El fin de un reinado

En Un holograma para el rey, Dave Eggers sigue los pasos de un empresario estadounidense varado en Arabia que debe lidiar con un mundo distinto
Pedro B. Rey
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14 de marzo de 2014  

En su novela El cielo protector (1949), Paul Bowles, el escritor estadounidense afincado en Tánger, donde construyó una obra que se negó a ceder nada al exotismo, hizo una célebre distinción entre el turista y el viajero: el primero piensa en volver al hogar después de un tiempo, sostenía, y acepta su civilización sin cuestionarla; el segundo, lento en su avance, sólo pertenece a la próxima escala en su itinerario y somete todo a comparación. Más de medio siglo después de realizadas esas distinciones, el protagonista de Un holograma para el rey , la nueva novela del prolífico Dave Eggers (Boston, 1970), participa, a su pesar, de las dos categorías y, al mismo tiempo, de ninguna.

Alan Clay es un empresario que pasó la barrera de los cincuenta años y busca un golpe de suerte que lo rehaga económicamente. Lo hostiga el recuerdo de su ex mujer y las dificultades para costear los estudios universitarios de la hija; empieza a ser consciente de su propia mortalidad y de las frustraciones de una vida que no encaja del todo en las complejidades del mundo actual. Desprovista de contexto, su neurosis es la de tantos héroes con, como sugiere su apellido, pies de barro.

Ese redundante background de novela realista se modifica por una simple cuestión de paisaje. Clay no se encuentra como representante de una empresa tecnológica en las previsibles Washington o San Francisco, sino en Arabia Saudita. Allí, pretende venderle al reino un sistema de conferencias que, hologramas mediante, produce la ilusión de que los interlocutores, pese a estar a miles de kilómetros, comparten la misma sala. El sésamo de un vaguísimo contacto (conoció hace décadas a un primo del monarca) le permitió acordar una presentación del producto ante el rey Abdalá.

El mismo Alan se mueve como un holograma proyectado contra el fondo de un escenario de formalidades indescifrables. Sobre esa doble hélice (una trama de preocupaciones quintaesencialmente norteamericanas; otra, regida por el absurdo más clásico), Eggers actúa con la astucia de un prestidigitador demasiado consciente, por momentos, de sus conveniencias. Primero, se encarga de instalar a su protagonista en la ciudad de Yida, a una hora de KAEC, la Ciudad Económica Rey Abdalá. Esto obliga a Clay a viajar todos los días a esa urbe semivacía, todavía en construcción. La cita con el rey, que ni siquiera se encuentra en KAEC, empieza a postergarse indefinidamente, al igual que la conexión wi-fi que sus asistentes (un joven y dos chicas de la nueva generación, enviados también por la empresa) se cansan de aguardar en la carpa destinada a la presentación.

La espera interminable crea el vacío más que suficiente para que Clay trafique, en contraste con el desértico entorno arábigo, su pasado. Una serie de episodios in situ activan esos devaneos: las conversaciones con un chofer desquiciado, el flirt con una danesa, la ansiedad por la aparición de un quiste, la historia de amor con una médica árabe (pero que se crió y formó en Occidente y vegeta con estoicismo en ese mundo ultracodificado). Las páginas con más adrenalina, poco importa si inverosímiles, narran una excursión de caza. Eggers (no es la primera vez) homenajea así a Hemingway demostrando el ridículo contemporáneo de sus clásicas proezas cinegéticas.

Un epígrafe de Beckett induce a pensar en Esperando a Godot como norte y guía, pero los intercambios entre Clay y los asistentes de la corona, plagados de malentendidos, recuerdan más bien los eternos aplazamientos de aquel castillo kafkiano del que K. espera una convocatoria que nunca llega. Eggers es diestro en la descripción de esas ideales ciudades adineradas por las que casi no circula nadie y en las que mujeres cubiertas con chador negros persiguen a los niños en sus juegos, como parcas.

El escritor parece haberse documentado milimétricamente, aunque la Arabia de su historia no pretenda ser más que una maqueta narrativa. La clave de Un holograma para el rey está, en realidad, en otra de sus inflexiones: la pericia con que desglosa engranajes económicos (de existir el subgénero novela económica su paradigma moderno sería JR , de William Gaddis y, entre nosotros, algunas novelas de Fogwill, como La experiencia sensible o En otro orden de cosas ). Antes de llegar a Yida, Clay había sido ejecutivo de una importante fábrica de bicicletas, una de las primeras en relocalizarse fuera de Estados Unidos para deshacerse de los sindicatos. De hecho, fue el factótum de la idea que arruinó en un plazo meteórico aquella empresa en apariencia inconmovible. Eggers declina con inteligencia esa catástrofe invisible, la panacea de una globalización virtual. Es la noria que hace dar vueltas de aquí para allá a Alan Clay (un empresario, todo sea dicho, algo chambón) hasta su descubrimiento -gracias a ciertas artimañas chinas- de que las reglas de juego del comercio ya no son lo que eran. Un holograma para el rey es, así, un franco, irónico y melancólico réquiem para el fin del reinado americano. C

Un holograma para el rey

Dave Eggers

Mondadori

Trad.: Cruz Rodríguez Juiz

287 páginas

$ 149

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