El Paraná recobrado

Roland Paiva ha rescatado en El Paraná , libro de fotografías editado por el Fondo Nacional de las Artes, una serie de imágenes en las que el río, protagonista del paisaje, se refleja silenciosamente en los ojos de los lugareños y es causa de las escenas que transcurren en las orillas
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22 de agosto de 2001  

Puentes rotos que no permiten alcanzar la orilla opuesta, un muelle desvencijado al que ninguna embarcación podrá amarrarse, barcos arrumbados prisioneros de la vegetación invasora, paredes leprosas con huellas de partidismos olvidados, niños de cara sucia... Es fácil imaginar la mirada sociológica que podría posarse sobre estos motivos; también, en otra forma de paternalismo, el embellecimiento de una miseria pintoresca. El objetivo de Roland Paiva elige sin esfuerzo mantenerse a la altura de lo que registra. Su respeto no es resultado de ninguna operación ideológica; surge, más bien, de una fraternidad espontánea.

Sabe, sin necesitar declamarlo, que miseria es -propongo yo- la de los trabajadores inmigrantes en la Unión Europea, la de ocho extranjeros que duermen en un cuarto estrecho, en un barrio donde policía y traficantes se disputan cada vereda. Los seres que anidan a orillas de su Paraná podrán ser pobres, muchos de ellos sin duda lo son, pero guardan su capacidad de alegría, ese sereno orgullo de poder detenerse ante un paisaje y tomarse una cerveza mientras contemplan una puesta de sol. Esta dignidad les permite acceder a la condición de personajes, eludir la mera cifra estadística. Viven, todos, en una naturaleza exuberante donde todo signo de civilización parece haber entrado en decadencia sin haber jamás madurado, haber pasado, perezosamente, sensualmente, de la adolescencia a la corrupción.

Uso la palabra "personajes" sin inocencia. Alrededor de estos seres, a partir de ellos, se me ocurren historias, como si la cámara de Paiva los hubiese captado en un instante fuerte de una narración que permaneciera ajena a las intenciones del fotógrafo. La inmovilidad sabe conferir a la fotografía cierta nobleza propia de la pintura, que se diría inaccesible para el cinematógrafo, arte plebeyo por excelencia.Es algo que emparienta estas fotografías, paradójicamente, con los austeros retratos de August Sander, ellos sí deliberado "relevo de la sociedad alemana" de su tiempo, transformados por los años, como todo documento, en pretexto de incontrolable ficción.

El trabajo sobre las texturas de la imagen, cielos cuyos matices nubosos parecen esfumados con dúctil carbonilla, ondas sobre la superficie del agua que parecen trazadas con tinta china, son hallazgos plásticos casi privativos del blanco y negro. Su capacidad de sugestión es infinitamente más rica que la banal riqueza del color. (Este libro, espero que el lector ya lo haya entendido, no es para el turista goloso de álbumes sobre estancias, aperos, domas, platerías.) Es posible preguntarse si esa capacidad de despegar hacia lo imaginario no deriva de la intensidad con que la mirada del artista explora lo concreto. Fotógrafo, luego pintor, Paiva ha vuelto a la fotografía enriquecido por la experiencia pictórica pero no seducido por una epidérmica busca de efectos estéticos.

Las composiciones surrealistas de Man Ray tanto como las anecdóticas de Nan Goldin, por mencionar dos ejemplos muy distantes entre sí, se agotan para este espectador en su efecto técnico o temático, brillante pero laborioso. En el Paraná de Paiva hay invitaciones más sutiles, a la contemplación tanto como a la indagación de las apariencias del mundo. Las fotografías que componen este volumen desdeñan orgullosamente todo epígrafe, ya sea informativo o literario, así como sus páginas omiten la numeración. Enfrentan al lector, sin embargo, en una continuidad evidentemente meditada. (Para la última página está reservada la efusión de espuma de las cataratas del Iguazú.) Son ciento y una entre las más de mil que Paiva captó en sucesivos viajes durante dos años.

Al cerrar el libro tras una enésima "lectura" me asalta el pensamiento de que este Paraná estaba en Paiva, dormido, latente, antes que el artista fuera a su encuentro. Hijo de un padre paraguayo de familia patricia y de una madre judía polaca, Paiva nació en Marsella, en la clandestinidad a la que se vieron obligados los padres, militantes republicanos en la guerra civil española, refugiados en Francia tras la derrota, en vísperas de la ocupación alemana. Niño en Polonia, adolescente y joven adulto en la Argentina, Paiva se instaló a principios de los años 70 en esa Francia donde había nacido y que no conocía. Sólo haría este verdadero viaje iniciático a fines del siglo cuyos espasmos marcaron su itinerario personal. Aventuro una hipótesis que se quiere menos sentimental que mitológica: este libro espléndido sería el mensaje póstumo enviado por Paiva a su madre, para regalarle un mundo que ella nunca conoció.

Quienes conocemos, o creemos conocer el Paraná y sus orillas descubrimos en las fotografías de Paiva la mirada de un artista y redescubrimos, expresadas definitivamente, nuestras intuiciones y recuerdos no formulados.

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