El mensaje secreto de los rosales

Sergio Sinay
Sergio Sinay PARA LA NACION
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12 de mayo de 2019  

Corría el año 1994 cuando el filósofo estadounidense Sam Keen escribía: "El siglo se aproxima a su fin, la mayoría de nosotros somos refugiados que vivimos exiliados en una comunidad espiritual a la que pertenecemos, pero a la que nunca hemos conocido". En el ensayo Himnos a un Dios desconocido, Keen acotaba: "Nos acosan el recuerdo inconsciente de un tiempo en el que vivíamos entre nuestros allegados y la oscura esperanza de una patria que ha de existir en el tiempo y en el espacio y que a menudo hemos vislumbrado en nuestros sueños. Nada configura tanto nuestra era ni señala la dirección que debemos emprender, como el vacío".

En ese momento, Internet apenas tomaba estado público, aun cuando hoy muchos crean que existió desde siempre; los celulares eran enormes y pesados aparatos de uso dificultoso que muy pocos podían transportar, y las computadoras, primitivas en comparación con las actuales, se expandían, aunque su utilización era restringida. Pasaron apenas veinticinco años, nada en cuanto a tiempo histórico. Aquel malestar espiritual que Keen describía con sensibilidad y con su habitual riqueza y precisión de lenguaje no hizo más que acentuarse en los años siguientes hasta llegar a su manifestación actual. Legiones de personas ensimismadas en sus pantallas, sin poder despegar su vista de ellas en ninguna circunstancia, ya sea corriendo, caminando, cruzando la calle, compartiendo una mesa con otros, en una reunión familiar, ante el pedido de atención de sus hijos o su pareja, en los transportes públicos, en un espectáculo, en el cine, en el teatro, durante la visita a un enfermo en un hospital, conduciendo su auto, andando en bicicleta, paseando al perro. Un número cada vez mayor de ellas lleva sus oídos tapados por auriculares. El aislamiento total queda garantizado, es visual y auditivo. Si existe el mundo a su alrededor (y de hecho existe, con sus sonidos, sus colores, sus semejantes, sus criaturas de distintas especies, su rico y variado acontecer), ese mundo les es ajeno e indiferente. Puede haber alguien que les pida ayuda o que les ofrezca algo importante, pueden darse situaciones que demandan participación, solidaridad, empatía, puede producirse un episodio natural de rara e irrepetible belleza. No se enterarán. Sumergidas en la soledad virtual y digital, esas personas están encapsuladas, aisladas, incomunicadas aun cuando se las observe conectadas. Conectadas al vacío, sobre el que Keen alertaba.

El aislamiento total queda garantizado, es visual y auditivo. Si existe el mundo a su alrededor, ese mundo les es ajeno e indiferente

Erich Fromm (1900-1980), pensador esencial para la comprensión de los fenómenos contemporáneos, entendía que el origen del malestar que describe Keen, esa insatisfacción crónica y expandida, esa angustia omnipresente que parece epidémica y no se calma con la mera satisfacción fugaz de los deseos, tiene su origen en la trivialidad. Trivial, explica en Del tener al ser, viene del latín trivia y significa vulgar, mediocre e insignificante. Es la actitud, dice Fromm, que solo apunta a la superficie de las cosas, no a lo esencial. Deriva del vacío, de la indiferencia y de la rutina. De todo aquello que no se relacione con la cuestión humana esencial, que es comprender el sentido de la propia vida. Así como la razón de ser de un rosal es realizar todo su potencial para que su flor sea la rosa más perfecta que pueda nacer de su semilla, dice Fromm, hay un propósito en cada vida: llegar a ser lo que somos en potencia. Cuanto más lejos estamos de alcanzarlo, cuanto menos nos preguntamos por su realización, más hondo es el vacío existencial. Y no es posible ocultarlo ni hundiendo los ojos en pantallas ni cerrando los oídos con auriculares. "Hemos perdido nuestros fines, no nuestros medios", señala Keen. No se trata de curar síntomas, añade, sino de recuperar un propósito para vivir. Abandonar los narcóticos, curarnos soñando un destino que, aun cuando no pueda cumplirse en el curso de una vida, haga que tenga sentido vivirla.

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