El instinto perdido

En medio del caos, es necesario guiarse por la honestidad del artista: mirarlo a los ojos para ver si nos vende un castillo en el aire o una fórmula para expandir la conciencia
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26 de diciembre de 2009  

Durante muchos años -podríamos decir desde fines de la Edad Media-, el arte fue como un líquido precioso encerrado en un recipiente etiquetado como pintura y escultura . En el siglo XX el frasco se rompió y el líquido comenzó a filtrarse por doquier, ya no tuvo más sujeción. Contaminado por los terrenos donde se hundía, aquel fluido transparente, bello y bienoliente se transformó en algo que muchos consideraron opaco, repugnante y hediondo; había perdido su pureza. En términos generales, hoy se acepta la disolución de los límites del arte que ha hecho migas con la antropología, la ciencia, la psicología, la cultura popular y cuanto pueda imaginar el lector de estas líneas. De ahí que sea tan frecuente la pregunta: Pero... ¿esto es arte?

Desde el Renacimiento hasta nuestros días el concepto retrajo su carácter simbólico y sagrado para avanzar en un territorio más afín al deleite y goce estético. En muchas culturas -especialmente las orientales y las originarias- no existió el concepto de arte independizado de una cosmovisión sagrada ni como un capítulo ajeno a la vida cotidiana. La disolución de los límites, sumada a la ausencia de esta cosmovisión y a la ruptura del recipiente que contenía "lo bello", condujo a un horizonte poco menos que caótico.

Históricamente asistimos a una redefinición del arte que empezó cuando Marcel Duchamp arrojó el mingitorio a los críticos de arte. No era el objeto en sí, sino el hombre que lo contemplaba quien edificaba sobre él el estatus artístico. Duchamp pedía a gritos acabar con la pintura "retiniana", la visibilidad pura, y nos alertaba sobre el inframince , aquello inefable que hacía del arte algo más que una armonía de formas y colores. Hoy día es tal la expansión de los límites que uno puede escuchar cosas como: "Volcó un camión que llevaba cajones de soda; tendrías que haberlo visto, parecía una instalación". Los historiadores del arte responden que podría serlo si hubiera intención (es decir, si el artista hubiera provocado el vuelco) y si el hecho hubiera sucedido en un circuito legitimador (si ocurrió en la calle, fue un accidente; si pasó en una bienal, fue un happening ). Abundan los ejemplos: Richard Long estrechaba la mano a los peatones de Amalfi (1968) como un gesto artístico, una performance , para demostrar la escasa sinceridad de las miradas en esta acción. A nadie se le ocurre que por estrecharle la mano a la gente se convierte uno en artista conceptual. Sin embargo, podemos ver personas con carteles que rezan "Abrazos gratis", casi con el mismo espíritu de crítica social pero sin la intención ni en el lugar apropiado para ser considerado arte. El colmo de esta paradoja lo efectuó Keith Arnatt cuando se colgó un cartel que decía I´ m a real artist ( Soy un verdadero artista , 1972); es decir, si Duchamp desplazó la creación por el pointing (señalamiento), entonces bastaba con señalarse a sí mismo para garantizar que todo lo que uno hiciera era arte. Como suele suceder, la idea pronto se banalizó y aparecieron los vivillos que se autoproclamaban artistas para justificar cualquier sandez.

¿Cuáles son las piedras que guiarán los pasos perdidos de Hansel y Gretel al verdadero arte? Ante todo, la honestidad. Volver a mirar a los ojos al artista para ver si nos vende un castillo en el aire o una fórmula para expandir los límites de la conciencia y el conocimiento. No hay recetas para detectar la honestidad del otro, pero es bueno recordar que Joseph Beuys convivió algunos días con un coyote salvaje en una galería de arte o que, cubierta su cabeza de oro y miel, acunó una libre muerta mientras le enseñaba los cuadros de otra galería. Ambas acciones ( I Like America and America Likes Me , 1974; y Cómo explicarle el arte a una liebre muerta , 1965) hablaban de lo mismo: de la necesidad imperiosa de desarrollar el instinto perdido. Quizás éste sea el camino que permita avanzar en un enmarañado bosque de propuestas artísticas donde crecen algunos árboles de la sabiduría y muchos árboles de cartapesta.

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