El Teatro Colón cerró el año en el Rosedal

Casi 20 mil personas se reunieron para escuchar valses de Strauss y el final de la Novena sinfonía de Beethoven
Casi 20 mil personas se reunieron para escuchar valses de Strauss y el final de la Novena sinfonía de Beethoven Crédito: Juan J. Bruzza/Cultura BA
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23 de diciembre de 2018  

El Teatro Colón cerró el año ayer a la tarde con un concierto al aire libre que unió la popularidad con un programa bastante exigente, a la altura de las circunstancias.

La cita fue, desde las 18, en el Rosedal, con la participación de la Orquesta Estable y el Coro Estable del teatro.

El tiempo, este fin de semana, ayudó y cientos de vecinos se acercaron para escuchar un repertorio muy variado, con Enrique Arturo Diemecke como director musical, y Miguel Martínez a cargo del coro. Hubo 200 artistas del teatro en el escenario, que lograron convocar casi 20 mil asistentes en Palermo. El público ocupaba varias cuadras por la calle Infanta Isabel.

La función al aire libre empezó bien vienesa, con la obertura de El murciélago, el Vals Emperador, de Johann Strauss II, la obertura de La viuda alegre, de Franz Lehár, Tritsch-Tratsch-Polka, Op. 214, nuevamente de Johann Strauss hijo, la obertura de Reina espadas, de Franz von Suppé.

El vals es también una especie de fenómeno sociológico. Entre los muchos versos famosos de El murciélago, hay dos que son con justicia los más citados: Glücklich ist, wer vergisst/ Was doch nicht zu ändern ist (Es feliz quien aprende a olvidar/ lo que no puede cambiar). Esas palabras escasas encierran una definición completa de la Viena en tiempos de los Strauss. La felicidad vienesa es una felicidad que parece haberse impuesto a la tragedia y, por lo tanto, no del todo diáfana, sino más bien reticente y amenazada por recuerdos. Lo que domina en el vals es la gravedad de lo frívolo. Esas palabras son tan atemporales que caen bien en cualquier época, y por su puesto también en esta.

Fue el cierre festivo con todos los cuerpos estables del teatro
Fue el cierre festivo con todos los cuerpos estables del teatro Crédito: Juan J. Bruzza/Cultura BA

El frío centroeuropeo fue fugazmente interrumpido por el mediterráneo "Va, pensiero", el hit de Giuseppe Verdi de la ópera Nabucco. Toda esta primera parte más ligera concluyó con una pieza de la mayor seriedad (lo popular y lo serio no siempre son irreconciliables): El Danubio azul.

Diemecke desplegó como siempre su histrionismo, y el público se lo agradeció. El final no pudo ser más emblemático, y esto por varios motivos. Además de su llamado a la libertad por el poema de Friedrich Schiller que le sirve de baso, el último movimiento de la Sinfonía nº 9 en re menor, op. 125 combinó a la orquesta estable con el coro, en un símbolo de unidad. Participaron también la soprano Daniela Tabernig, la mezzo Alejandra Malvino, el tenor Fermín Prieto y el bajo Christian Peregrino.

Ya pasadas las 21, todavía seguía la celebración. Ya se sabe que la Novena sinfonía suele tener usos diversos. En esta ocasión, trató de ser un emblema de unidad de los cuerpos estables del teatro y, al mismo, acaso un signo de la dirección que deberían tomar las cosas más allá de la música. Como sea, las 20 mil personas que estuvieron en el Rosedal se habrán ido a su casa un poco distintas, un poco mejores, que antes. Así es el sortilegio y la magia de la música más noble, esa que nunca falla y que siempre nos acompaña.

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