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El regreso del western

CIUDADES DE LA LLANURA Por Cormac McCarthy (Debate)-275 páginas-($ 14)
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29 de marzo de 2000  

CUANDO en 1992 Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933) obtuvo el National Book Award por Todos los hermosos caballos , crítica y público comenzaron a considerarlo una voz ineludible de la actual narrativa estadounidense. Esa fue la primera novela de una trilogía compuesta además por En la frontera y Ciudades de la llanura , textos en los que el Oeste mítico resurge con inusitado vigor y nuevos sentidos.

Hasta esa fecha, McCarthy se había destacado en el subgénero de la novela neogótica sureña, espacio donde ambientaba densas tramas de climas opresivos. Al pasar de la editorial Random House a Alfred Knopf, no sólo renovó su temática sino también su escritura. Los personajes perdieron esquematismo, los diálogos se hicieron más extensos, y las descripciones más sugestivas. Incluso, podría decirse que la trilogía recupera parte de la memoria audiovisual del western , tanto cinematográfico como televisivo.

La vida de McCarthy tiene cierto tono de leyenda: empleos ocasionales y duros, vida vagabunda, carácter huraño y autosuficiente. Tal vez por su existencia azarosa y por su aprendizaje del idioma español, el escritor concibió una singular perspectiva del tema del Oeste: el punto de vista del antihéroe. Así, la desolación, la violencia, los caballos, la acción, los amores difíciles, elementos arquetípicos del western , adquieren una nueva dimensión, no exenta de estilismo nostálgico o de sensación de pérdida. La trilogía establece un doble vínculo con el pasado: desde lo textual, al revisitar infinidad de novelas y películas ya clásicas y desde lo temático, al centralizar la cuestión de las relaciones entre el presente y la tradición. Son novelas de amistad, coraje, lealtad y pasión, de imágenes y experiencias que enhebran un ayer mítico con su depreciación contemporánea; historias cuyo escenario es la vida ruda, precaria, pero proclive al avance tecnológico y cuya iconografía simbólica reconfigura el desierto, el mejicano, el amor por la tierra, el respeto por los ancestros.

En Ciudades de la llanura reaparecen los protagonistas de las dos novelas anteriores, Billy Parham y John Grady. En la década del 50, ambos están trabajando juntos en un rancho de Almogordo, Nuevo México, muy cerca de El Paso, Texas, propiedad del nostálgico McGovern. Todos los personajes masculinos se resignan a la frustración, excepto John Grady quien, a instancias de su amigo Billy, visita un prostíbulo de Ciudad Juárez y se enamora de la muchacha más joven, bonita y asustadiza. John Grady pierde la aureola de indolente ingenuidad que tenía en Todos los hermosos caballos , es ahora más noble, se interesa por la salvación ajena pero no puede desandar el camino que lo lleva a la tragedia. Billy se vuelve más realista y duro, pero intenta ayudar a su gran amigo. La nobleza de John no alcanzará para elevarlo a la categoría de héroe activo y ganador.

Taciturno y sosegado, John sigue la pista de Magdalena desde aquel mísero prostíbulo hasta el lujoso burdel White Lake, donde el proxeneta Eduardo ha logrado instalarla. Durante algún tiempo, John gasta el poco dinero que tiene en frecuentarla, con el propósito de rescatarla de la degradación. Ignora las advertencias de un viejo pianista, que funciona como oráculo de la desgracia, y de la propia muchacha, quien está convencida de que si escapa, Eduardo la encontrará y le dará muerte. Inútilmente, John intenta comprar a Magdalena por dos mil dólares: Eduardo no sólo la considera un intransferible objeto de su propiedad, sino que también él siente por ella un amor apasionado. Luego de ayudar a Billy y a otros rancheros a detener una jauría que asolaba el ganado, John pone en práctica un audaz plan para huir junto con la muchacha hacia la frontera. Pero los amantes que desafían el destino deberán enfrentar el peligro mortal de transgredir la ley de la fuerza.

En el epílogo han transcurrido cincuenta años y el anciano Billy deambula entre la realidad y el ensueño, preguntándose tímidamente por su propia identidad y por la de todos aquellos que conoció y fueron sus amigos. Ciudades de la llanura es un relato de antihéroes donde la relación entre el hombre y la tierra se va diluyendo mientras crece el sentimiento de desarraigo ante la irrupción de los emblemas de la civilización moderna. La identidad también se desvanece y el propio reconocimiento deviene en autoexilio.

La mitológica frontera, el horizonte siempre lejano y la percepción entrañable de llanuras y montañas se convierten en reminiscencias de un mundo pretérito condenado a la desaparición, en imágenes agónicas de la verdadera gran frontera, ese vórtice neblinoso e indeleble entre lo real y lo soñado, lo vivido y lo ficcional. Este es el sentido que el texto subraya, orquestando una auténtica reanimación de arquetipos y tematizando la añoranza del pasado, la irrealidad del presente y la incertidumbre del futuro. McCarthy enlaza exquisitamente la parquedad del lenguaje coloquial de los rancheros con toques narrativos de rico lirismo y fina visualidad y estiliza a tal punto el contenido melodramático y el componente trágico que el lector abandona el texto habiendo disfrutado una sutil armonía, un relato intenso, vigoroso, fascinante.

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