creciente diversidad de medios escritos que sostengan las más diversas posiciones para garantizar así que todos los ciudadanos puedan conocerlas y valorarlas. Sobre todo, para que cuenten con la posibilidad de hacer saber su opinión, aunque no lleguen a hacer uso de ella. En última instancia, la libertad de expresión consiste en que cada uno sepa que cuando crea tener algo que decir, cuando elabore un juicio o una opinión que quiera compartir con sus iguales, encontrará dónde hacerlo.

Preservar y estimular el ejercicio de ese derecho humano esencial debería ser uno de los objetivos centrales de las dirigencias que se consideran a sí mismas como democráticas, porque en esa potencialidad, que cada uno encierra, de expresar su manera de pensar y de sentir, reside en última instancia el poder que conscientemente les delega.

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