El libro, un fresco milagro cotidiano

Por José Edmundo Clemente Para LA NACION
Por José Edmundo Clemente Para LA NACION
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22 de junio de 2002  

Leer es abrir una nube en el tiempo que llega hasta el lejano monje sumerio que inventó la escritura, hace seis mil años.

Desde entonces se dejó de utilizar el lenguaje pictográfico por el ideográfico. El dibujo de un "toro" ya no representó un simple toro, para significar ahora la idea de fuerza, de poder, contenida en la potencia del animal.

"Toro viene el rey de Lagash", advertía el avance contundente del jefe enemigo. Había nacido la metáfora. Había nacido la palabra. La designación de ideas. El lenguaje interior. Un perfeccionamiento de siglos nos trajo al alfabeto actual.

Esa actitud monacal ocurrida en un polvoriento pueblo de la vieja Mesopotamia no quedó en prácticas meramente formales. También creó la segunda inmortalidad , la inmortalidad laica. La inmortalidad hecha por el hombre.

Desde entonces no morimos del todo. Quedamos en el testimonio de nuestro pensamiento grabado para siempre, en la arcilla, en la estela, en el papel, sin las vacilaciones folklóricas del lenguaje oral.

A ese milagro asistimos con la lectura, porque leer es un acto religioso. De su latente grafía surge nítida la voz, tal vez antigua, del escritor; la entonación del poeta, la imaginación del novelista, la precisión del ensayista.

Hasta salva sin vacilación los esfuerzos del traductor oficiante. Igualmente en las aficiones menos literarias. El "estar escrito" vale como prueba testimonial que nadie puede refutar. Sagrario legal.

Prisma de idiomas, las voces diversifican su color natural. Sin pausa, orbitan la trama horizontal del texto, lineales y concluyentes como una verdad.

El libro es una caja mágica que no valoramos por ser un milagro cotidiano. Somos platea cómoda de esa biblioteca universal que empezara antes, y seguirá.

De acuerdo con la inquietud del lector, la eficacia del libro es diversa e íntima. No hay soledad a su lado. Sirve de terapia en la angustia, de entretenimiento en los estados blancos, de ayuda en nuestra educación.

Siempre está ahí, cerca de nosotros. Como un amigo incansable. Sin pedirnos nada más que afecto y preferencia.

De sus páginas surgen las andanzas de los protagonistas imaginarios con la frescura presente de la lectura; vivimos sus hazañas virtuales como realidades nuestras; compartimos sus ideas, sufrimos su sufrir.

El libro es el espejo de otra alma en el que nos miramos para reconocernos. Al cerrarlo, lo hacemos en silencio hasta el próximo encuentro, que siempre se repetirá. Como una costumbre o como un instinto.

Porque mientras el libro recuerde al hombre el hombre no morirá.

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