El serio eje del humor

En su nueva novela, Adán en Edén , el mexicano Carlos Fuentes retoma muchos de los temas presentes en su nutrida obra previa, pero les da una vuelta de tuerca paródica y grotesca que recuerda su papel central como renovador de las formas latinoamericanas
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19 de diciembre de 2009  

Adán en Edén

Por Carlos Fuentes

Alfaguara

176 Páginas

$ 49

En 1969, el escritor mexicano Carlos Fuentes dio a conocer un lúcido ensayo, La nueva novela hispanoamericana , donde casi en "tiempo real" del llamado boom latinoamericano (del que formaba parte como novelista) no sólo celebraba la fabulosa renovación literaria que llevaban a cabo Vargas Llosa, Carpentier, Cortázar, entre otros, sino que, a manera de máxima esperanzadora, también proponía: "Reinventar la historia, arrancarla de la épica y transformarla en personalidad, humor, lenguaje, mito: salvar a los latinoamericanos de la abstracción e instalarlos en el reino humano del accidente, la variedad, la impureza".

Mucho tiempo ha pasado, años en los que Fuentes desarrolló una vastísima producción de novelas, cuentos, ensayos e incluso obras teatrales, y en los que fue distinguido en numerosas ocasiones con premios y homenajes internacionales. Sin embargo, algo de ese impulso militante por la literatura renovadora de las formas, capaz de convertir el "habla en discurso" y de lidiar con lo histórico ("afirmar en el lenguaje la vigencia de todos los niveles de lo real", decía entonces), está presente, aunque con un tono y un conflicto contemporáneos, en su última novela. Sobre todo, aquello de "transformar la historia en humor", dado que aquí la parodia, en su sentido más amplio, juega un papel central: Adán en Edén retoma temas frecuentes en la literatura del escritor mexicano -el ascenso social de un don nadie, la tensión entre triunfalismo y resentimiento, las carreras políticas inescrupulosas- pero atravesados por un progresivo humor, a veces grotesco, otras irónico, pero que en todos los casos parece la contracara paródica de lo que podría haber constituido una historia seria, trágicamente seria.

La narración de Adán en Edén avanza con los recursos propios de un gran escritor, que sabe cuándo alterar la línea temporal y mechar capítulos que dan saltos cronológicos, que estiliza con maestría una oralidad mexicana entre florida y guasa, y que sabe cómo salirse de la ficción y sorprender al lector con una escena en la que Tomás Eloy Martínez habla de Adán en Edén en un café de Buenos Aires. Pero al mismo tiempo, tras estos elaborados recursos novelísticos, aflora un prisma grotesco, una voz latente que ridiculiza incluso a la misma voz narradora, la primera persona de Adán Gorozpe, abogado, nuevo rico y figura pública con ambiciones políticas, doble vida amorosa y un enemigo tocayo, Adán Góngora.

Así, la historia de su ascenso social gracias al casamiento con Priscila Holguín, Reina de la Primavera y Reina del Carnaval, hija del millonario Rey del Bizcocho, comienza con aparente sobriedad, pero de a poco va mostrando el guiño socarrón: las flatulencias públicas de Priscila despiertan en su marido el reproche: "Cállate. No sabes lo que dices" (tras ello, fragmentos de Quevedo, alusivos); sus relaciones sexuales se llevan a cabo siempre con escapularios que obstruyen su concreción; sus conversaciones no llegan a nada, porque de boca de la fantochesca Priscila salen incoherencias como cohetes. La voz de Adán también cae, por momentos, en manos de ese secreto narrador que introduce de modo implícito el eco deformado de quien habla: el empresario arribista dice tomar su lugar "a la cabeza de la mesa de negocios, con mis subordinados muy subordinados aunque yo me comporte como un jefe moderno". Finalmente, algunos capítulos introducen recortes de noticias, "la feria de la vida", mosaicos que juegan con el difuso límite entre el delirio y la realidad, propio del periodismo de las sociedades contemporáneas.

No todo, sin embargo, es humor ni grotesco en Adán en Edén . En paralelo a la historia del ascenso de Adán Gorozpe y de su alicaído matrimonio, se narran también los encuentros con su amante, cuyo ambiguo nombre, "Ele", y una cuidadosa no adjetivación (para eludir la definición genérica) provocan la sospecha constante de la bisexualidad del protagonista. La relación de Gorozpe con su cuñado, aspirante a escritor devenido guionista de televisión y luego excéntrico albacea de un niño que se proclama "santo", también ocupa lugar en la novela, y es el vínculo que da pie a una escena entre el cuñado y un gran maestro de las letras (Maximino Sol), muy en el tono de las novelas de Roberto Bolaño.

Hacia el final, gana espacio la rivalidad con el militar y encargado de la seguridad nacional, Adán Góngora, personaje tan grotesco como el narrador, aunque algo más sanguinario. Este conflicto justifica el ingreso de dos aspectos críticos de la realidad mexicana, a los que ya no se ridiculiza: el creciente poder de los narcos, organizados en carteles y "dueños" de grandes territorios urbanos, y la reciente crisis financiera, responsable de la repentina ruina de numerosos habitantes de clase media, endeudados, hipotecados.

Existen, en esta última novela de Carlos Fuentes, dos grandes momentos, acaso dos sensaciones dominantes, que no son únicas, sino que van alternándose a lo largo de sus páginas: aquellos en los cuales la ficción despliega su potencial distorsionador, irónico, delirante, y en los que el habla y las situaciones se ligan a lo real por su veta más tragicómica, y aquellos otros en que cierto tono de sentencia idiosincrásica (cómo somos los mexicanos, cuál es el problema de México) se torna reiterativo y restringe un tanto la fluidez anterior. Con todo, Adán en Edén posee una infrecuente cualidad para ser una obra tardía: al mismo tiempo que vuelve sobre temas presentes en obras anteriores, lo hace con una vuelta de tuerca, con el humor cínico como eje y con auténtica vigencia narrativa.

© LA NACION

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