El retorno de Ulises

Pedro B. Rey
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30 de abril de 2015  

Al dar punto final al Ulises , libro con el que trastocaría para siempre el arte de la novela, James Joyce aseguró que había puesto tantas alusiones y pistas en su obra que los críticos tendrían trabajo por muchos, muchos años. A poco menos de un siglo de la publicación del libro (lo sacó Sylvia Beach, librera de París, en 1922), la frase se ve corroborada por la correntada de literatura crítica que continuó el estudio pionero de Stuart Gilbert, a quien el propio Joyce usó como correa de transmisión de muchas de las claves del texto, homéricas y de las otras. El escritor irlandés no contempló a los traductores en su profecía autocumplida, aunque sí parece haberles dedicado arteramente su obra siguiente: la metamórfica Finnegans Wake , imposible de verter a otra lengua.

Lo cierto es que a pesar de las dificultades Ulises no dejó de hacer camino, con fascinación sostenida, en los más diversos idiomas. El periplo en castellano incluye una temprana incursión de Borges por el final del monólogo de Molly; la primera, heroica versión completa debida a J. Salas Subirats, que publicó Santiago Rueda en Buenos Aires (1945); la del español José María Valverde (1976) y, en fecha más reciente, otra firmada por Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas. A todas ellas acaba de sumarse una flamante traducción argentina, realizada por Marcelo Zabaloy con la colaboración de Edgardo Russo (El cuenco de plata), que recuerda una verdad elemental: la vitalidad de un clásico se refleja en la capacidad de cada época para reapropiárselo.

Juan José Saer reivindicó la primera versión de Salas Subirats, a pesar de algunos errores evidentes, como no haber advertido la recurrencia de ciertos leitmotivs lingüísticos. "El río turbulento de la prosa joyceana, al ser traducido al castellano, por un hombre de Buenos Aires –anota en Trabajos – , arrastraba consigo la materia viviente del habla que ningún otro autor –aparte quizá de Roberto Arlt– había sido capaz de utilizar con tanta inventiva, exactitud y libertad". Saer defendía esa versión frente a la de Valverde, más ajustada desde el punto de vista filológico, pero que, con su "tono de desdén justiciero" ante los defectos de su antecesora, olvidaba lo que ella misma tenía de provisional.

La nueva aproximación a una obra maestra invita –en homenaje a los prolongados esfuerzos del traductor– a un juicio lento, decantado. El enfoque verbal de Zabaloy, que un lector argentino agradece de manera intuitiva, permite un acceso inmediato al formidable laberinto de múltiples entradas por el que deriva Leopold Bloom durante aquel 16 de junio de 1904, fecha de la acción. Basta, para comenzar, celebrar alguno de sus hallazgos. ¿Un ejemplo? El final del primer episodio, cuando Stephen Dedalus abandona la torre Martello y una voz "dulcítona y sostenida" (sweettoned es el neologismo ideado por Joyce) parece llamarlo desde el mar.

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