Elogio de la rebeldía

Pensador radical, combatiente en la Guerra Civil Española, ensayista y escritor, George Orwell desnudó, en novelas como Rebelión en la granja y 1984 , los alcances de la manipulación totalitaria sobre los hombres. Pero, fiel a su ideario revolucionario, no limitó su discusión con la izquierda al terreno de la ficción, sino que denunció el totalitarismo enquistado en las organizaciones comunistas, con lo cual se ganó el desprecio de muchos intelectuales de la época. A cien años de su nacimiento, el prestigioso periodista inglés Christopher Hitchens rastrea, en La victoria de Orwell (Emecé), las críticas que generó esa inquebrantable honestidad intelectual
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11 de mayo de 2003  

En uno de los microensayos incluidos en Hechos inquietantes (1960), Juan Rodolfo Wilcock señala que la principal característica de la literatura de anticipación es la certeza de que a partir de cierto momento dejará de existir. Imagina a un nieto que, en 1995, desempolva un ejemplar de 1984: " Lo abre -dice- y encuentra un mundo que nunca existió... Por el hecho de que pone en el pasado situaciones incompatibles con la historia, 1984 , en 1995, ya no se puede leer como una novela, sino sólo como un documento psicológico de las preocupaciones de otra generación".

Es probable que el pronóstico de Wilcock se verifique algún día, pero no en este inicio de milenio. El libro más célebre de George Orwell -como buena parte de su obra- sigue siendo actual porque, como afirma Christopher Hitchens en La victoria de Orwell , libro que acaba de editar Emecé, si los tres grandes temas del siglo XX fueron el imperialismo, el fascismo y el estalinismo, "sería vulgar sostener que esas `cuestiones´ tienen sólo para nosotros un interés histórico; han dejado como legado la totalidad de la forma y el tono de nuestra era".

A cien años del nacimiento del autor -que se cumplen el próximo 25 de junio- y a más de cincuenta de su muerte, 1984 continúa siendo el estandarte literario más visible de la impugnación al totalitarismo (al estalinismo y a cualquier variante totalitaria, de izquierda o de derecha), pero también un fino análisis de la manipulación del lenguaje o el valor de la resistencia. El experimento televisivo que lleva el nombre de uno de sus ubicuos personajes ("Gran Hermano"), por ejemplo, pone en acto, no tanto aquella antiutopía como su complemento, sobre el que también alertaba el pesimismo del escritor inglés: la inclinación de muchos humanos al sometimiento voluntario y a la obediencia ciega.

A pesar de la distancia que da el tiempo, Orwell está lejos de ser, en su Inglaterra natal, un personaje de fácil clasificación. Autor de primerizas novelas realistas o de un documento fundamental sobre la guerra civil española, logró también llevar la novela política a su máxima expresión y publicó más de un centenar de ensayos que lo convierten en un referente obligado de los tiempos más turbulentos y moralmente complejos del siglo XX.

En su libro, Hitchens, célebre periodista inglés que considera al autor de Rebelión en la granja como uno de sus "héroes" intelectuales, propone una reinterpretación polémica de su legado y una defensa de su radical independencia.

Porque, ¿quién fue Orwell, después de todo? ¿Una suerte de santo laico, atrapado en la medianoche del siglo, como suele presentarlo la tradición liberal? ¿Un traidor a la causa que, como lo acusó desde un principio la izquierda ortodoxa británica, "le entregó munición al enemigo", dejando en evidencia su profundo conservadurismo de clase? ¿O bien fue, como sostenía con simplificada impunidad parte de la intelligentsia reaganiana en los años ochenta, uno de los suyos? "Esta no es una biografía -escribe Hitchens-, pero a veces siento que hay que arrancar a Orwell de una pila de tabletas de sacarina y pañuelos húmedos; un objeto de veneración enfermiza y elogios exagerados y sentimentales, empleados para embrutecer a los niños con una rectitud y pureza insufribles."

Entre tirios y troyanos, en la tensión establecida entre hagiografía y libelo, Hitchens le levanta a Orwell un pedestal como librepensador. Dice que no fue un escritor de primerísima línea (lo cual en muchos aspectos peca de injusticia), pero destaca que alcanzó importancia gracias a un único recurso: la honestidad intelectual que lo llevó a no callar ante la mentira y las aberraciones morales de su tiempo, siempre buscando una verdad "objetiva" en lucha contra sus propios prejuicios.

Esbozo biográfico

Eric Arthur Blair, que adoptaría luego el nombre George Orwell, nació el 25 de junio de 1903 en Bengala, India, hijo de un funcionario del imperio británico y de madre de sangre francesa. Inmediatamente después, la madre retornó a Inglaterra con el futuro escritor y su hermana mayor, Marjorie, dejando al padre en la colonia (Avril, otra hermana, nacería en 1907). Es un detalle determinante en la vida de Orwell, que casi no tuvo trato con su progenitor hasta ocho años después, cuando éste retornó a las islas. La relación fue siempre conflictiva. Como toda familia adscripta a la burocracia colonial, los Blair eran profundamente conservadores, pero sin formar estrictamente parte de la elite. Eric estudió en Saint Cyprian (en un célebre artículo, "Such, such were the joys " dejaría más tarde constancia de los brutales métodos punitivos que se empleaban en el internado) y luego en el prestigioso Eton, en ambos casos como becario. En los dos colegios trabó sus primeras amistades literarias, con Cyrill Connolly y Anthony Powell -entre otros-, que serían amigos fieles durante toda su vida. Desistió de ir a la universidad y se empleó como funcionario policial en Birmania, donde conoció de primera mano las iniquidades imperiales del sistema colonial. Tras cinco años de servicio y mucha ambivalencia (tenía miedo de convertirse en un autómata pero, al mismo tiempo, estaba lejos de idealizar a los colonizados) decidió que sería escritor. Se instaló primero en París y luego en Londres, donde pasó años de penuria y degradación.

"El Orwell que algunos consideran tan inglés como la carne asada y la cerveza caliente -escribe Hitchens- nace en Bengala y publica sus primeros artículos en francés [...] El joven Orwell que fantaseaba con hundir una bayoneta en las entrañas de un sacerdote birmano se convierte en defensor de la independencia de Birmania. El igualitario y socialista percibe simultáneamente la falacia de la propiedad estatal [...] El estudiante de colegio privado fastidioso y solitario pasa la "noche" con vagabundos y prostitutas y se obliga a soportar chinches y orinales y prisión."

Estas tensiones, sumadas a sus propias convicciones individuales, son las que con el correr del tiempo, según Hitchens, le permitirán una capacidad casi instintiva de análisis y de anticipación de los diversos "ismos" (el imperialismo, el fascismo y el estalinismo, claro está, pero también tendencias muy posteriores, como el multiculturalismo o el posmodernismo) y la que lo llevarán a acuñar en los primeros meses de posguerra una expresión que tras su muerte será ubicua: Guerra Fría.

En los años treinta Orwell publicó sus primeros libros, Sin blanca en París y en Londres , Días birmanos, y el primero en que encuentra su voz: El camino de Wigam Pier , un encargo del editor Victor Gollanz para que retratara las condiciones de vida y trabajo de los desempleados del norte industrial de Inglaterra.

Son libros de los que el propio Orwell no parecía muy convencido, pero que dejan entrever sin embargo una fina penetración de los medios sociales en que transcurren.

La divisoria de aguas, lo que convertiría definitivamente a Blair en Orwell, fue sin embargo la Guerra Civil Española. Entusiasmado como tantos jóvenes ingleses (poetas como W. H. Auden o Stephen Spender también acudieron), Orwell se presentó como voluntario en la Barcelona anarquista. El escritor eligió integrarse al POUM (siglas del Partido Obrero de Unificación Marxista), una milicia disidente que, a diferencia de las Brigadas Internacionales, no estaba bajo el férreo control del Partido Comunista. Orwell fue testigo directo de la aniquilación y purga de esta izquierda revolucionaria a manos de la metástasis estalinista que se había distribuido por el bando republicano. La guerra le dejó diversas certezas: un balazo en la garganta, impotencia y estupor. "Fue cuando estaba en ese frente -razona Hitchens- que llegó a entender el comunismo, y a partir de ese momento, dio comienzo a un combate de diez años con los partidarios de esa doctrina que constituye, para la mayor parte de las personas de hoy, su legado moral e intelectual. No obstante, sin una comprensión de sus otros motivos e impulsos, ese legado es decididamente incompleto."

Esa traición a la propia revolución dio lugar a su primer libro notable, Homenaje a Cataluña , que fue publicado en 1938 después de ser rechazado por Gollanz y otros editores socialistas. Es en él donde Orwell intuye de manera definitiva el papel que comienza a tomar la propaganda y las distorsiones del discurso. "Los historiadores no tendrán nada en qué basarse -escribió al justificar las razones del volumen- excepto una masa de acusaciones y propaganda partidaria." El crimen de sus compañeros de combate, reescrito por la historia oficial, corría el riesgo de no haber existido nunca.

Orwell se instaló en las islas Hébridas escocesas, junto con su primera mujer Eileen O´Shaughnessy, y allí sobrevivió en la más absoluta frugalidad, comenzó su tarea de agudo ensayista y polemista (que sería frenética durante la Segunda Guerra Mundial) y comenzó a esbozar la idea de conciliar en una obra de ficción arte y política. El primer resultado fue Rebelión en la granja , una feroz sátira alegórica que hizo recordar a muchos la sulfurosa prosa de Jonathan Swift. El libro sería publicado en 1946, poco después de la muerte de su primera mujer, y su reputación fue inmediata, lo cual le permitió a Orwell vivir con mayor desahogo. Continuó escribiendo, entre otros tantos medios, en la Partisan Review (representante de la izquierda independiente norteamericana), hizo emisiones para la BBC y se puso a trabajar contrarreloj en "El último hombre en Europa", cuyo título cambiaría un editor por el de 1984 .El libro salió publicado en 1949. Pocos meses después, ya en 1950, Orwell, a quien se le había diagnosticado tuberculosis, falleció de un derrame pulmonar. Hacía ya ocho meses que permanecía hospitalizado, pero algunas semanas antes, en el lecho, había llegado a casarse por segunda vez con la periodista Sonia Brownell.

Disputas póstumas

Orwell -que creía tener al menos cinco años de vida por delante- murió tal vez demasiado pronto. Alguna vez escribió que en los tiempos que le había tocado vivir nadie podía darse el lujo de escribir como Henry James o James Joyce, restándole él mismo importancia a su tarea desde el punto de vista artístico. Es por lo menos injusto: Orwell creó uno de los grandes mitos perdurables del último siglo, el Gran Hermano, y no pocos ensayos ejemplares, con una prosa trabajada y precisa.

Tal vez por eso, por el lugar subsidiario que le otorgaba, lo literario quedaría (y todavía queda) postergado por las consecuencias políticas de su obra.

Considerado a título póstumo como uno de los padres del anticomunismo (junto al húngaro-británico Arthur Koestler, autor de El cero y el infinito ), fueron muchas las facciones que se lanzaron sobre sus despojos para llevar el agua hacia su molino o, por el contrario, para execrarlo.

En La victoria de Orwell , Hitchens se detiene en cada una de las críticas para rebatirlas desde los propios escritos de Orwell: la izquierda y la derecha, las interpretaciones feministas y las objeciones del posmodernismo pasan por este cedazo para ser refutadas. A veces con justicia; otras, en aras de la polémica, con exageración.

"Yo pertenezco a la izquierda y debo trabajar dentro de ella por mucho que deteste el totalitarismo ruso y su venenosa influencia en este país", escribió Orwell en una carta al rechazar una invitación para protestar por la brutalidad comunista en Yugoslavia. Teniendo en cuenta que hasta último momento se reivindicó como un socialista democrático, los principales dardos de Hitchens apuntan a la izquierda británica, encolumnada en aquellos tiempos detrás de la ortodoxia soviética. Cita argumentos de Isaac Deutscher, E.P. Thompson, o a los más actuales Edward Said y Salman Rushdie, pero el que se lleva la peor parte es Raymond Williams, padre de los Estudios Culturales, denodado crítico de Orwell y en aquel entonces comunista doctrinario que, entre otras cosas, acusó al autor de 1984 de ser el único culpable en caso de que algún día sus descripciones totalitarias se volvieran realidad.

"No hay mucho espacio para dudas respecto de la verdadera fuente del resentimiento contra Orwell... -resume Hitchens-. A diferencia de innumerables contemporáneos, cuyas deserciones del comunismo darían más tarde lugar a espectaculares confesiones y memorias, él jamás pasó por una fase de rusofilia o adoración por Stalin o acompañamiento de éste."

Para cotejar esta animadversión basta detenerse en la reciente autobiografía del historiador Eric Hobsbawm. A pesar del sismo que sus libros produjeron en la izquierda británica, Orwell aparece nombrado allí una sola vez con su apellido real, Blair. Con desidia o mala fe, se lo define al pasar como "un inglés de clase alta".

El conservadurismo británico, que intentó apropiarse de sus ideas, tampoco logró nunca deshacerse de cierta profunda desconfianza. Hitchens considera que ese intento de apropiación se debe a la simple razón de que la derecha británica nunca dio en el terreno antitotalitario un intelectual de semejante categoría.

Las feministas lo acusan de haber escrito frases homófobas o antisemitas (algo que Hitchens acepta y pone como ejemplo de los prejuicios que Orwell pretendía descartar y no siempre lograba) y los posmodernos de postularse como guardián de una objetividad imposible. En esta tarea, La victoria de Orwell se vuelve a veces víctima de su deseo de convertirse, contra viento y marea, en abogado de su personaje. La famosa lista en que Orwell habría delatado a supuestos estalinistas (probablemente la única mancha real en su carrera) es desestimada con explicaciones pueriles, basándose en una supuesta ingenuidad del momento.

Lo cierto es que Orwell no era tanto un visionario como un hijo rebelado contra su tiempo, "la conciencia invernal de su generación", como lo define Richard Myers en una biografía que acaba de publicar la editorial Vergara.

"En una época de lealtades partidistas extremas, y a la vez cínicamente fluctuantes, se las arregló para pasar a ser un enemigo tan inflexible de Hitler y de Stalin, mientras escribía comentarios que intentaban ser `objetivos´ sobre cada uno de ellos."

Lo ejemplar de la victoria y la actualidad de Orwell no radicaría tanto en la posesión de una verdad como en su actitud: "Lo que ejemplifica a través de su compromiso con el lenguaje como compañero de la verdad es que los `puntos de vista´ en realidad no cuentan; que lo que importa no es lo que se piensa, sino cómo se piensa, y que la política es relativamente poco significativa, mientras que los principios, de alguna manera, permanecen, al igual que los pocos individuos irreductibles que se mantienen leales a ellos".

Perfil

Origen: Eric Blair (tal el verdadero nombre de Orwell) nació el 25 de junio de 1903 en Bengala, en el seno de una familia conservadora; su padre era funcionario del Imperio Británico en la India.

La lucha: la Guerra Civil Española, de la que participó como voluntario, fue un punto de inflexión. Las purgas de los comunistas contra la izquierda revolucionaria marcaron su ruptura con el comunismo.

La obra: como ensayista publicó, entre otros, Sin blanca en París y Londres (1933); Días birmanos (1934), El camino de Wigam Pier (1937), Homenaje a Cataluña (1938); como novelista, La hija del reverendo (1935), Rebelión en la granja (1945), 1984 (1949).

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