Esperan el verano para ayudar

Dedican sus vacaciones a acompañar a los necesitados
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30 de enero de 2002  

Enero en Los Pirpintos es caluroso. La boca se reseca y la transpiración fluye. Hay tanto para hacer, tanta gente que ayudar, que descansar es una utopía.

Cecilia Urrere tiene 19 años y fue unos días a misionar a ese pueblo, en el noroeste de Santiago del Estero, con otros diez jóvenes de la parroquia San Juan Bautista, de San Isidro. Eligió postergar su descanso para hacer realidad un sueño para el que se preparó todo el año.

"Si querés que las cosas cambien no podés quedarte sentada. Tenés que hacer algo por los demás", dijo entusiasmada, antes de partir, a LA NACION.

Como ella son miles los jóvenes que, en estos meses, dejan de lado sus vacaciones para darles una mano a los más necesitados.

Generalmente, son jóvenes y adultos laicos que integran los grupos misioneros de las diferentes parroquias, colegios religiosos y universidades del país que aguardan estas fechas para viajar a lugares remotos donde las comodidades no existen, simplemente para ayudar.

"Darle esperanza a la gente y saber que con tu presencia podés ayudar por lo menos a una persona justifica cualquier sacrificio", dijo Cecilia sin reparos.

Si bien no hay cifras oficiales de la cantidad de grupos misioneros y de las personas que los integran, se estima que más de 8000 voluntarios se dedican a esta labor, según dijo a LA NACION el sacerdote Alfredo Silva Mezquida, secretario nacional de Obras Misionales Pontificias, responsable de la formación y coordinación de los grupos misioneros en el país.

"Hay que tener en cuenta que algunos grupos no se inscriben en las diócesis, sino que trabajan desde los colegios y universidades", aclaró. Sólo en Buenos Aires hay unos 120 grupos que integran a alrededor de 2400 personas de entre 18 y 35 años.

Mucho por hacer

A pesar de la crisis que vive la Argentina, cada año son más y más los que van a misionar. "Estamos saturados de gente", dijo Guillermo Garat, del grupo San Bernardo de la parroquia San Nicolás de Bari, del barrio porteño de Recoleta. "Son muchos los que se acercan a colaborar, pero no hay lugar para tantos. Tenemos que mandarlos a otras parroquias porque hay mucho por hacer."

El principal objetivo de la misión es "la evangelización", dijo Garat. Llegar a aquellos lugares donde no existe una comunidad cristiana organizada para "llevar la palabra de Dios en estos momentos difíciles".

Mediante la acción misionera, los jóvenes brindan ayuda espiritual a la gente y llevan un mensaje de esperanza que "en estos tiempos de crisis es fundamental", opinó Garat. Pero no sólo llevan la palabra de Dios, sino que principalmente se dedican a escuchar los problemas de aquellos que, por lo general, no son tenidos en cuenta y sufren padecimientos en zonas olvidadas del país.

"Golpeamos las puertas en las distintas casas y empezamos a hablar con la gente, no sólo de cuestiones religiosas, sino que escuchamos lo que les pasa -explicó Garat al referirse concretamente a la misión-. Muchos te cuentan sus problemas y se largan a llorar. Es impresionante cómo se abre la gente con nosotros."

Las misiones se realizan generalmente dos veces al año: durante las vacaciones de julio y en el verano. Para ello, los jóvenes se preparan todo el año ya sea para formarse, organizar la misión en sí o recaudar fondos mediante rifas o ventas de empanadas, tal como hicieron este año los chicos del grupo de la parroquia San Juan Bautista.

La cada vez más crítica situación social despierta en los jóvenes un mayor compromiso misionero y profundiza sus ideales por habitar un país mejor.

"Los jóvenes siempre tienen dentro de su corazón el deseo de ser mejores -dijo a LA NACION el sacerdote Guillermo Marcó-. Cuando ellos ven que existen iniciativas para ayudar y mejorar la vida de la gente se suman", agregó.

Dar y recibir

Ni siquiera las condiciones precarias de los lugares adonde van a misionar, ni las incomodidades y los sacrificios que deben soportar, como la falta de luz, agua potable y gas natural, frenan sus ganas de participar en un grupo misionero.

La mayoría de los lugares que visitan son pequeños pueblos del interior como Tricau Malal, al norte de Neuquén; Torta Quemada, en Misiones, o Tres Aldeas, cerca de Villaguay, en Entre Ríos. También suelen ir a barrios humildes de la Capital -como la Villa 31, en Retiro-, y de la provincia de Buenos Aires, como Las Tunas, en Pacheco.

Los jóvenes dicen que la mayoría de las veces descubren que reciben más de lo que ellos dan. A Rosana Moreyra, de 22 años, que participó en varias misiones, lo que le llama la atención es la respuesta de la gente. "Ves que te están esperando y te brindan hasta lo que no tienen -dijo-. A veces te dan los catres y ellos se quedan durmiendo en el piso", comentó asombrada.

Para Marcó, la labor misionera tiene hoy un mensaje importante: "La sociedad argentina tiene que aprender que hay una juventud dispuesta a hacer algo para que todo vaya mejor".

Algo que nace de la ilusión por construir un país mejor.

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