Ficciones de un espía improbable

Walter Cassara
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24 de julio de 2010  

EL OTRO DE MÍ

Por Miguel Vitagliano

Eterna Cadencia


200 páginas

$ 48

Quizás una de las formas precursoras de investigación policial haya sido el arte adivinatorio. Aunque están muy alejados en el tiempo y utilizan procedimientos opuestos, Tiresias y Sherlock Holmes, el vate ciego y el detective superlógico, son personajes que podrían intercambiar papeles fácilmente, ya que ambos encarnan los vaivenes de un razonamiento crítico que oscila entre la más refinada clarividencia y el delirio patológico.

De modo parecido, un narrador que se narra obsesivamente a sí mismo, y que interpreta la realidad como si fueran mensajes en clave o manchas de tinta en un test de Rorschach, es un quiromántico en potencia, un detective frustrado o quizá, lisa y llanamente, un loco. Algo de todo esto le ocurre al personaje que protagoniza El otro de mí, de Miguel Vitagliano (Buenos Aires, 1961); pasa de la primera persona a la tercera bruscamente, se desliza por el pensamiento deductivo y por la especulación fantástica con la misma soltura que lo haría un niño o un adulto con sus facultades mentales un poco alteradas. De hecho, en apariencia, es un hombre común, que afronta los conflictos de un padre que ha quedado viudo y tiene problemas para comunicarse con su hija, pero en la intimidad es -o cree que es- un espía que descifra mensajes encriptados, un agente secreto que recaba datos, testea la verdad o la falsedad de los hechos y capta señales "sospechosas" en las situaciones más triviales: una vecina que riega las plantas en el piso de abajo, un hombre que corre las cortinas de un dormitorio, un chino que arregla un ciclomotor en la calle.

El relato comienza con un episodio traumático de la infancia del personaje. Durante una fiesta escolar, el chico -que aquí es siempre nombrado en tercera persona, como el "otro"- advierte, de pronto, que "un hombre" (su padre) se está besando con "la señorita de inglés". Para eludir la situación embarazosa y excusarse de la infidelidad, el padre improvisa una salida que es, desde todo punto de vista, bastante asombrosa, por no decir cómica. Le dice al hijo: "Me descubriste. Y muy bien. Soy un agente secreto. Pero no puedo decirte más. Me sorprendiste en medio de una investigación. Nadie tiene que saber de esto, ni siquiera tu madre". El chico cree al pie de la letra en esta patraña y jura que mantendrá la verdad en secreto, o más bien: jura que nunca desmentirá la ficción del padre.

De allí en adelante, el narrador pasa a habitar imaginariamente en ese personaje forjado por la mentira paterna y desarrolla una actitud detestivesca o paranoica frente a la verdad, acentuada por el hecho de que buena parte de la novela transcurre durante los días inmediatos del atentado a la AMIA. De hecho, en aquel funesto 18 de julio de 1994, alcanzada por la onda expansiva de la explosión, la mujer del personaje se desploma en la ducha del departamento de un amante; sin embargo, el narrador decide camuflar (para sí mismo y para su hija) esta herida íntima entre la angustia y la conmoción social desatada por la violencia terrorista.

En este sentido, El otro de mí combina, en dosis muy bien calculadas, la literatura de espionaje con el melodrama, los efectos de un thriller psicológico con la simple grisura de una trama que se recuesta, en su desarrollo y en todos los detalles, sobre las convenciones del realismo.

© LA NACION

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