El Papa canonizó a cinco españoles

En Madrid, volvió a pedir por la paz
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5 de mayo de 2003  

MADRID (De nuestra corresponsal).- Hace dos meses, jefes de Estado lo ignoraron cuando pidió evitar la guerra. Pero ayer, viejo y cansado, Juan Pablo II renovó su liderazgo moral y el de su Iglesia al reunir a más de un millón de personas, que soportaron con él tres horas bajo el sol y lo despidieron con un espontáneo y largo "no a la guerra" que erizó pieles en el gobierno.

El Papa despertó en Madrid el clamor que más gargantas reunió en el mundo contra lo ocurrido en Irak luego de que EE.UU. declaró el fin de sus grandes ataques. Durante una misa multitudinaria, Karol Wojtyla llamó a España a "no romper con sus raíces cristianas".

Repitió hasta seis veces en un mismo discurso la palabra "paz" y pidió que las familias "permanezcan unidas" y, a los jóvenes, que se "animen a ser santos", como los cinco españoles que ayer canonizó.

No dejó indiferentes este Pontífice enfermo al cerrar su quinto viaje a España y el 99° al exterior. Conquistó corazones mientras avanzaban las 31 horas de su agenda y la concurrencia fue creciendo hasta que, al final, la gente que lo despidió duplicó a la de quienes lo habían recibido un día antes.

Limitada en actos públicos, lo más significativo de la jornada fue la multitudinaria misa en la que sumó cinco nuevos santos. Elevó con ellos a 570 sus incorporaciones al santoral en los veinticuatro años y medio de pontificado.

Al término de la misa, el Papa mantuvo varias audiencias más, entre ellas, con la familia real. Según sus allegados, partió con el ánimo renovado. Tanto, que cuando el rey Juan Carlos lo invitó a regresar en un sexto viaje, él contestó: "Bueno, habrá que poner fecha".

La hermana Maravillas de Jesús

  • Tres de los canonizados fueron fundadores de órdenes o institutos religiosos: el padre Pedro Poveda, de la Institución Teresiana; la religiosa Genoveva Torres, de las Angélicas, y la sevillana Angela de la Cruz, de las Hermanas de la Cruz.
  • También fueron consagrados el jesuita andaluz José María Rubio y la carmelita descalza Maravillas de Jesús, cuya condición se coronó merced a la curación que se le atribuye del niño entrerriano Manuel Vilar. Vestido de gaucho, el pequeño fue saludado ayer por el Papa al entregar, junto a su madre, la primera ofrenda en la misa.

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