El quásar del sueño americano

En su voluminosa biografía de Michael Jackson, J. Randy Taraborrelli presenta un retrato público e íntimo del rey del pop, dueño de una vida en que se condensaron todos los lugares comunes y los prejuicios, todas las formas y desdichas del estrellato moderno
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17 de octubre de 2009  

Michael Jackson. La magia, la locura, la historia completa

Por J. Randy Taraborrelli


Norma

TRAD.: Luisa Borovsky

716 Páginas

$ 110

En astronomía, un quásar es un agujero negro supermasivo que contiene tanta energía como para devorar una galaxia entera. La tarde del 25 de junio de 2009 en que "el rey del pop" cayó infartado por una sobredosis de anestésicos, un enorme quásar debe de haber colapsado en el cielo. En los más remotos rincones de la aldea global, millones de fans encendieron una vela por la muerte del ídolo. Por otros motivos, lo mismo hicieron los alicaídos magnates de la industria discográfica. Elizabeth Taylor y Diana Ross habrán llorado toda la noche. Walt Disney, Elvis Presley, Frankenstein, Peter Pan, Fred Astaire y también Mickey Mouse. Todos los mitos, todas las mascotas y todas las marionetas del mundo lloraron. Los únicos que no deben de haber llorado son Paul McCartney, que todavía estará despotricando contra los abogados de Jackson porque le "robaron" los derechos de las canciones de los Beatles, y Randy Taraborrelli, que debía estar muy ocupado actualizando los últimos capítulos de esta voluminosa biografía.

Como un auténtico quásar, un agujero negro que puede absorber la luz de las galaxias más lejanas, el artista fue, como refleja Michael Jackson. La magia, la locura, la historia completa , un fenómeno que logró condensar, en su música y en su vida, todas las formas del estrellato, todos los lugares comunes y los prejuicios, todas las desdichas y las remesas del gran sueño americano. Para empezar fue una mezcla insólita de Shirley Temple y James Brown, una mezcla de ensayada ingenuidad y marginalidad irreparable que se muestra -clara y quizás involuntariamente- en sus primeras actuaciones, cuando tenía apenas once años. Según se refleja en esas primeras apariciones en el escenario, parecía un niño lleno de vida y de una alegría insobornable, eximio bailarín y concienzudo cantante. Hasta que lo "descubrió" un sello discográfico especializado en música negra; se dispararon los primeros éxitos, el niño conoció por primera vez la "jacksonmanía" y empezó a recibir jugosos cheques que dilapidaba en caramelos.

Quizá no todo el mundo sepa que la infancia de Michael Jackson transcurrió en Gary (Indiana), un suburbio industrial a cuarenta kilómetros de la ciudad de Chicago. Allí vivía con sus padres y sus nueve hermanos en una casilla prefabricada, del tamaño de un garaje. Su padre era operario en una planta siderúrgica, aficionado a la guitarra eléctrica y muy proclive a los castigos corporales. Además, profesaba el culto de los Testigos de Jehová. Con la dirección de este padre despótico, Michael empezó a cantar y bailar soul desde muy chico, junto a sus hermanos, en un grupo que se llamaba The Jackson Five. Para esa época, fines de los años sesenta, el soul -que había nacido en las iglesias metodistas influido por el gospel- poco o nada tenía que ver con sus raíces, y The Jackson Five, con sus trajes coloridos y sus destrezas coreográficas, habría pasado sin pena ni gloria, como otro de los tantos grupos que expresaban la típica visión pequeño-burguesa de la cultura negra, si no fuera porque con ellos se forjó el talento artístico y el afinadísimo ingenio empresarial del moonwalker .

Tal y como se desprende de esta biografía escrita por un paparazi acreditado, que entrevistó al cantante y a su familia en varias ocasiones, Jackson fue un genio precoz, extremadamente tímido y solitario, que descolló en el escenario y batió todos los récords de ventas, pero que nunca logró dejar atrás una infancia expoliada por las ambiciones materiales de su familia y el canibalismo insaciable del show business . Con tan sólo veinticuatro años, ya había amasado una fortuna descomunal y había alcanzado la cúspide de la popularidad. A lo largo y ancho del planeta, se oían sus canciones, millones de jóvenes imitaban sus pasos, lucían el sombrero fedora, los calcetines blancos y el guante de lentejuelas.

No obstante, nada de eso alcanzaba para curar su timidez ni sus temores infantiles. La plata va y viene, la fama es la meretriz más vieja del mundo. Después de tener todo lo que se le antojara, Michael sólo quería salir a rodar en una patineta por la calle y regalarles dulces a los chicos del barrio. Nunca lo pudo hacer y tuvo que conformarse con soñar que volaba, como Peter Pan. De hecho, se compró un rancho de mil hectáreas y lo llamó Neverland. Se compró un zoológico, un parque de diversiones y una cámara hiperbárica. Dicen que quiso, incluso, comprar el esqueleto del Hombre Elefante, pero no se lo vendieron. Del mismo modo, se compró una nariz y una máscara. Luego, otra nariz y otra máscara, y otra, hasta borrar todo rastro de su pasado, de su clase, de su raza y su yo verdadero. "A veces, me siento en mi dormitorio y lloro -le confiesa Jackson a su biógrafo, con esa vocecita en falsete que era otra de sus marcas registradas-. Es muy difícil hacer amigos y algunos temas no se pueden hablar con los padres o la familia. A veces camino por el vecindario de noche, solamente esperando encontrar a alguien con quien conversar. Pero termino regresando a casa."

Así como quiso vencer las leyes de la gravedad con su célebre paso de baile, Jackson también quiso sustraerse -como prueba este libro- a las leyes de la evolución y convertirse en precursor de una nueva especie de mutantes que ayudarían a mejorar el mundo. Al final, lo único que le quedaba de humano era la megalomanía. La megalomanía y los ojos negros, vivaces, los ojos que raras veces dejaba aparecer en público, los ojos de aquel muchachito de Gary saltando aterrado bajo el látigo del padre.

© LA NACION

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