El rey de la French Theory

Benoît Peeters
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25 de enero de 2013  

Cuando comenzó a utilizar el término "deconstrucción", Derrida estaba lejos de imaginar que tendría tanta repercusión, al punto de convertirse, según François Cusset, "en el producto más rentable que se haya lanzado jamás al mercado de los discursos universitarios". Para él, era una herramienta conceptual, pero no era en absoluto "una palabra clave".

Ya en 1984, Derrida lo reconoce de una manera un poco negativa: "Si me asociaran con menos frecuencia a esta aventura de la deconstrucción, arriesgaría esta hipótesis con una sonrisa: Estados Unidos es la deconstrucción. En esta hipótesis, sería el nombre propio de la deconstrucción actual, su apellido, su toponimia, su lengua y su lugar, su residencia principal". Diez años después, la hipótesis se asume, convirtiéndose en el título de un coloquio en la Universidad de Nueva York: "Deconstruction is/in America".

Jean-Joseph Goux –que conoció bien a Derrida en Francia y luego lo perdió de vista durante varios años antes de volver a encontrarlo en Estados Unidos (es profesor de la Universidad Rice, en Houston)– quedó impactado por el contraste entre el Derrida francés y el Derrida estadounidense:

El cambio era muy notorio, incluso a nivel físico. En Estados Unidos, Derrida siempre me pareció más resplandeciente e imponente. Por supuesto que a esto no era ajena una especie de estrellato, que nunca conoció en Francia. A comienzos de la década de 1980, numerosos departamentos se pasaron a la French Theory y el pensamiento derridiano. Todo había comenzado con los departamentos de Francés, luego de Literatura Comparada. Pero pronto la arquitectura, la estética, la antropología y el derecho se volvieron receptivos. La idea de deconstrucción, que permitía establecer puentes entre las disciplinas, generó un inmenso entusiasmo. Fue en ese tiempo cuando realmente se impusieron los cultural studies. [...]

Pero, según otros, el aporte principal de la deconstrucción es de un orden muy diferente. Avital Ronell lo cuenta con ímpetu en American Philo, su libro de entrevistas con Anne Dufourmantelle:

Es imposible imaginar hasta qué punto era cerrado el mundo universitario cuando Derrida llegó a la escena estadounidense. Además de ofrecernos las obras luminosas que llevan su firma, Derrida abría caminos […]. Practicó, conscientemente o no, una política de contaminación. Sus ideas políticas, sutiles y, según nuestros estándares, izquierdistas, conocían pocas fronteras y dejaban correr su savia por los terrenos pastorales y sagrados de la más alta erudición. De pronto, la universidad adquirió color: color y mujeres impertinentes y eso es algo que no se le perdonará fácilmente. […]

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