El mago ejecuta su número

A modo de legado para su hija Naomi, nacida de su matrimonio con Saul Bellow cuando el escritor ya tenía 85 años, la esposa del Nobel norteamericano escribió este relato en el que rescata aspectos íntimos de la vida del autor de Ravelstein : el ritual de la escritura, su humildad cuando una revista rechaza sus cuentos, su pasión de lector
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12 de diciembre de 2001  

Janis Bellow, 42 años, es la quinta mujer del premio Nobel de Literatura 1976, Saul Bellow, de 86 años. Bellow fue objeto de polémicas por ser, a la edad de 85 años, padre de una hermosa niña: Naomi Rose.

En el cuento-prólogo que aquí reproducimos, extraído del volumen de Saul Bellow Collected Stories (Viking 2001), publicado en estos días en los Estados Unidos, la madre de Rosie, Janis, ha querido contarle a su hija un aspecto íntimo de la vida de su padre: el momento de la creación, la magia y el ritual que están detrás de la composición y nacimiento de cada obra.

El otro día, mi marido Saul y yo salimos a dar un paseo por el barrio con nuestra hijita, Naomi Rose. Para repararnos un poco del frío polar que hacía, nos dirigimos a la Brookline Booksmith. Y debo aclarar que, cuando Saul se mete en una librería, existe un grave riesgo de que se quede allí por largo tiempo. Entonces, decidí sacarle a Rosie el abrigo e intentar distraerla con la tapa de Ravelstein . "¿Quién es éste, Naomi? ¿Quién es este señor de la foto?" Ella se volvió hacia Saul, indicándolo con el dedo, y contestó con su voz infantil: "Papi, papi, papi". Su padre, envuelto en un pesado sobretodo y con el sombrero enfundado hasta las cejas, le devolvió una dulcísima sonrisa.

Esta mañana, mientras comenzaba a escribir, he imaginado a Rosie inmersa en sus lecturas dentro de algunos años. Y me pregunté qué recuerdos, qué memorias tendrá Rosie de su padre-escritor, de su padre frente a su trabajo, cuando ya esté preparada para leer sus libros. ¿La memoria necesitará de algún tipo de ayuda? ¿Hay alguien que pensará en procurarle un retrato minucioso de su padre trabajando? ¿Por qué, entonces, no comenzar al menos con este breve prólogo? Por amor de nuestra pequeña Rosie y por el interés de aquellos que no verán jamás a Saul Bellow sentado a su escritorio.

La cercanía ha sido mi gran privilegio. Estuve a su lado, por ejemplo, cuando nació, de manera espontánea y curiosa, El círculo Bellarosa . Era la primera semana de marzo de 1988 y, en el camino de Chicago a Vermont, hicimos una parada en Philadelphia, donde Saul dictó una clase sobre "Un escritor judío en América" para la Jewish Publication Society. En ese período de nuestras vidas, todas las conversaciones se centraban en un único tema: el destino de los judíos en el siglo XX. En esos mismos días, Saul estaba trabajando intensamente en la revisión del cuento "A Theft" y luchaba con A Case of Love , una novela que no terminaría jamás. Mientras tanto, esperaba saber si el New Yorker tendría intenciones de publicar su cuento. Tanto Esquire como el Atlantic Monthly habían decidido no publicarlo porque era demasiado extenso.

Saul no es el tipo de persona que se siente abatida por una llamada telefónica que no llega o por una respuesta negativa. Más bien prefiere trabajar. En general, lee, relee, corrige, y vuelve a corregir antes de entregar un trabajo. En el caso del cuento "A Theft", él sentía que la conclusión no era de las mejores, que era demasiado confusa, demasiado estática. Reescribía el final por la mañana y por la noche yo misma lo pasaba a máquina. A mitad del mes de mayo, el New Yorker rechazó también el cuento del Premio Nobel, pero afortunadamente, Saul estaba demasiado ocupado para dejarse deprimir por la mala noticia. Reflexionaba seriamente acerca de la posibilidad de un nuevo libro, aun cuando el tiempo no lo ayudaba. Porque, lo confieso, el trabajo de Saul depende mucho de las condiciones climáticas.

Entre un rechazo y un proyecto, una noche, nuestros vecinos de casa, Herb y Libby Hillman, nos invitaron a cenar. La conversación fue a parar rápidamente a la cuestión de los judíos. Saul trajo a colación una idea que le rondaba la cabeza en ese período, sobre todo después de la conferencia de Philadelphia. ¿Debían los judíos sentirse humillados, avergonzados por haber sufrido el Holocausto? ¿Existe un deshonor en la víctima? Yo estaba absolutamente en desacuerdo con tal idea. Dejamos caer la cuestión, hasta que, cuando nos estábamos despidiendo, Herb, un químico jubilado, comenzó a contar la historia de un ex-colega de trabajo. Dicho hombre, enfermo de cáncer a los pulmones (por haber estado expuesto de por vida a sustancias tóxicas), había huido de Europa, del nazismo y del fascismo de los años cuarenta, y se había refugiado en los Estados Unidos. Admito que en ese momento yo pensaba en las tibias frazadas que en breve tiempo nos estarían abrigando en la cama. No seguí, pues, atentamente la historia. No así Saul, que algunos días después, mientras nos preparábamos para almorzar, exclamó: "He comenzado a escribir una nueva historia. No es el momento de hablar, pero se basa en lo que nos contó Herb la otra noche".

Así, de una historia narrada durante una sobremesa nació un hilo de seda, y en los días y semanas sucesivos observé y admiré a Saul mientras tejía sucesos, casos, recuerdos, pensamientos -los que había leído, los que habíamos discutido, incluso sus sueños- para componer esa espléndida tela oriental que se llamaría El círculo Bellarosa .

Todos estos elementos tienen poco que ver -me doy cuenta- con lo que entendemos por una biografía. Los caracteres humanos son tan complejos, singulares y extraños que, aun si yo describiera cada mínimo detalle del método de trabajo de Saul, no llegaría jamás a develar el secreto de sus momentos creativos.

Y los secretos no son pocos. Por ejemplo, yo no creo que las novelas de Saul Bellow se puedan leer sin entrever la sonrisa y la ironía que se esconden detrás de sus palabras. Saul ha sido siempre una persona alegre y jocosa. Ahora es también un hombre seguro y bien dispuesto. En sus elecciones estilísticas, a menudo hay cuestiones de gusto. Un detalle gana muchas veces un sabor particular.

Todo esto, sin embargo, no debería inducir a nadie a pensar que la escritura es para Bellow una práctica fácil, o que él siga adelante sin interrupciones. Hay más bien largos momentos de dudas y reflexiones. Un día, por ejemplo, llegó y me dijo: "He comenzado por fin algo nuevo". "¿Cómo?". "Sí, por fin me distendí y comencé a escribir algo que tenía en mente." Ese día nos quitamos la ropa (sí, querida Rosie, alguna vez tus padres estuvieron enamorados y fueron salvajes) y fuimos a nadar en los primeros calores de la estación. Saul fue el primero en entrar en el agua deliciosamente fría. Después, mientras nos secábamos al sol, recostados sobre las rocas, Saul me preguntó: "¿Quieres que te lea una parte de lo que he escrito?" No sabía qué me aguardaba. Quizás un nuevo comienzo de El círculo Bellarosa . Pero cuando él abrió el cuaderno de apuntes que había llevado consigo, comenzó a leer las primeras páginas de un texto completamente nuevo. Era el escrito que más tarde se llamaría Marble , una novela que Saul ha escrito y reescrito durante diez años y que todavía no ha concluido.

Cuando pienso en Saul, inclinado sobre el escritorio, tengo ante mí la imagen de un prestidigitador rodeado de luminosas bolitas de diferente color, en vuelo contra un cielo azul, que se sostienen en el aire gracias a la infinita habilidad de un mago.

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