El malo de la película

SOBREMONTE Por Miguel Wiñazki-(Sudamericana)-184 páginas-($ 12)
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26 de diciembre de 2001  

Esta novela histórica gira principalmente alrededor de la primera invasión inglesa a Buenos Aires, pero también se refiere al segundo intento británico por apoderarse de la ciudad y brinda pantallazos de los últimos años de Sobremonte, el virrey que regresó a España a fines de 1809.

El Sobremonte de Miguel Wiñazki no admite claroscuros y responde a la imagen acartonada del villano de los viejos manuales escolares. Aquel que, según el tradicional versito, "al primer disparo de los valientes se escapó con sus parientes". Se machaca su absoluta falta de valor ("Huía pedorro, pimpante, señorial, cretino y ventajero") y se le atribuye un desprecio total por sus gobernados: "¿Qué es esta gentuza si no agranda lo tesoros de la Corona? -reflexiona el virrey-. Yo trabajo para la Corona. Y estos lobos sólo valen si producen mercancía, o si nos la compran."

Sin embargo, muchos historiadores consideran que hasta ese momento su carrera había sido brillante y que su "huida" con el famoso tesoro obedecía a un plan de guerra previamente establecido. La novela evita esas complejidades y prefiere detenerse en anécdotas como la que presenta a un marqués, tamborcillo ("blanquísimo de terror") de un regimiento en Marruecos, violado por "dos moros bien barbados" que "lo copularon sin piedad". Más adelante, ya en el Buenos Aires colonial, acompañan a Sobremonte otras figuras históricas: William Carr Beresford (que tiene una aventura con la fogosa Perichona), Santiago de Liniers, Domingo French, Mariano Moreno, Manuel Belgrano, Mariquita Sánchez de Thompson.

Wiñazki organiza todo ese material de manera muy suelta: así logra eludir una narración excesivamente lineal, pero deja una estructura un tanto deshilvanada donde sobreabundan las citas de fuentes de la época, como los bandos del virrey, los testimonios de Liniers, Mariquita o del cronista inglés Alexander Gillespie. Hay, además, media docena de capítulos destinados a exponer, en forma de diálogo, las supuestas ideas del marqués sobre el poder.

El mejor momento literario de esta novela, escrita en un español antiguo que busca dar un ambiente de época, es el episodio protagonizado por Robert Louis Wellesley, uno de los invasores, y "la española perdida" de La Carolina. Allí triunfa la picaresca erótica que el autor trata de imponer en otras partes de la novela con desparejos resultados, por ejemplo en las retóricas escenas de prostíbulo presididas por Xavier Martínez, un profesor de latín apodado el Búho. Este "profeta y adivinador" oficia de coro griego; en su diario termina de demonizar al virrey ("Sobremonte es Satanás") como encarnación de la corrupción y señala que su alianza con la Historia "está sellada con oro desaparecido".

A lo largo del libro, la perspectiva maniqueísta toma matices deterministas con frases como "ése era el destino sudamericano, de estacas a los justos, todos trincados por los hijos de puta", que pretenden explicar la situación actual de la Argentina. Sin embargo, la historia merece una indagación más profunda que la libere no sólo de próceres inmaculados, sino también de las efectistas simplificaciones de un argumento de Hollywood.

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