
El poeta del paisaje
OBRAS COMPLETAS Por Manuel J. Castilla-(Corregidor)-607 páginas-($35) EL GOZANTE Por Manuel Castilla-Selección de Santiago Sylvester (Colihue)-222 páginas-($13)
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Las editoriales Corregidor y Colihue vuelven a sacar a luz los poemas de Manuel J. Castilla (Salta, 1918-1980). Corregidor presenta un volumen de Obras completas en el que, además de los textos publicados en vida del autor, se recogen poemas inéditos y un libro de narrativa, también inédito, titulado ¿Cómo era? El relato cuenta los avatares de la niñez a través de una prosa de aliento lírico, que destaca la morosidad del entorno. Estas así llamadas Obras completas no incluyen las letras de canciones (una parte de su obra, en verdad, relevante), los artículos periodísticos ni las conferencias, tal como se aclara en una nota inicial. Colihue, por su parte, publica El gozante , una antología con selección y prólogo del poeta Santiago Sylvester.
Hay un tema que atraviesa de modo decisivo la obra poética de Castilla: el paisaje. Sus poemas describen un espacio rural o apenas urbanizado y configuran, con un lenguaje terso que incluye un atenuado coloquialismo, una visión casi onírica de la puna. La tierra de la infancia, a su vez, es recuperada por la memoria, con una meditada reflexión sobre el tiempo perdido. Sin embargo, las palabras siempre resultan insuficientes para recobrarlo ("Palabras, vanas palabras/ que se me cortan como hilo,/ cuando pretendo hilvanar/ un pensamiento de olvido").
Otro tema también destacado, sobre todo al inicio de su obra, es el social. Los poemas de carácter social -presentes, particularmente, desde Agua de lluvia (1941) hasta Copajira (1949)- permiten reflexionar sobre los vínculos entre la poesía y la realidad, resignificar la noción de compromiso y verificar no sólo cómo el discurso se vincula con lo real, sino también de qué modo lo crea. Si aceptamos que decir también es hacer , esta parte de la producción de Manuel J. Castilla se realizaría en su posible efecto sobre el lector, al que apela, muchas veces, de modo explícito. Otra forma de apelación, aún más frecuente, es el esbozo de diálogo que el yo poético establece con sujetos u objetos (amigos, indios azotados, aldeas perdidas, antiguos amores, personas que representan el poder), a los que canta, describe, increpa o directamente habla ("Aquí arriba está la veta,/ arrime usted su mechero,/ que por quererla matar/ nos vamos quedando adentro.// Aquí arriba está la veta,/ ¿la ve, señor ingeniero?").
Conmover, producir un efecto, hacer que el otro que lea pueda modificar las corrupciones del entorno son algunos de los propósitos y de las certidumbres en las que reposa esta poesía. Redimir por la palabra al minero explotado, al campesino marginado, al indio que pone empeño "para sacar el azúcar/ que no endulza" es un motivo persistente en la producción inicial de Castilla. La acción deriva de una previa conciencia, que se obtiene por la palabra: ésta parece ser una de las premisas que sostiene esta zona de su poesía. Pero la acción también consiste en decir lo real de una determinada manera, promoviendo un determinado sentido y haciendo que la realidad se revele como un acontecimiento de palabras.
Si bien el verso medido y la rima prevalecen en sus primeros libros, paulatinamente Castilla se abre al verso libre. En la convicción de que el ritmo no depende exclusivamente de la rima, sus textos evolucionan, progresivamente, hacia formas más laxas, sin abandonar nunca definitivamente las formas métricas fijas ni la rima: las estructuras del soneto, la copla, el romance y las formas del cancionero popular, donde la rima es un procedimiento fundamental, resuenan como un eco, aun en muchas de sus composiciones tardías.
Como si estuviera hecha con los elementos que el tiempo y el paisaje otorgan, la poesía de Castilla extrae sus palabras de ese imaginario terroso y salobre en el que se construye, sin caer en un regionalismo pintoresquista, ni en una alabanza hueca. En verdad, sus poemas se demoran en la expectación y a veces en la conciencia de su voluntad redentora. Pero más allá de esto, el lenguaje parece provenir del contexto, como si cada palabra no fuera más que una materia tangible: una piedra, un árbol, una montaña.
La delicada poesía de Manuel J. Castilla, que convoca un universo temático y lingüístico que puede resultar extraño y, al mismo tiempo, provocador para numerosos lectores, es recuperada a través de estos volúmenes, lo que posibilita una más amplia difusión.


