Explorando los extremos

Rodrigo Alonso Para LA NACION - Buenos Aires, 2009
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26 de diciembre de 2009  

Entre la reflexión y el escándalo, el arte actual ha hecho del cuestionamiento de sus propios límites una actividad incesante. A diferencia de su predecesor, el arte moderno, que establecía términos precisos para la producción estética a través de los materiales, las disciplinas y las formas, el contemporáneo ha ampliado su espectro creativo hasta abarcarlo casi todo, poniendo en entredicho la capacidad para determinar qué es arte y qué no. ¿Por qué un tiburón sumergido en formol dentro de una pecera es la obra más representativa de los últimos tiempos? ¿Qué criterio permite determinar el valor artístico del acto de teñir de rubio el cabello de 200 vendedores ambulantes inmigrantes durante la 49a Bienal de Venecia, obra de Santiago Sierra? ¿Y qué decir del artista italiano Gianni Motti, que se adjudicó la autoría de un terremoto en los Alpes en 1994?

En realidad, el arte moderno inició este proceso. Al incluir objetos cotidianos y banales, abrió la puerta a la contaminación de museos y galerías con productos de la vida social, política y cultural. Esa puerta se utilizó en ambos sentidos, y los artistas salieron de las instituciones para realizar sus trabajos en las calles, en la naturaleza o en los medios de comunicación. Con cada incursión en la esfera pública, se iban erosionando las fronteras entre la producción artística y la extraartística hasta generar un estado permanente de indefinición sobre los límites del arte. Y si bien las instituciones se reorganizaron rápidamente para incluir esas propuestas, con criterios que les permitían legitimar esas obras como artísticas, la tensión entre el adentro y el afuera del museo nunca se perdió por completo y perdura hasta el día de hoy.

Como lo pone en evidencia la historia, el arte ha mantenido siempre un diálogo activo con su entorno. Y nuestra época no es una excepción. La tecnología, la globalización y las transformaciones de las relaciones humanas y sociales que éstas conllevan alimentan la reflexión de los artistas, los espacios del arte y su impacto en el público. Bienales, museos poderosos, artistas multimillonarios que se expresan mediante las estrategias de la publicidad, obras inconcebibles sin los recursos tecnológicos actuales, polémica y espectáculo conviven con producciones reflexivas e intimistas, low-tech , críticas y resistentes, que llaman la atención sobre las modificaciones de nuestras vidas y del mundo.

Pero nadie parece preocuparse demasiado por los límites de lo artístico. Más bien, otras son las fronteras que se ponen a prueba en el arte actual. Cuando Eduardo Kac crea una coneja de color verde fluorescente al modificar su ADN, ¿está realizando una obra artística o un atropello a la naturaleza? ¿Cuáles son los límites, ya no del arte, sino de la creación? ¿Acaso un artista contemporáneo no puede hacer uso de los recursos que brinda la tecnología, como lo hicieron sus predecesores? Como sucede siempre, será la historia del arte la que determine el valor artístico de su producción. Pero uno podría preguntarse si llegará el tiempo en el que los museos expongan animales genéticamente modificados, y los coleccionistas se apresuren a incluirlos en sus colecciones. ¿Cuáles serán entonces los nuevos límites del arte?

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