Entre maestro y discípulo

LA SOMBRA DE NAIPAUL Por Paul Theroux-(Ediciones B)-Trad.: Carlos Abreu-464 páginas-($ 30)
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18 de mayo de 2003  

"Qué pocas veces elige el novelista el material que tiene más a mano. Es como si se sintiera obligado a ganar la experiencia del modo más arduo", dice Graham Greene refiriéndose a la obra de Ford Madox Ford, aunque en realidad su frase parece hecha para definir el caso Paul Theroux. La sombra de Naipaul , el último libro de Theroux distribuido en la Argentina, viene a demostrar por qué. Allí, durante casi quinientas páginas, el autor da cuenta de lo que fueron sus treinta años de amistad con V. S. Naipaul, el escritor nacido en las Antillas y radicado en Londres que ganó el Premio Nobel 2001. Todo empezó durante los años sesenta, dice Theroux, en Uganda, donde él había conseguido un trabajo en la universidad que le dejaba espacio para intentar también sus primeros titubeos como escritor y para comprobar de qué se trataba el mundo más allá de su Massachussetts natal. Curiosamente, el elemento que más lo marcó en su experiencia africana fue caribeño: desde el día en que, invitado por una fundación americana, llegó a Uganda V. S. Naipaul -que entonces rondaba los cuarenta y era ya un escritor consagrado en Inglaterra-, se convirtió para él en guía, maestro, padre literario. Donde Theroux sólo empezaba, Naipaul tenía un camino recorrido; donde Theroux dudaba, Naipaul tenía un cúmulo de certezas; donde Theroux temía, Naipaul era de temer. Así, al menos, lo cuenta La sombra de Naipaul .

La idea de escribir este libro se le ocurrió a Theroux el día en que, después de treinta años de una relación estrecha que él elige llamar amistad, V. S. Naipaul lo cruza en la calle y lo trata como a un desconocido sin tener en cuenta la gran casualidad que implica haberse encontrado en Londres el mismo día en que Theroux llega a esa ciudad en la que ya no vive. Tampoco le da ninguna explicación por el silencio de los últimos meses ni por la carta agresiva que le escribió a Theroux la nueva mujer de V. S. Naipaul, molesta por el obituario que Theroux escribió por la muerte reciente de la anterior mujer de V. S. Naipaul. Paul Theroux se siente estafado, como el personaje también llamado Paul de La lección del maestro , ese relato de Henry James que se ha convertido en clásico cuando se trata de la relación entre dos escritores de distintas generaciones. Y decide hacer lo que en ese cuento de James el maestro sugiere pero queda pendiente: que el discípulo escriba su retrato.

Partiendo de esas bases, Theroux logra escribir un retrato -no de uno sino de dos escritores- perfectamente armado. La narración es atrapante, vivaz, ajena al regodeo y al eufemismo. Es sumamente interesante leer La sombra de Naipaul como continuación, incluso como versión siglo XX de la nouvelle de James: el cúmulo de cuestiones que giran alrededor de un maestro y un discípulo están ahí. Los sistemas de apropiaciones y rechazos, la generosidad del maestro que en cualquier momento deriva en jactancia, la predisposición del discípulo que en cualquier momento deriva en parasitismo. La cotidianidad que intercambian los que escriben y que rara vez se explicita en lo que escriben: los encuentros y desencuentros, los pactos, los rituales, la injerencia de los seres queridos del otro. Theroux sabe cómo abordar todo eso.

Cuando este libro salió en inglés, en 1999, causó su escandalete en los ámbitos literarios sajones y muchas de las críticas que se le hicieron se encargaron de señalar que Theroux era mezquino, agresivo, contradictorio. Como si se tratara de una contienda moral cuando en realidad se trata de reconocer la buena construcción de un relato (en el que, es cierto, el Theroux narrador aparece como alguien que puede ser mezquino y contradictorio frente a un Naipaul que puede ser las mismas cosas y muchas otras).

El Theroux que aparece en La sombra de Naipaul en contienda con el premio Nobel es exactamente el mismo que aparece en "Chatwin revisited" en contienda con el siempre británico Bruce Chatwin. Ahí, en ese magnífico artículo que apareció en Inglaterra poco después de la muerte de Chatwin -y que acá se puede encontrar incluido en el libro Los escritores de los escritores , de Luis Chitarroni- se puede ver al Theroux incisivo, perdido, taimado, fluido que tenemos en este libro. Un Theroux que no se parece en nada al narrador tantas veces obvio y superficial que aparece en sus múltiples relatos de viaje, el género por el cual se ha hecho famoso y al que ha dedicado la mayor parte de su extensa producción. Es como si encontrara, en la relación con otro escritor, el tópico que lo despierta, que lo afina. En ese tipo de duelos -a los que sólo dedicó dos obras circunstanciales- están sus aciertos. Como para preguntarnos, junto a Graham Greene, por qué será que algunos escritores no trabajan con el material que tienen más a mano.

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