El estilo como experimento

Jaime Arrambide
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26 de diciembre de 2009  

Hacia la hora ajena

Por Yi In-seong

Emecé

TRAD.: Hye-sun de Carranza y Francisco Carranza

274 Páginas

$ 59

La apertura de los mercados culturales de Oriente, que comenzó hace una década, nos trajo un cóctel de rarezas memorables y olvidables. En este caso, la colección Lingua Franca de Emecé nos acerca al escritor coreano Yi In-seong (Seúl, 1953), pionero de la escritura experimental en su país.

La llegada de la generación del escritor a la universidad, en la década de 1970, coincidió con el desembarco en su país de la obra de los grandes pensadores y autores franceses de la posguerra. Esa circunstancia marcó tanto el destino universitario de In-seong -que se especializó en lengua y literatura francesas en la Universidad de Seúl- como su estilo literario, claramente conectado con el modelo experimental francés. Entre sus textos más destacados se cuentan, por sus títulos en inglés, An Island at the Mouth of the River (1999) y Wanting to Go Crazy (1995).

No resulta fácil dar una sinopsis argumental de Hacia la hora ajena , una colección de cuatro relatos que funciona en su conjunto como un único postulado de estilo. Según las palabras del propio autor, sus textos no aspiran a la elocuencia. Una suerte de torpeza o tartamudeo dificulta el avance del relato, y las descripciones tienen una cualidad flotante y desapegada. Los personajes, por su parte, son fungibles e inestables, y en ese sentido se acercan más a la idea de funciones literarias.

Las cuatro historias ("Camino, unos veinte años", "Tumba de ese tiempo", "Ahora, él delante de mí" y "Hacia la hora ajena") tienen como protagonista a un joven soldado anónimo y transcurren a lo largo de un año, entre 1973 y 1974. La Corea fantasmal de estos cuentos está infiltrada por una pregnante sensación de guerra, pasada, presente o en ciernes: se trata de una sociedad que ha traspasado a la vida cotidiana la distorsión temporal que impone el permanente estado de alerta. De esa distorsión temporal parece derivarse la distorsión de propósito que mueve al protagonista, que deriva por situaciones entrecortadas, más discursivas que reales. Los soliloquios dominan el ritmo, interrumpidos fugazmente por intercambios siempre infructuosos, como si los diálogos no consignaran lo que los personajes de hecho se dicen, sino aquello que no logran comunicar. En la escritura de In-seong, sin embargo, esa traba no es hija de algún desacuerdo lingüístico. Más bien parece expresar una imposibilidad de entrar en el tempo interior del otro, esa "hora ajena" que mueve a los demás en un compás propio, siempre desfasado no sólo de sus interlocutores, sino también del paso mecánico del mundo exterior. Es allí donde se aprecia nuevamente el afecto del autor por la búsqueda de ciertos narradores franceses, ya que parece retomar el hilo del pensamiento bergsoniano del tiempo, atravesado sin duda por la lectura que hizo de él Gilles Deleuze. Estos relatos de corte netamente experimental resultan mucho más accesibles y disfrutables si se los lee desde esa perspectiva.

© LA NACION

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