Fábula de un boxeador dormido

El nuevo libro de Eduardo Belgrano Rawson, Vamos fusilando mientras llega la orden, que Planeta distribuirá en los próximos días, reúne relatos que oscilan entre el grotesco y la ironía; en estas páginas reproducimos "Bruno Labruna", retrato de una familia variopinta
Eduardo Belgrano Rawson
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28 de junio de 2013  

Aunque Bruno lleva trescientos días en coma, Nicoletta no para de hablarle, pues el oído es lo último que se pierde. Nico es la madre de Bruno. Pero Bruno está sordo como una casa, lo cual ha signado su vida de boxeador. Sus fanáticos lo saben: era imposible manejarlo a los gritos, como cualquier esquinero con sus pupilos. Al reanudarse el combate, le avisaban por señas, meneando una toalla desde el rincón. Al final de cada vuelta, debían repetir la maniobra. Bruno tiraba los últimos golpes con la vista clavada en la toalla que hacía de campanazo.

La toalla está a cargo de Lorena, que hasta hoy, a sus once primaveras, confía en coronarse algún día como campeona mundial micromosca. Lorena es la hermana de Bruno. Los esquineros de Bruno son sus parientes, que pretenden comer del boxeo hasta el final de sus días, como sucede con la familia de todo peleador exitoso. Empezando por su abuelo, un ex tribunero del Luna Park, el que mojaba las gradas para que la pelea fuera vista de pie. Durante las grandes veladas boxísticas, esa simple triquiñuela multiplicaba la capacidad del estadio. Y el encargado de conseguirlo era Agostino Labruna, que manguereaba la popular entre la puteadera del público.

Pero los tiempos del Luna han quedado lejos. Aquí, en las peleas del campeonato interbarrios, la que maneja el rincón de Bruno es su vieja, que de abortera aficionada ha pasado a convertirse en preparadora. Además, todos la tienen por la mejor emparchadora del conurbano. Con algunos cubitos de hielo, unas gotas de coagulante y un toque de vaselina, puede hacer milagros. Sólo eso necesita para darle un toque humano a un rostro que se desangra.

La fama de los Labruna no viene del Luna Park ni del Interbarrios sino de un vecindario napolitano, donde el abuelo Agostino libraba combates de semifondo. Una vez en Buenos Aires, decidió largar el boxeo. Aquí pasó a vérselas con un mundo desconocido. A diferencia de Nápoles, a nadie se le ocurría drogarse. Lo más parecido al doping era un café doble con aspirinas poco antes de la pelea. Los boxeadores, para curtir sus nudillos, los metían en lejía caliente. En vez de vendarse las manos, se las forraban con cinta de electricista. Con el tiempo apareció la efedrina, que una farmacia del Once ofrecía como Bombón Sayonara, aunque tardó en difundirse. En opinión de Agostino, los primeros adictos al Sayonara habrían sido los pilotos kamikazes, que con una pastilla quedaban bien colocados, listos para estrellarse contra la flota.

Los Labruna viven ahora en el barrio del Churrasco, a pocas cuadras del Boxing, el gimnasio de Agostino. Hoy luce abandonado, sin el gentío que convocaba Bruno en sus prácticas. La Sociedad de Fomento se ha hecho cargo del alquiler. Por ahora, se ha salvado del vandalismo. El puchinbol remendado aún bailotea bajo la brisa que perfora los vidrios rotos. El espejo para hacer sombra está donde siempre, junto a los cuatro guantes que cuelgan de unos clavos. Es el material pedagógico de la escuela de boxeo.

Los días de entrenamiento de Bruno, la concurrencia se triplicaba. Mientras él trabajaba en su sector, los chicos sudaban en paralelo, con la ilusión de ser vistos. Unos pocos hacían guantes. Boxeaban unos minutos y pasaban los guantes a otro, junto con los protectores bucales. El resto hacía sombra o saltaba a la soga. Los que ni soga tenían hacían pesas con botellas de gaseosa rellenadas con arena. Todo con tal de entrenarse en simultánea con Bruno. Si él requería privacidad, sacaban a correr a los niños al costado de la vía. Algunos lucían anémicos, pero igual echaban los bofes, a veces bajo la lluvia, entre la nube de perros que trotaban con el grupo. A pesar de la barriada, al gimnasio jamás lo asaltaron. La iglesia, por el contrario, fue robada veinte veces.

Ahora no llega un alma, pues nadie cree que Bruno salga vivo del hospital. En estos trescientos días, Nico sólo volvió una vez al gimnasio. Luego de sacar del armario lo que buscaba, se quedó un rato en un banco, alumbrada por la luna. Era pura desolación. Cada tanto, desde la ducha, se desprendía una gota herrumbrada. De regreso al hospital, enrollado en la cartera, Nico llevaba el póster de Manny Pacquiao, que Bruno había pegado en su armario desde que empezó en el gimnasio. Una vez en la habitación, Nico pegó el póster de Manny frente a la cama de Bruno.

Por el momento, es la única que conserva la fe. "Está lindo y gordito", comunica a los visitantes. Sólo ella tiene acceso al cuarto, desde la noche que trepanaron a Bruno y su cerebro apareció como un coliflor maduro. "Nuestro cerebro es como un coliflor", le explicó el cirujano en la puerta del quirófano. "Rebota adentro del cráneo y se va convirtiendo en puré. A cada golpe, además, se corta algún filamento del tallo." Pero Nico no pierde el optimismo. A su hijo le quedan reflejos. Cuando le tocan el pecho, Bruno alza los puños y se pone en guardia, listo a soltar la izquierda.

Según la enfermera nocturna, Bruno precisa mucha estimulación, para que los sesos se le compongan. ¿Pero cómo incentivar a una planta? Nico no cesa de hablarle, mientras Lorena, oculta bajo la cama, no se pierde palabra. Luego difundirá a los cuatro vientos las conferencias de Nicoletta. ¿Para qué le habla si es sordo? es la pregunta cantada. Tal vez usen alguna frecuencia propia, dice Agostino, exclusiva de las madres de púgiles comatosos.

¿Y de qué podría hablar ella sino de boxeo? Comparte con Bruno hasta los chimentos de la revista Nocaut, la única que recibe desde que canceló Radiolandia. Cuando se queda sin rollo, procede a leerle en voz alta: "El Púas Olivares ha puesto en venta su funeral, así como las estrellas venden sus bodas. Sólo pide que lo pongan a la entrada del velorio, embalsamado y de pie, con su bata de campeón". A su debido momento, Lorena lo repetirá textualmente ante la enfermera nocturna, que la oye con mala cara. No son cosas para leerle a un hijo descerebrado.

En el almuerzo, los Labruna aprovechan la ausencia de Nico para tirarle la lengua a Lorena. Así afloran detalles. Nico no se limita a leerle la revista. Cada tanto intercala comentarios que rozan al resto de la familia. Lorena es un grabador humano, que registra hasta los suspiros de su mamá. Al escuchar a Lorena, los Labruna parecen incómodos. Hay reproches de Nicoletta que no deberían dejar pasar. Por ejemplo, que nadie paró la pelea. Pero ninguno abre la boca, siquiera para dejar aclarado que sólo ella podía tirar la toalla. Por algo es la preparadora de Bruno. Pero admiten que era difícil. ¿Quién cortará una pelea cuando media concurrencia reclama la toalla a los gritos y el resto le pide al campeón que resista? Por no hablar del propio Bruno que, mientras luchaba por zafar de las cuerdas le dedicó a Nicoletta una mirada glacial: si tirás la toalla te mato, renunciando a lo último que le quedaba. La toalla de su mamá. Ahora sólo dependía del árbitro, pero éste, cagado hasta la médula, se hacía el distraído. Era el penúltimo round. Suerte que sonó la campana. Bruno buscó su esquina, pero como no lograba encontrarla, Lorena tuvo que ir por él. Es una de las peores imágenes que los Labruna retienen de la última pelea de Bruno.

Tampoco los abandona la sombra de Nicoletta, que lleva trescientos días junto a la cama de su hijo. Por ahora, la familia come en silencio. El televisor preside el almuerzo. Cada tanto, desde su sitio en la mesa, Agostino se encarniza con el zapping. Hace alto en una pelea de orangutanes que se disputa en Bangkok. Los púgiles calzan guantes y pantalones a franjas. El árbitro, bien agachado, sigue la danza de los rivales con agudeza profesional. Hay un relator exclusivo y cada tanto retumba el tema de Rocky. Frente a un golpe bien dado, los jueces le tiran comida al mejor. Al empezar la siguiente vuelta, una mona de bikini desfila con el número del round, meneándose como una bailarina de caño. Otra hembra se ocupa de sacudir la campana. Los púgiles se trenzan de nuevo. A la primera caída, el derrotado sale en camilla, entre los rugidos del público.

Los Labruna se apiadan de los monos. Por un momento, la paz del almuerzo peligra. Esta familia discute incluso cuando coinciden. Comen con la tele a pleno, así que sobran pretextos. De pronto, en medio del noticiero, renace una controversia por un partido de tenis. El vencedor, inundado en lágrimas, se ha dejado caer en la cancha. Según el comentarista, demostró "un gran coraje" en la red. "Corazón de león", le ha llamado. "¿Desde cuándo eso es coraje?", bufa Agostino. Pregunta: ¿de qué coraje le hablan? ¿De algo así como los cojones de un torero? ¿Del tipo que sale al ruedo por más que otro colega haya sido corneado en la garganta? "Con el asta que le sale por la boca", añade Lorena, que ha visto la noticia. "El coraje es otra cosa", murmura Agostino. "Estos maricas nunca se mueren", remata innecesariamente Lorena, cuando todo ha quedado dicho, sólo por congraciarse con Agostino. Quiere decir que ningún jugador de tenis dejará la vida en la cancha.

Ahora no vuela una mosca. Agostino ha tomado la palabra. Cuando parece que hará algún anuncio, se lanza a disertar sobre la sobada grasosa, que otros llaman lubricada mexicana. Es una de las tantas leyendas que rodean al oficio, ¿pero quién podría explicar su verdadera naturaleza? Es como hablar de sonambulismo: ¿acaso alguien vio alguna vez un sonámbulo?

Hace un tiempo, cuando Bruno estaba en su apogeo, el tema surgió por primera vez en la mesa. Un panameño había vuelto del coma mediante una sobada profunda, según la revista Nocaut. Aunque ninguno de los Labruna tenía experiencia al respecto, ni siquiera Agostino, en su época napolitana, todos se largaron a opinar. Pero la sobada, como cuestión masculina, fue desinflando el interés de Nicoletta. A ella le parecía un recurso de baja estofa. El resto de los Labruna fue cerrando la boca. En la mesa, como de costumbre, había tíos y hermanos. No vivían del boxeo, por más que lo pretendieran. Uno era fletero y el otro tenía un kiosco. Ignoran lo que realmente sucede cuando un boxeador y su técnico, a poco de la pelea, se recluyen en el vestuario para una lubricada. Pero ahora, con Bruno en el hospital, la curiosidad los carcome, pues todo indica que Agostino, como último recurso, pedirá algo por el estilo. Pero Agostino apaga la tele, aleja el plato y se limita a decir: "Voy a hablar con Nicoletta".

Lorena ha dicho que Nico, cuando se queda sin rollo en el hospital, recurre a las páginas de Nocaut. Revisa las cartas de los lectores y entra a darle a la lengua: "Señor Director: tengo 27 años y hace cinco que boxeo. Me dijeron que es peligroso pelear con un HIV. También oí que el handjob es nefasto en manos de un HIV. Si su pareja fuera HIV, ¿usted dejaría que le haga un handjob? Estuve con una chica y llevo cuatro semanas con los ganglios que me explotan. ¿A usted qué le parece? ¿Se puede seguir boxeando en estos tiempos que corren?" Luego pasa a otras cartas. Cada tanto se queda dormida. Entonces Lorena aprovecha para escaparse del cuarto.

¿Qué es un handjob?, dirá Lorena en la mesa, mientras le piden que no hable con la boca llena. Los Labruna conocen el jab y el swing; el uppercut y la puñalada, como llaman algunos al hook, pero jamás oyeron hablar del handjob. Es lo que pasa con estas revistas, dice Agostino, que desprecia el boxeo mexicano. Ahora sólo se escucha el roce de los cubiertos, hasta que Agostino comenta que Bruno nunca se asustó por el sida, pues tiene una confianza ciega en los remedios de Nico, por mucha sangre que corra. En los descansos, mientras su vieja le curaba los cortes, Bruno sólo debía ocuparse de recobrar el aliento. Nico administraba con sabiduría el ungüento, para que el sobrante no fuera a parar a los guantes del oponente y, por lo tanto, a los ojos del propio Bruno. Aunque la urgía el reloj, al sonar el campanazo ella ya había pegado los bordes sin desperdiciar una gota.

Para los cortes sin sangre, comenta Agostino, en sus tiempos se apelaba al colodión, usado también para el revelado de fotos. Como al secarse formaba una capa fina, era perfecto para cerrar las heridas. Pero no hay colodión que valga cuando las cejas siguen sangrando o al boxeador se le suelta el pabellón de la oreja.

La sobada no es un método terapéutico sino un paso trascendente, que pone a boxeadores y técnicos en un plano metafísico, hasta que un resplandor les revele el curso que tomará la pelea y la táctica debida. El boxeador, boca abajo en la camilla, además de los botines, sólo tiene los guantes puestos. El técnico vierte el ungüento y lo pasa por su espalda. Luego irá por el resto. Pecho, piernas, brazos y glúteos. Si todo marcha en silencio, será una buena señal. Si el técnico se muestra dicharachero y jodón, algo estará fallando. Su locuacidad disimula el malestar que lo embarga. Su trabajo se vuelve tan cauteloso que no logra su cometido: poner la musculatura de su pupilo en condiciones ideales. Ni relajarlo ni llevarlo muy arriba. De ahí que sus manos eludan la zona roja. Una erección sería dramática. Difícilmente suceda, pues el boxeador luce tan tensionado como su técnico. Un preparador experimentado llegará hasta donde sea, incluso al interior de las nalgas. Es gente expeditiva: si la situación lo requiere, lo untarán hasta con agua bendita. Se trata, en definitiva, de botar los malos fluidos y hacer que la sangre fluya, sin que el hombre se relaje y se adormezca en el ring.

Por la noche, fuera de horario, llegan los últimos visitantes al hospital, Agostino y la chica de la burka. Vienen cada cual por su lado y siempre los dejan pasar. Se conocen del gimnasio, pero apenas se saludan. Se acomodan en el pasillo, uno lejos del otro. En el tiempo que permanezcan, nunca entrarán al cuarto de Bruno. Nico tampoco saldrá a saludarlos. Partirán de madrugada, primero la chica y luego Agostino. Ella sabe, por supuesto, que es el abuelo de Bruno; Agostino, por su parte, presiente que ella es su amor secreto. También sabe que Nicoletta jamás dejará que una cualquiera se meta en el cuarto de su hijo, mucho menos la musulmana del antifaz.

Ella se llama Samira. Nadie ha llegado a verla sin velo, siquiera mientras le pega a la bolsa. Empezó con la camada de chicas que acudían al gimnasio por el karate, pensando que podría salvarlas de los violadores del barrio. El profesor de karate era el coreano del mercadito. Pronto sólo le quedaba Samira de alumna, que optó por pasarse al boxeo, de modo que Agostino no tuvo más remedio que echarlo. Desde entonces, no perdería de vista a esa chica que jamás hablaba con alguien y que entrenaba a solas en su rincón, incluso en los días más duros del Ramadán, que la obligaban al ayuno absoluto desde la alborada hasta la puesta del sol.

Así como las madres antiguas leían vidas de santos a sus hijos, Nico les contaba historias de boxeadores, empezando por Manny Pacquiao, que para Bruno era poco menos que un santo. De modo que Bruno y Lorena crecieron con los cuentos que Nico sacaba de los artículos de Nocaut. Lorena, que entonces tenía tres años, aún podía rememorar el momento que los hizo llorar a lágrima viva, cuando Manny se iba de la casa y se anotaba en un gimnasio para vengarse del padre, que luego le mataba al perro en castigo y lo hacía a la cacerola y obligaba a Manny a comérselo. Ahora, con su hijo en el hospital, Nicoletta recurre de nuevo a Manny y vuelve a leérselo, mientras busca alguna señal en su rostro. Pero Bruno, que sólo entiende a través de los labios, sigue con los ojos cerrados. El plan de Agostino es simple: incrementar el estímulo. Hasta hoy, todo ha sido de balde. En el tiempo que Bruno lleva postrado, Nico no ha parado de hablarle, por más que haya mermado su optimismo inicial: que un día él abra los ojos preguntando qué pasó. En un tiempo todos le hablaban, hasta que Nico se adueñó de la pieza. Agostino, de cualquier forma, no tiene historias para contar. Quisiera tener la labia de Nico para conectarse con Bruno. Ahora supone que terminó la hora de las palabras. Explica sus intenciones a Nico. Ella lo escucha callada. Le cuesta imaginarlo desnudo, sólo botines y guantes. Pero ha interpretado mal a su viejo. Si pretenden sacarlo del coma, aclara Agostino, la persona indicada es Samira. Nico no puede creerlo. Luego se pone loca. Cuando al fin se tranquiliza, Agostino sostiene que el Boxing sería más apropiado. Nico evoca el gimnasio de madrugada, cuando sólo alcanza a sentirse el goteo de la ducha. Entonces larga una risotada. ¿Silencio? Cuando la gente se entere del regreso de Bruno, no habrá modo de pararla. Agostino replica que él mismo se ocupará de mantenerlos a raya. Nicoletta comprende que terminará por ceder, pero exige que al menos Samira ponga la cara. Quién sabe qué ocultará el antifaz, a lo mejor una cara de comadreja. Agostino sabe que no hay nada de eso sino todo lo contrario, pero igual promete ocuparse. La chica se quitará todo lo que haga falta sólo delante de Bruno. Lo sabe porque ya lo ha hablado con ella.

Crédito: Sebastián Dufour

De contar alguna historia, Agostino hubiera elegido la de Damiano, otro sordo de la familia que anunció su retiro tan pronto cumpliera las treinta derrotas consecutivas. Era un gran estilista, de los que dejan al público mudo pero que fatalmente pierden. A diferencia de Bruno, era sordo de nacimiento. Los únicos ruidos que recordaba eran los del útero de su madre, los latidos del corazón y algo parecido al oleaje rompiendo contra la playa. Aunque jamás había alcanzado una victoria, la gente lo respetaba por su boxeo precioso. A la vuelta del combate, su mujer ni preguntaba cómo había salido, pero le avisaba sin odio que la comida estaba en la mesa. Para su pelea final, el municipio le organizó una velada de homenaje. Por una vez, el combate de fondo estaría a su cargo. En el cementerio le dieron una semana de franco. Cuando Damiano apareció en el cuadrilátero armado sobre la cancha de básquet, fue recibido con una ovación, pues era un hombre querido. Sin embargo, todo el mundo le había apostado en contra, de modo que poco después, cuando derribó a su oponente con una mano de suerte, la tribuna quedó congelada. Desde entonces, ya no fue tan popular. Agostino detestaba a los tipos que escupían la esquina de los boxeadores que odiaban y que tan pronto pisaban las gradas ya lo estaban puteando, aunque si éste daba vuelta el combate terminaban aclamándolo. Pero el caso de Damiano no tenía explicación.

"Cuatro seres humanos viven entre nosotros gracias a los órganos de Tremendo Gamboa, que falleció el mes pasado. Un funeral sencillo, de los que vemos cuando se va un boxeador, la bandera y los guantes sobre el féretro bañado en lágrimas y la bata bien dobladita en manos de su papá.

"Después todo el mundo entró a opinar. El ambiente bullía de especialistas, pero nadie explicó que Tremendo había muerto de sed. Sólo su viejo conocía el calvario que atravesó para llegar al pesaje. No podía sacarse de la cabeza a Tremendo revolviéndose en la cama, hasta que conseguía dormirse y soñaba con cataratas.

"Durante los días previos a la pelea, su viejo no lo dejó un minuto. Siempre había soñado con verlo llegar al pesaje en helicóptero. Ahora deseaba que ese momento nunca llegara. Incluso lo acompañaba en el sauna, llevando la cuenta de cada gramo perdido. Aunque Tremendo bajaba tres kilos por entrenamiento, jamás alcanzaba el peso. Urdía toda clase de trucos para perder unas gotas extras. Se la pasaba mascando chicle y escupía en un vaso. Nomás le faltaba llorar."

Su viejo, que ya tenía setenta, se levantaba al amanecer, le preparaba unos mates y salía a correr con él. Tremendo sudaba la gota gorda, fajado en polietileno de la cabeza a los pies. El viejo no disimulaba su angustia. Lo aterraba que Tremendo encima tomara diuréticos. De la pelea no recordaba nada, sólo a Tremendo en la lona. Éste no hubiera sabido decir qué cosa le había pegado. Rogaba que dejaran de echarle agua pues la quemaba como salmuera en carne viva.»

La revista yace al pie de la cama, abierta en lo de Tremendo. Lorena la levanta con cuidado para leerla. Supone que ha caído de las manos de su madre, que acaso duerma en el sofá. Lorena acaba de echarse una siesta. Mientras deja la revista, piensa en los problemas de Bruno con el peso, cuando Nico lo hizo cambiar de categoría. Tiene ganas de salir. Espera que Nico, en algún momento, se levante para ir al baño y ella pueda marcharse. Pero nada de esto sucede. Cuando Lorena decide asomarse, descubre el cuarto desierto y la cama recién tendida, de modo que se incorpora, camina hasta la puerta, da un vistazo al pasillo y abandona el cuarto de Bruno.

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