El rococó americano

Los autores de esta nota reflexionan sobre el artículo de Tom Wolfe "El marxismo rococó", publicado en este suplemento el 30 de julio último. Defienden el derecho al disenso de los intelectuales y señalan las trampas, errores y omisiones intencionadas del escritor norteamericano.
Los autores de esta nota reflexionan sobre el artículo de Tom Wolfe "El marxismo rococó", publicado en este suplemento el 30 de julio último. Defienden el derecho al disenso de los intelectuales y señalan las trampas, errores y omisiones intencionadas del escritor norteamericano.
(0)
23 de agosto de 2000  

Tom Wolfe celebra. Con el inevitable traje blanco cruzado y el sombrero blanco que son el uniforme de su imagen pública, este escritor de 70 años, doctorado en Yale- una de las universidades más elitistas del mundo-, celebra ahora la grandeza norteamericana y juega, entre sarcasmos, a convertirse en el Rudyard Kipling de un imperio en ascenso y a destrozar a los intelectuales que critican ese imperio.

Celebra, celebra. Celebra a los estudiantes rebeldes de la plaza de Tienanmen, en Beijing, porque, antes de ser aplastados por los tanques, erigieron una estatua de la democracia que "se parecía sospechosamente" a la célebre Estatua de la Libertad, y celebra los derechos civiles que se conceden graciosamente a los miles de inmigrantes famélicos que cruzan las fronteras de su país, sin preguntarse ni por un instante por qué o de qué huyen. No se detiene allí su júbilo. Celebra también que los disidentes del bloque soviético adopten a los Estados Unidos como modelo, pero a la vez pasa por alto el hecho -¿despreciable acaso?- de que en la Rusia actual el 40% de la población vive en la pobreza y el número de sus presos es el mayor del mundo, precediendo a su modelo, Estados Unidos, que ocupa el segundo lugar.

Celebra y a la vez se queja. El 1º de enero del año 2000 su país ha alcanzado ya -dice- la segunda centuria de un poder sin rivales y nadie se ha dado cuenta. Los norteamericanos han recibido la mudanza del milenio como cualquier otra nación del mundo occidental, en vez de cantar las glorias imperiales del Destino Manifiesto, aquel predicado que John L. O´Sullivan acuñó en 1845 y según el cual los Estados Unidos son una nación elegida por Dios para crear una sociedad modelo. El Destino Manifiesto justificó desde entonces las hazañas expansionistas del país y suprimió todos los escrúpulos morales que pudieron oponerse a las apropiaciones o a las compras de Texas, Oregon, New Mexico, California, Alaska, Hawai, Puerto Rico y Filipinas. Wolfe se queja de que, al llegar el 2000, nadie haya evocado esas victorias ni salude las que vendrán.

Aun leyendo por encima su artículo "El marxismo rococó" (publicado originalmente en la revista Harper´s con el título "In the Land of the Rococo Marxists. Why No One is Celebrating the Second American Century"), es inevitable advertir que para Wolfe la globalización es la consumación final del Destino Manifiesto, la cabalgata final de los Estados Unidos hacia su definitiva hegemonía sobre el resto del mundo. Salve, salve Gran Imperio. Wolfe no sabe o no quiere ver a los otros: su país es la cifra y resumen de todas las cosas, y si algo está fuera es porque no vale la pena.

Tras algunas burlas incómodas contra quienes criticaron el macartismo, el racismo y la participación norteamericana en la guerra de Vietnam, Wolfe pretende demoler la presuntuosidad de los académicos de su país, lanzando sobre el lector caudalosas preguntas que anticipan la respuesta, citando a diestra y siniestra nombres reconocibles y sembrando su prosa con signos de exclamación que a veces -hay que decirlo- resbalan hacia la histeria. Entre chiste y chiste, Wolfe despliega una misma estrategia tramposa: desplaza, contagia, cubre, generaliza. Es tarea fácil atacar a los académicos atribuyéndoles el hilarante apodo de "marxistas rococó". Desde la perspectiva de Wolfe, no hay nada más desacreditado ahora que el marxismo y nada tan amanerado y excesivo como el rococó en medio de tanta moda minimalista que promueve a la vez el lujo y la simplicidad.

La técnica es transparente. Wolfe generaliza para que el desprestigio aniquile no sólo a los "académicos progresistas" sino también, por elevación, a todo intelectual que disienta con el imperio. La globalización que Wolfe alaba es la que admite una sola forma de vida para todo el planeta. Su artículo niega el derecho a cualquier diferencia, a todo pensamiento crítico. Para decirlo sin medias tintas: no sólo es un texto tramposo en el manejo de la información. Es también un texto abominable.

* * *

¿Por qué condenar el pensamiento crítico? Según Wolfe, el imperio americano habría hecho palidecer de envidia a Alejandro Magno, cuyas conquistas sucedieron demasiado temprano y no le permitieron enterarse de los mergers y de los holdings internacionales, del rock y del rap, de las películas con efectos especiales, de la TV, de la NBA, de la World Wide Web ni del "juego de la globalización". Pese a que Wolfe ha construido su celebridad como periodista -extraordinario periodista, aunque algo rococó-, ha evitado enterarse de que las corporaciones internacionales pasan a menudo por encima de los gobiernos democráticos, imponiendo políticas económicas que favorecen a unos pocos, censurando la autodeterminación de los pueblos y, por lo tanto, socavando los principios esenciales de la democracia. A Wolfe sólo le interesan el rock y el rap porque su mirada va en una sola dirección. No parece haberse enterado de que la cultura de las minorías, a las que Wolfe desprecia en su afán de ser "políticamente incorrecto" -Dios lo salve de los lugares comunes-, ha entrado hace rato ya, y de qué manera, por todos los poros de la cultura norteamericana. ¿No habrá oído hablar jamás de la música latina infiltrándose en el pop norteamericano?, ¿no sabrá qué son los tacos, los sushis, el guacamole, el fútbol? Con una mirada que, estirándose un poco más allá de su ombligo, consigue captar algunos estereotipos norteamericanos y franceses, Wolfe habla, con frivolidad e irresponsabilidad, de lo que él llama "el juego de la globalización". Es una lástima no poder compartir con Wolfe algunas ideas inteligentes sobre el tema publicadas en América latina. Sería un diálogo de sordos, porque él sólo toma en cuenta los textos en inglés que se publican en los países desarrollados y, con cierta condescendencia, también los que se escriben en francés.

De otro modo, se le podría repetir lo que dice el chileno José Joaquín Brunner, para quien globalización no es una palabra inocente sino cargada de un valor concreto, porque intenta imponer la idea de que el capitalismo se ha extendido ya por todo el planeta, sofocándolo con la lógica de los mercados y las redes de información, borrando las diferencias y dictaminando que el neoliberalismo es la única filosofía posible.

¿Juego? El argentino Néstor García Canclini no deja lugar a dudas: en los últimos veinte años las deudas de los países latinoamericanos se cuadruplicaron o sextuplicaron. La globalización se maneja como algo evasivo, inmanejable, fatal y sin alternativas: David no sabe dónde está Goliat. Algo semejante ha escrito Jean Franco, que es inglesa pero tiene una inteligencia propia de estas latitudes: la globalización se constituye como un absoluto sin exterior, sin alternativas. Los países excluidos de ella y aun los incluidos parcialmente sólo están condenados a quedar al margen, en los intersticios.

El triunfalismo ciego y peor aún, la censura contra el pensamiento crítico jamás han contribuido a mejorar las sociedades: no hay sistema perfecto, sino sistemas mejores y peores que se van corrigiendo o degradando a lo largo de la historia. El mexicano Octavio Paz, un simpatizante del neoliberalismo a quien nadie podría acusar de "marxista rococó", declaró en su discurso de recepción del Premio Nobel que el único modo de seguir abogando por el futuro es recobrar la visión crítica. El triunfo de la economía de mercado -dijo Paz, advirtiendo que ese triunfo se debía ante todo a la negligencia del adversario-, no puede ser simple causa de alegría: como mecanismo, el mercado es eficiente pero, como todo mecanismo, carece de conciencia y de compasión. Paz agrega que es necesario encontrar la manera de que la economía de mercado exprese el contrato social y se convierta en instrumento de equidad y en un medio de justicia.

Wolfe pasa por alto todos los datos inconvenientes. Omite que la mitad de la población del globo sobrevive con dos dólares diarios o menos; finge ignorar que si se redujera sólo en 10% el gasto mundial en armamentos, se podría dar educación básica, salud, comida, agua limpia y cloacas a toda la humanidad. Wolfe no toma en cuenta que los ingresos de diez supermillonarios son superiores al ingreso nacional conjunto de los 48 países más pobres; que la brecha entre la quinta parte más pobre y la quinta parte más rica creció treinta veces desde 1906 hasta 1994. El "juego de la globalización" que dirigirán, según Wolfe, los países con inteligencia tecnológica -puesto que no harían falta los recursos naturales- disimula, tras la vitrina del consumo triunfalista, el dato básico de que la tecnología no llega a todos los países por igual. En su último informe sobre las comunicaciones, hace ya cuatro años, la Unesco estableció que en los países industriales había 424 teléfonos por cada mil habitantes, diez veces más que en los países en desarrollo -45 por mil-; que para los aparatos de radio la relación es de 1005 contra 185. Peor aún es la situación con los accesos a Internet: el número de computadoras en los países industriales es de 156.3 por cada mil habitantes, mientras que en los países en desarrollo es sólo 6.5.

Si el 20 % de la población mundial es analfabeta y la diferencia en el reparto de bienes básicos y en el acceso a la tecnología es tan abismal, ¿qué liderazgo podría ejercer un país periférico? Parece un chiste, porque el juego no le deja otra opción que la de aportar mano de obra barata, por no decir esclava. ¿Por qué no pensar que la globalización puede traer beneficios para todos, siempre y cuando la ganancia económica del inversor no sea la única cifra que se toma en cuenta?

* * *

Allí está Wolfe, citando datos incompletos y nombres movidos de lugar. Atribuye a los Estados Unidos el triunfo sobre "dos hermandades nacionalistas bárbaras, los alemanes nazis y los rusos comunistas, dos hordas de metódicos predadores y cazadores de esclavos que hicieron que los hunos y los magiares parezcan caprichosos por comparación". ¿Es que los británicos y los soviéticos no participaron de la Segunda Guerra? ¿Acaso el derrumbe del comunismo europeo no se debió también a la fractura y degradación de las facciones internas? También atribuye a su país la victoria sobre la gravedad terrestre. ¿No recuerda que los rusos precedieron a los norteamericanos en el envío del primer ser vivo y del primer hombre al espacio, y que se les anticiparon también en la primera caminata espacial?

Exaltado, afirma que los Estados Unidos se han convertido en la nación "más poderosa, próspera y popular de todos los tiempos". Imposible negar los dos primeros adjetivos, pero la proliferación de McDonalds en el mundo entero y la multiplicación de jóvenes usando zapatillas Nike y gorras de béisbol no implica necesariamente la homogeneización cultural del planeta ni el triunfo de un estilo de vida. Tal como lo observó Italo Calvino en Las ciudades invisibles , aunque los individuos perciban la misma multitud de signos en las ciudades, siguen siendo distintos entre sí. Le guste o no le guste a Wolfe, la globalización nos ha hecho más conscientes de nuestras diferencias. Estados Unidos es más popular que las otras naciones sólo en el uso de algunos signos.

Es imposible negar también que Estados Unidos -pese a sus duras y ambivalentes políticas hacia los emigrantes masivos: mexicanos, haitianos, dominicanos y aun los balseros cubanos- ha aceptado con amplitud a los trabajadores extranjeros. Pero a la vez es cierto que la inmensa mayoría de esos trabajadores han emigrado por los aterradores problemas de toda índole en sus países de origen. Aunque esos problemas derivan a menudo de las pésimas administraciones locales, tienen que ver también con el desequilibrio de los repartos internacionales. Una ley básica de la lógica, aplicable tanto a los países como a las personas, es que si hay alguien extraordinariamente rico es porque hay otros extraordinariamente pobres.

Estados Unidos es, sin duda, una tierra de oportunidades; pero eso no clausura la discusión. De hecho, lo más intolerable del texto de Wolfe es su afán por cancelar las discusiones. Wolfe dictamina que un hecho posible es un hecho concreto y confunde la tierra de oportunidades con El Dorado de los socialistas utópicos; es decir, como "el lugar donde el trabajador promedio tiene libertad política, libertad personal, dinero y tiempo libre como para desarrollar su potencial como mejor le parezca". Como toda afirmación de Wolfe, también aquí se debe separar el grano de la paja. En el paraíso al que alude Wolfe, había en 1994 de 35 a 65 millones de estadounidenses -la cifra varía según la organización que la publique- por debajo del estándard mínimo de vida. Desde 1972, el nivel de pobreza se ha acrecentado en 17% , pese a que hay más adultos incorporados a las fuerzas de trabajo. Las cifras no provienen de "marxistas rococó" sino de instituciones irreprochables -para Wolfe- como The New York Times y Los Angeles Times , Merryll Lynch, Federal Reserve Survey of Consumer Finances y el U.S. Bureau of Labor Statistics. Son todas significativas: la cuarta parte más rica de la población norteamericana es ahora veinte veces más rica que en 1989. En 1997, el cinco por ciento más rico de los Estados Unidos disfrutaba del 40 por ciento de la riqueza del país. En 1995, el 40 % de las familias de menores recursos, con jefes de familia de entre 25 y 54 años, no tenían ahorros. Los datos pueden parecer irrisorios para los llamados países en desarrollo, donde los niveles de miseria son desesperantes, pero resultan inexplicables en El Dorado de Wolfe.

De hecho, en ninguna otra nación industrializada hay tanta concentración de riqueza -y, por lo tanto, una distribución tan injusta- como en los Estados Unidos: casi tres veces más que Alemania, el país que está en segundo lugar. Según datos de la oficina de impuestos -el IRS- y de la Reserva Federal, nunca, desde la década del 20, el patrimonio del uno por ciento había sido tan exagerado. ¿Por qué entonces, en ese mar de abundancia y prosperidad, cuarenta millones de ciudadanos carecen por completo de cobertura médica?

Wolfe supone que la humanidad ha ingresado en un shopping planetario donde todos podemos consumir sin problemas. Pero si lo único que importa es el beneficio económico inmediato de las grandes corporaciones transnacionales, a mediano y largo plazo es inevitable la destrucción ecológica, porque la naturaleza y los seres humanos son vistos sólo como fuerzas o bienes explotables. Como bien lo observaron Zygmunt Bauman, Noam Chomsky y Enrique Dussell -cada uno desde su país-, el neoliberalismo produce una humanidad prescindible, que ni consume ni gana. La realidad es opaca y esos fantasmas con hambre están arruinando la fiesta de Wolfe.

Hay aquí, sí, una lección tomada de -perdón, cielos- El capital de Marx: la acumulación de riqueza en un polo produce acumulación de miseria, tormento en el trabajo, esclavitud, ignorancia, brutalización y degradación moral en el polo opuesto. Si citar a Marx es rococó, se puede recurrir al último informe del Human Development Report, que dice prácticamente lo mismo: el 20% más rico de la población consume hoy, como nunca antes, el 82,7% de los bienes que produce el planeta entero; Estados Unidos es apenas un 5% de la humanidad, pero consume alrededor del 60 por ciento.

Todos aquellos que quieren sociedades con un rostro más humano son para Tom Wolfe pájaros de mal agüero, aguafiestas de su celebración. No menciona a los presos de su país, pero no puede ignorarlos. En la última década del imperio, el número de internos se ha duplicado en las cárceles norteamericanas. En 1990 había un millón; a fines del 2000 se alcanzarán los dos millones. Wolfe se burla de los que protestan contra los brotes frecuentes de racismo, aduciendo que toda la población tiene desde hace mucho derecho a voto. Pero los negros van a la cárcel siete veces más que los blancos, y uno de cada tres negros caerá preso al menos una vez en la vida, mientras que esa posibilidad es, entre los blancos, de una en veinticinco. Mal que le pese, también al país más próspero del planeta le queda aún mucho por mejorar.

La medianoche del 1º de enero del 2000 marcó -dice Wolfe- el comienzo del Segundo Siglo Americano. "Podrían -vaticinó- sobrevenir cinco, seis u ocho o más. La Pax Americana podría durar mil años". ¿Cuál Pax ? Sólo en 1999 hubo veintiocho confrontaciones mayores en Afganistán, Angola, Colombia, Somalia, Sri Lanka, Sudán. Según la organización Human Right Watch, trescientos mil niños fueron obligados ese año a servir como soldados. La violencia en Sierra Leone alcanza extremos de escalofrío, por no hablar de lo que sucedió en Kosovo.

* * *

¿Cómo mirar para otro lado, aunque Wolfe piense que ésa es una actitud de idiotas? Citando a Marshall McLuhan, opina que la indignación moral es una técnica usada para investir de dignidad a los idiotas. Es a partir de este punto que "El marxismo rococó" lanza contra los intelectuales el más envenenado de sus dardos.

Según Wolfe, el intelectual no necesita "imponerse la tediosa tarea de informar o investigar. Tampoco necesita ninguna educación en particular, ningún entrenamiento académico, ninguna base filosófica, ningún marco conceptual de trabajo. Con sólo indignarse contra las autoridades y los burgueses tontos que las acatan ya se es -¡bingo!- un intelectual".

En Estados Unidos no habría razones para ser un intelectual porque tampoco hay motivos de indignación moral. Todo es perfecto, dorado y feliz. Según Wolfe, los intelectuales mantienen encendida la llama del "escepticismo, el cinismo, la ironía y la resistencia", para seguir imitando por un lado a los teóricos franceses y, por otro, para preservar su sitial privilegiado en una sociedad que de otro modo los sumaría al montón indiferenciado de la clase media. De ahí viene el calificativo de "marxistas rococó", porque el marxismo "vulgar" ya está fuera de lugar. En la versión 2000 de lo que fueron los grandes filósofos, los académicos son elegantes como Fragonard y astutos como Watteau; es decir, decadentes.

Según Wolfe, es rococó discutir los derechos de las minorías, de las mujeres, de los homosexuales o, peor aún, defender las ventajas culturales de países que no son los Estados Unidos. Tanto en el artículo de Harper´s como en el resto de su obra -sobre todo las novelas, tan desdeñadas por los académicos, de los cuales ahora se toma venganza-, Wolfe no cesa ni por un instante de ser auto-referente, de juzgar lo que le pasa a él como cifra y medida del resto del mundo. Con la óptica excluyente de un graduado de Yale, tiene el mal tino de citar a México como ejemplo del valor inferior de otras sociedades. ¿Qué idea de México pasará por su cabeza? ¿La de un campamento de Panchos Villas con grandes sombreros, pistolones y mujeres serviles que preparan tortillas a toda hora? ¿O la de un país con tres mil años de civilización, cocina refinadísima y un arte revolucionario? No, esta segunda opción no cabe en su inteligencia imperial.

Wolfe supone que México es citado en las universidades como modelo para entender las desigualdades raciales, de género, de clase o de región, y se pregunta si no es acaso "un secreto a voces que las corporaciones extranjeras gustan emplear mujeres en sus líneas de ensamblaje en México porque a las mujeres mexicanas se les enseña a someterse a la autoridad masculina". Por favor, ¿es ése un signo de inteligencia imperial o más bien una afrenta al sentido común? Nadie niega el machismo mexicano -un estereotipo, tal vez no más acentuado que el machismo japonés-, pero Wolfe debería saber que en el mundo entero las mujeres reciben un salario inferior al de los hombres y que en las maquiladoras [plantas ensambladoras de partes] de la frontera se reprime a los sindicatos, se pagan salarios insignificantes, no se respeta la jornada de ocho horas y se hacen frecuentes tests a las empleadas para verificar si están embarazadas y, en caso afirmativo, despedirlas.

Si el único valor que Wolfe toma en cuenta es la mano de obra barata, entonces tal vez tenga razón. En los últimos treinta años se han establecido, sólo en México, más de tres mil quinientas compañías con maquiladoras, entre ellas Sony, Ford, General Electric, General Motors y Zenith. El dato es fácil de encontrar: North American Production Sharing Inc. tiene un sitio en Internet para reclutar inversores interesados en establecer más maquiladoras en México. Allí se informa que "las compañías pueden mantenerse competitivas reduciendo los costos laborales directos" [ sic ] y que, además, pueden "evitar el costo y el peso de los programas obligatorios de los gobiernos que incluyen las compensaciones a los trabajadores" [ sic ]. ¿Será eso producto sólo del machismo mexicano?

* * *

Responder punto por punto a las reflexiones irresponsables de Wolfe sería entrar en su juego provocador. Impugnar a Francisco Franco significaría, de acuerdo con su análisis simplón, defender a Stalin; acusar al senador Joe McCarthy podría entenderse como una defensa de Alger Hiss, el supuesto espía a quien los archivos de la KGB exculparon, pese a Wolfe, en 1992. Y aquí no se trata de eso, sino de algo aún más serio: la libertad de pensar al margen del imperio.

En 1996 se publicó un bello libro del francés Maurice Blanchot titulado Los intelectuales en cuestión . Si se cita aquí es porque, hace apenas un año, un fragmento fue reproducido en Buenos Aires por una excelente revista, Pensamiento de los confines , que no corre el peligro de caer jamás bajo los ojos de Wolfe. Leído el texto de Blanchot al mismo tiempo que el artículo de Harper´s , resulta revelador y, sobre todo, alentador.

A diferencia de las explicaciones que manipula Wolfe, Blanchot afirma que el intelectual es tan sólo un ciudadano al que no le basta con votar según sus necesidades e ideas, sino que después de haber votado, se interesa por lo que resulta de aquel acto único, reflexiona sobre el sentido de su acción y, a partir de allí, habla o se calla. El intelectual no es, por lo tanto, un especialista de la inteligencia, dice Blanchot, preguntándose a la vez si será un especialista de la no especialidad.

Hasta ese punto llega la similitud con Wolfe, porque Blanchot advierte que el intelectual conoce sus límites, pero no es crédulo: duda y, cuando es necesario, aprueba. A veces hasta se arriesga a tomar partido por la causa contraria, eligiendo la línea de pensamiento que cree más importante aunque sea la más peligrosa, porque para él no hay coraje mayor que el de pensar. El intelectual no es hoy un pensador a tiempo completo. Es más bien un profesional o un creador o un investigador que, conmovido por alguna injusticia, abandona la soledad imprescindible en todos los que quieren seguir siendo quienes son y produciendo lo que saben, para ocupar un espacio público, denunciar una situación injusta que lo mortifica y, si es posible, contribuir a cambiar las estructuras sociales que provocaron esa injusticia. "El imperativo categórico -escribe Blanchot-, perdiendo la generalidad ideal que le había dado Kant, se convirtió en aquel que Adorno formuló más o menos así: Piensa y actúa del tal manera que Auschwitz no se repita jamás". Es claro que Auschwitz tiene aquí el valor de un símbolo y que las versiones del hombre destruyendo al hombre son, desgraciadamente, aún demasiado numerosas.

Wolfe asegura que lo único necesario para ser un intelectual es estar indignado, aun sin conocer el tema sobre el que se opina; Blanchot, en cambio, más ajustado a la realidad contemporánea, afirma que para alcanzar la posición social (y su valor) de intelectual, la notoriedad es esencial: así, a la gente que se destaca, se le pide opinión sobre todo lo que pasa; de allí su extraordinaria responsabilidad social.

Por eso es tan lamentable el artículo de Tom Wolfe: porque se trata, precisamente, de un autor notorio. Si fuera un vecino profiriendo las mismas barbaridades en una mesa de póquer, no merecería respuesta. Pero Wolfe hace exactamente lo que critica y, para colmo, lo hace mal: aprovecha su notoriedad para denunciar temas que no conoce y, en su caso, ni siquiera se puede aducir que actúa con ánimo de justicia. Tal vez lo hace con indignación o resentimiento, pero no con justicia.

Las motivaciones de Wolfe son muy distintas de las que Blanchot declara, citando un fragmento de René Char: "...No quiero olvidar jamás que se me ha obligado a convertirme -¿por cuánto tiempo- en un monstruo de justicia y tolerancia, un simplificador encerrado entre cuatro paredes, un personaje ártico que se desinteresa de quienquiera que no se alíe con él para derrotar a los perros del infierno. Las razzias de judíos, las sesiones de despellejamiento en las comisarías, las cruzadas terroristas de las policías hitlerianas en las aldeas estupefactas me alzan de la tierra, plantan sobre las grietas de mi rostro una bofetada de hierro al rojo".

¿Mueve acaso a Wolfe la responsabilidad del ciudadano común que piensa, de aquel que, como ha dicho Lyotard, procura ser el mejor de los seres-en-común? ¿Le importa en algo a Wolfe que al 80% de los hombres y mujeres de este mundo sólo les llegue el 17,3 % de lo que se produce? ¿O sólo le importa pertenecer al 5% más privilegiado y mantenerse en la lista de los autores más vendidos?

No se trata de ser pájaros de mal agüero ni de erigirse en defensores del marxismo vulgar, rococó o como se quiera. Se trata de lisa y llana compasión, de no mirar hacia otro lado. Los problemas de la realidad son tan vastos que nada es tan difícil como esquivarlos. Hay un viejo refrán popular que dice: "Cuando el dedo señala la luna, el imbécil mira el dedo". El artículo de Wolfe es un perfecto ejemplo de ese adagio.

Nueva sede del Paraíso

El 30 de julio último se publicó en este Suplemento el artículo " "El marxismo rococó" , de Tom Wolfe. En ese texto, el autor de La hoguera de las vanidades defendía con vehemencia sorprendente el imperialismo norteamericano y se ensañaba con los intelectuales de los Estados Unidos, influidos perniciosamente, según él, por la crítica cultural europea, en especial la francesa.

En la polémica nota, Wolfe defendía, por ejemplo, la intervención armada de su patria en Vietnam y disculpaba veladamente la caza de brujas del senador McCarthy. Después de señalar que los Estados Unidos habían llegado a ser tan poderosos que con sólo manipular un par de llaves podían hacer saltar el planeta Tierra, Wolfe añadía que la nación más importante del mundo se ha convertido en el país soñado por los utopistas del siglo XIX, donde los trabajadores medios tienen libertad política, dinero y tiempo libre. Hacia ese paraíso terrestre se han precipitado gentes de todas las tierras, colores y credos. De acuerdo con la versión de Wolfe, esos inmigrantes encontraron en los Estados Unidos una nueva patria, un refugio seguro, donde cada vez hay menos signos de racismo y de discriminación sexual o cultural.

Claves

Liderazgo: Tom Wolfe fue algo así como el pope del Nuevo Periodismo, una técnica de escritura de crónicas que se basaba, sobre todo, en la introducción de recursos de la novela o del cuento. Ese tipo de enfoque, muy colorido, permitía muchas veces que, por el uso de la primera persona, los periodistas se convirtieran en protagonistas de los hechos que registraban.

Obras: La izquierda exquisita, La palabra pintada, Lo que hay que tener, Las décadas púrpuras, ¿Quién teme al Bauhaus feroz?, La hoguera de las vanidades, Emboscada en Fort Bragg, El nuevo periodismo, Todo un hombre.

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.