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El fin del anticristo

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26 de julio de 2013  

Sex Pistols, Winterland,

San Francisco, 14 de enero de 1978

En la última fecha de la primera gira de los Sex Pistols por los Estados Unidos, tocaron frente a casi tanta gente -más de cinco mil personas- como el público de Atlanta, Memphis, Baton Rouge, Dallas, San Antonio y Tulsa reunido. Estuvieron una hora arriba del escenario; cuatro días después, se separaron. Puede que la única alternativa que el mundo del rock haya imaginado para ellos -un mundo sin imaginación, un futuro hecho de premios y castigos que no estaban dispuestos a aceptar- sea el retiro de la escena; eso, o un accidente aéreo.

Los Sex Pistols dejaron detrás más historia que música, pero en su noche final la música estuvo a la altura de la historia. Lo primero que me impresionó, no bien empezó el concierto, fue cuánto más fuerte sonaban en vivo que en sus discos. La música podía masticarse: uno podía tomar cada nota e hincarle el diente.

El baterista Paul Cook y Steve Jones -revitalizando las típicas poses inglesas, que sonaba como si estuviera tocando una fábrica entera de guitarras- eran los que hacían ruido, y formaron entre los dos probablemente la única banda de la historia del rock de dos integrantes. Sid Vicious usaba su bajo como si fuera un propulsor a chorro; rociando al público con saliva, cerveza y mocos, parecía un Charley Starkweather inglés. Con un brazo encintado desde la muñeca hasta el hombro (Vicious tuvo en esa semana dos sobredosis), era el que provocaba al público.

Lo que más llamaba la atención de Johnny Rotten era, además de los ojos -hace diecisiete años podría haber sido uno de los chicos de Village of the Damned [El pueblo de los malditos] -, la inteligencia con que usaba el cuerpo. Se agachaba como Quasimodo; esquivaba la cortina de objetos que caían sobre el escenario y sobre la banda (cubitos de hielo, vasos, zapatos, monedas, prendedores y probablemente piedras) torciendo el cuello. Se agarraba del micrófono como si estuviera en un túnel de viento, a punto de ser arrancado del escenario.

"Qué pocos regalos", gritó Rotten después de que un cinturón le volara por encima del hombro. "Espero que tiren algo mejor que esto." Un paraguas inglés perfectamente enrollado aterrizó a sus pies. "Esto va a servir", dijo. El público no era joven -la mayoría tenía más edad que los miembros de la banda- y era brutal, bien por pose, elección o necesidad. Un hombre con un casco de fútbol americano encaró a la masa hasta que tiró a un paralítico de su silla de ruedas. Mientras tanto, la banda iba por su lado. "Bodies" abrió el show con la misma intensidad con la que "No Fun" -el bis- lo cerró: Rotten y Jones metían presión como si no tuvieran nada que perder. Pasaron el inédito "Belsen Is a Gas" ("Belsen is a gas, I heard the other day/ Saw the open graves where the Jews all lay" [Belsen es un gas, escuché el otro día/ Vi las tumbas abiertas donde yacen los judíos]), la aceleración de "Liar", los balbuceos de chico de la calle de "Problems" y, lo más destacado de todo, el odio y el placer que Rotten puso en el estribillo de "Pretty Vacant": "And we don't care!" [¡Y no nos importa!]. Lo más notable, porque la fuerza de su negación produce un gran placer: un borde filoso de afirmación.

Justo antes de que la banda se retirara del escenario -después de recoger cuidadosamente todo objeto de valor (al final los paraguas eran cuatro)-, Rotten alteró una de sus letras. Fue en el famoso verso de "Anarchy In The U. K.": "Don't know what I want/ But I know how to get it" [No sé lo que quiero/ Pero sé cómo conseguirlo]. Esa noche no hubo "no". Sabía lo que quería, gritaba Rotten, y lo gritaba a los cuatro vientos. Pero fuese lo que fuese, los que estuvimos allí no fuimos capaces de dárselo, y él también lo sabía. Así que unos minutos después se fue y nunca más volvimos a ver a alguien igual.

( Rolling Stone , 9 de marzo de 1978)

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