Fiesta paulista en la Feria del Libro

Como Ámsterdam el año pasado, a partir de la semana próxima San Pablo será la estrella. Saraos, performances de poesía, música en vivo y conferencias integran la propuesta brasileña, cuya finalidad es mostrar las expresiones más novedosas de la cultura urbana, la producción artística de las periferias y la efervescencia de las literaturas marginales
Pedro B. Rey
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17 de abril de 2014  

"¡São Paulo! Conmoción de mi vida…/ ¡Galicismo que grita en los desiertos de América", escribía Mário de Andrade en su Paulicea desvariada . En aquel poemario que dio a conocer durante la Semana de Arte Moderno, en 1922, el genial escritor (si se permite el tono partisano) despotricaba con acidez y celeridad vanguardista contra el statu quo que imperaba en la cultura y la sociedad de una ciudad, la suya, San Pablo, que se resistía a desprenderse de los códigos coloniales: los hombres "todos iguales y desiguales" convivían con los diputados y sus proyectos, la comodidad del burgués, de "los que viven tras los muros sin sobresaltos", era atacada sin piedad (el "burgués-burgués", el "burgués-níquel"). También sabía reírse de las "aristocracias cautelosas" y "los barones-lampiones".

Una multitud de años después, a comienzos del nuevo siglo, la proyección contemporánea de ese espíritu "desvarista" puede cotejarse, metamorfoseada, en obras muy distintas. Luiz Ruffato, nacido en Minas Gerais, pero afincado en San Pablo, escribió, por ejemplo, Ellos eran muchos caballos . La novela, que se inspira para su título en un verso de Cecília Meireles, continúa aquella tradición con tono propio, habiendo aprendido la lección de escribir de la manera menos previsible. Compuesta por decenas de fragmentos (que incluyen narraciones y monólogos, pero también listas, oraciones, cartas, anuncios, algún que otro poema), el libro de Ruffato intenta capturar la compleja respiración de la megalópolis de hoy en todos sus estratos. Sus personajes, apenas bosquejados, son tanto de la clase más marginal como de la más acomodada, una entrada puede describir los objetos que se encuentran en un cuarto o capturar una serie de mensajes dejados en una grabadora telefónica. Ruffato apela a procedimientos de vanguardia –que, de todas maneras, ya tienen su propio clasicismo– para sugerir que San Pablo es inabarcable, que no es una ciudad sino muchas ciudades al unísono y para dejar que la sucesión de escenas, hiladas con cierta estridencia, muestren por sí solas qué hay de poético (y qué de político) en la constitución de ese magma urbano.

Lo que diferencia la poesía telegramática de Mário de Andrade (o la "antropofagia" de su tocayo de apellido, Oswald de Andrade) y la neurosis de Ellos eran muchos caballos es el tiempo, que también representa en este caso una cuestión espacial: la ciudad que a comienzos de siglo XX comenzaba a crecer a pasos acelerados es hoy una urbe de doce millones de personas (a la que hay que sumarle otros once, si se consideran las poblaciones que componen el Gran San Pablo) en la que parece haber lugar para todo: incluso para contener, dentro del perímetro urbano, como sucede, alguna zona rural y una comunidad indígena.

Por lo demás, el espíritu perdura. El modernismo clásico, contemporáneo del futurismo y del surrealismo, cumplió su ciclo histórico, pero parece haberle legado indeleblemente a San Pablo, después de la Semana de Arte Moderno de 1922, de la que Mário de Andrade fue uno de los factótums, un mandato sobre la autonomía artística y literaria de la ciudad y del país. El desprejuicio frente a lo popular –la música y la investigación del folklore fueron uno de los puntos clave del modernismo– dejó también una marca que se prolongaría en cruces posteriores, como el que la poesía concreta tendría con la bossa nova y el tropicalismo, o en la naturalidad con que la literatura de hoy se entrevera con otra artes.

Si el visitante se detiene en cualquier esquina de la avenida Paulista -la arteria principal- puede corroborar, incluso en una jornada de domingo, que la característica central de San Pablo reside en su falta de tregua: es un tráfago continuo de tránsito y gente. Y también puede presentir que esa limitada franja céntrica -que incluye el Museo de Arte de San Pablo, un modesto pulmón verde y, perdida dentro de una galería, la librería Cultura, una de las más grandes de las que se tenga noticias– es apenas un punto de un organismo mucho mayor, el que contiene la inmensidad y diversidad de todos sus barrios. En el centro, con esas moles de cemento exhibiendo antenas que recuerdan la Torre Eiffel, la cruza entre lo vanguardista y lo popular sigue tan viva como siempre. No faltan los omnipresentes grafitis, pero el arte callejero prolongó su carácter con una nueva especie: los pixaçãos . Son consignas, escritas en paredes y edificios, que parecen significar algo y cuyo significado, sin embargo, nadie entiende. Recuerdan los imaginarios dibujos ideográficos de Henri Michaux y el letrismo incomprensible de Isidore Isou, aunque puestos a buscarles una tradición, quizá convenga ver los pixaos como la deformación última, rebelde y feísta de una poesía radical.

Esa multiplicidad desbordante de San Pablo se reflejará inevitablemente en su paso por la 40a Feria Internacional del Libro de Buenos Aires –entre el 24 de abril y el 12 de mayo–, donde será la ciudad invitada. En una decisión que no dejó de crear controversia, pero que sin duda hace justicia a su vitalidad, el foco estará colocado en la producción de las periferias, un término que en este caso no refiere a los suburbios, sino a las zonas socialmente más marginadas dentro del plano urbano y que en los últimos años han hecho escuchar su voz, por fuera de los circuitos tradicionales, con una potencia y capacidad de autogestión inédita.

"Lo que se buscó es invertir lo tradicional: poner la periferia en el centro y lo más consagrado en la periferia –cuenta Luiz Bagolin, director de la Biblioteca Mário de Andrade, la segunda en importancia en el país, y gestor de la idea de que esas manifestaciones artísticas populares ocupen un lugar preponderante en la presentación porteña de San Pablo–. No es una concesión, sino un reconocimiento a toda la creatividad que surge de esos sectores. No se trata tanto de promover a nuevos autores, sino de respaldar toda esa variedad, que permanentemente crea nuevas formas de expresión."

Así, el encuentro en Buenos Aires contará con uno de los testimonios más notables de ese fermento cultural: los grupos de saraus, suerte de tertulias colectivas de poetas y músicos que se han desplegado durante la última década y media por todo el entramado paulistano. De los más de 150 en actividad, se presentarán en Buenos Aires una quincena de ellos. Y la invitación se extenderá a expresiones musicales masivas, como un recital de Racionais Mcs, grupo de rap y hip hop de la ciudad que en su más reciente concierto en tierras brasileñas reunió a 200.000 personas.

Ese núcleo duro de la presentación paulistana, que dará seguramente un colorido infrecuente a la feria, se completará con la presentación de otros escritores. Entre los más conocidos para los lectores argentinos se encuentran el músico y poeta Arnaldo Antunes, la novelista Andréa del Fuego y Ferréz, que se autodefine como "escritor marginal". También habrá otros, aunque menos divulgados en castellano, igual de importantes: Ricardo Lísias, Reinaldo Moraes, Marcelino Freire o Marçal Aquino. Serán de la partida poetas y traductores (Marcos Siscar, Alberto Martins y Fabrício Corsaletti); novelistas de la nueva camada (Paula Fábrio y Emilio Fraia), autores infantiles y juveniles (Heloísa Prieto y Shirley Souza), ilustradores (Ricardo Azevedo e Ilan Brenman) y algunos de esos talentos múltiples en que Brasil parece siempre pródigo: Cardão Volpato (escritor y músico) y Fernando Bonessi (narrador, dramaturgo y cineasta).

Los influjos de la metrópoli

Cuando se le pregunta al novelista, cuentista y guionista televisivo Marçal Aquino, cómo cree que San Pablo marcó su escritura, responde que de no vivir en la ciudad no hubiera escrito de la manera en que lo hizo. Aquino considera que sus libros reciben "todos los influjos de la metrópoli", incluso cuando la obra que trae con él a Buenos Aires ( Yo recibiría las peores noticias de tus lindos labios , publicada por Océano) cuente una historia que transcurre en una ciudad minera del Amazonas.

Aunque no deja de recordar la paradoja de que los libros de autores brasileños tienen ediciones que no superan los 3000 ejemplares (un déficit importante para un país que cuenta con casi doscientos millones de habitantes), Aquino explica con claridad las raíces del actual entusiasmo literario de la ciudad. Lo que para él fue fundamental, explica, fue el embrión de lo que luego se conocería como "generación del 90". Los escritores se empezaron a reunir en bares para leer y conversar, lo que fue dando surgimiento a un sinfín de editoriales pequeñas. Con el paso del tiempo, muchos de aquellos libros terminaron encontrando lugar en las reseñas de los diarios y haciéndose un lugar. "Eso permitió que la mayoría de los escritores fueran construyendo durante veinte años una carrera silenciosa", sugiere. Internet, por su parte, permitió otra modesta revolución: que escritores de otras zonas del país pudieran acceder a publicar en San Pablo con mucha mayor facilidad, volviendo secundario el lugar de pertenencia.

Aquino nombra a Marcelino Freire, uno de los agitadores culturales que promovía aquellas lecturas y discusiones, como un autor clave. Freire (cuyos Cuentos negreros , obra fetiche de esa generación, fueron publicados en español por Santiago Arcos y de quien Adriana Hidalgo sacará para la feria Nuestros huesos ) fue acumulando obra a través de textos brevísimos, que circularon a veces de manera casi clandestina.

Esa literatura por fuera de las editoriales tradicionales terminaría repercutiendo, por vías singulares y no necesariamente directas, en otro tipo de producciones: las que surgieron de encuentros públicos similares en zonas discriminadas de la ciudad, donde la poesía y la narrativa, y cualquier expresión artística, no tenían históricamente ninguna cabida. La "literatura marginal" que se produce en barrios de pocos recursos y favelas hoy encuentra su mayor circulación y popularidad en esos mismos ámbitos donde, se suponía, a nadie le interesaba leer.

La figura de proa de ese fenómeno es Ferréz (1975), divisa que utiliza para sus presentaciones y libros Reginaldo Ferreira da Silva, un novelista y rapero que, a sus 39 años, es ya un veterano en esas lides. Ferréz, que se define como un militante, no tiene inconvenientes en rememorar, con su imponente físico y look de cantante de hip hop, la hazaña que le da más orgullo: la de haber sido su propio maestro. Creció en Capão Redondo, una favela del sur de San Pablo en la que predominaba (y, por cierto, predomina) la violencia más extrema y donde leer podía llegar a ser no objeto de insultos, sino un peligro en el sentido más literal del término. Los que lo guiaron en el camino de la literatura, sostiene, fueron los autores que leyó por las suyas. Entre ellos nombra a Lima Barreto, a João Antônio, a Charles Bukowski. Con esa experiencia autodidacta escribió Capão pecado (1999), un relato sobre lo que significó crecer en esa barriada y que se convirtió en un best seller; el fundamental Manual práctico del odio (2003, editado años más tarde en la Argentina por Corregidor) y Dios se fue a almorzar (2011, que la misma editorial publica en estos días). En este último libro, en un giro que habla de sus ambiciones y versatilidad como escritor, el protagonista es un miembro de la clase media. ¿Cuál es la diferencia entre narrar lo que se vivió de primera mano y lo que forma parte de otro tipo de experiencias? Según él, ninguna fundamental. En el Manual…, sostiene, se describían las peleas internas que ocurrían en un lugar problemático y en el segundo, la lucha interna de una persona.

"Es muy difícil explicar qué es vivir en la periferia –cuenta en un portugués que lleva inscriptos con orgullo los giros dialectales de su lugar de origen, donde es un referente por derecho propio–. Cuando escribí el Manual práctico del odio , estaba desempleado. Entre que empecé a escribir el libro y lo terminé, unos tres años, había perdido gran cantidad de amigos. En él figuran ocho de ellos. Quería mostrar cómo Brasil deja afuera a esa gente y quería también eternizar a esas personas valiosas a las que se había dejado morir." Ferréz, que vio su primer muerto callejero a los once años, cuenta que tras la publicación de la obra intentaron matarlo tres veces. Aunque aquellos amigos que figuran en Manual… ya habían fallecido, a los criminales de la zona no les gustaba sentir que, aunque sin nombres, sus figuras resultaran reconocibles.

"Me enoja cuando se dice que la literatura no sirve para nada; sirve para transformar muchas cosas. Quizá no transforme a los ricos, pero sí a los que no tienen nada, a los que tienen deseos de cambiar." Ferréz, que mantiene en su barrio un lugar de encuentro para chicos y que se siente honrado cuando las madres les dicen a sus hijos que hay que estudiar para que se le parezcan, no le sorprende que sus libros se enseñen en colegios privados de San Pablo ni el hecho de tener lectores en otras clases sociales. "Los autores periféricos tienen algo de qué hablar. Los de clase media, en cambio, tienden a deprimirse", dice, y cuenta cómo cuando va a otro lugar le gusta deambular por las calles hasta cualquier hora de la noche (lo hizo en su anterior visita a la Argentina) y conocer todo lo que se pueda conocer porque "el que vive encerrado con un poodle sobre la alfombra no va a poder escribir más que sobre eso."

Ferréz, que trabajó, entre otros oficios, de panadero y vendedor de escobas, dice que la literatura es su comercio y que por eso todavía hoy siempre transporta con él ejemplares para vender. "En las ferias eso es una ventaja. A veces los autores de editoriales grandes, que nunca llevarían los libros con ellos, nos miran con envidia, a mí o Allan da Rosa (otro autor marginal que estará en Buenos Aires) porque las editoriales no mandaron sus libros y nosotros, por las nuestras, vendimos todos los que habíamos llevado."

Ferréz escribe desde los siete años, pero puede contar desde adentro los "saraus" que desplegaron esa "cultura marginal", porque fue un ávido participante de ellos. El fenómeno, explica, "fue un gran cambio para la periferia, porque por fin la gente podía hablar; antes sólo se podía hacerlo en los actos de los políticos, y esto era por completo distinto".

Definir en qué consiste un "sarau" (o sarao, para utilizar la denominación española que designa una reunión nocturna) es tan simple que resulta complejo. Lo más directo sería definir a estas reuniones como recitales poéticos, donde no falta la música, en que la gente se reune a leer sus textos y discutir. Esa especie de espontaneidad original, que ya existía desperdigada en distintos puntos y locales, se multiplicó a partir de 2001, gracias a Cooperifa, una organización creada por los poetas Sérgio Vaz (que hace unos años promovió la Semana de Arte Moderno de la periferia, en un claro homenaje) y Pezão. Otro de los saraus importantes es el de Binho, un poeta que ya organizaba ese tipo de encuentros en los años noventa, y que hoy los continúa en su propia casa, donde no dejan de circular personas apasionadas por el simple acto de leer y de sentir que la literatura es parte de sus vidas.

Lo que diferencia los saraus de un simple encuentro bohemio es que suceden en un lugar preciso (las periferias paulistanas) y que dan voz a esas comunidades para desenraizar el estigma con que se las suele marcar (la criminalidad, la violencia, la pobreza) a través de la palabra. Cualquiera con ánimos de expresarse puede sumarse a ellos. Internet fue un catalizador para el desarrollo de convocatoria de los saraus y para desarrollar vínculos entre ellos, pero sus participantes no dejan de tener una vocación artesanal. Los que publican libros los venden de manera itinerante y en algunos casos (alguno de estos autores llegó a vender 5000 ejemplares de su libro) pueden llegar a mantenerse con esa venta de mano en mano.

El fin de semana pasado, en las cercanías de la Biblioteca Mário de Andrade, al aire libre, cuatro de esos grupos de saraus se reunieron para hacer una suerte de ensayo previo al viaje a Buenos Aires, que, para ellos, representa la primera oportunidad de mostrar su actividad más allá de sus barrios y su ciudad. En medio de aplausos y un clima festivo, los participantes van pasando de uno en uno cuando los convoca un presentador. La heterogeneidad es la variable más fértil de estos encuentros: una poeta de edad recita versos con rimas escolares, un veinteañero reconvierte de manera impresionante un poema de Manuel Bandeira al hip hop, un señor de aire aristocrático recita un poema sobre el dolor que le causa Brasil, pero haciendo un collage con conocidas canciones y poemas de la tradición brasileña; otro le pone ritmo a su declamación y anuncia lo que deben sentir muchos: que el sarau del que participa (en su caso, el de Binho) simplemente le salvó la vida.

Los saraus que llegarán a Buenos Aires tienen la intención de exceder el marco formal de la Feria del Libro y presentarse también en barrios y milongas, una decisión que seguramente permitirá darle un cauce creativo a esta suerte de improvisación general contagiosa en que se cumple con el imperativo de que todo el mundo puede ser artista mientras quiera expresarse como tal.

Música y poesía

No todo será, sin embargo, saraus. Los cruces de literatura y música –o de música y literatura– tendrán también un representante de lujo en Arnaldo Antunes (1960), quizá uno de los artistas más sofisticados de la escena brasileña actual. Prócer del rock brasileño por su participación en Titãs, banda clave de los años ochenta, Antunes desarrolló luego una extensa carrera solista y la notable experiencia musical de Tribalistas, un proyecto que llevó adelante con Marisa Monte y Carlinhos Brown. Antunes es, de todas maneras, mucho más que un músico. Es artista visual, performer y, desde el mismo comienzo de su carrera, una figura con peso propio en el campo poético, donde suele ser antologado sin condescender a la rareza del músico que escribe. Esa múltiple faz tendrá su reflejo en el encuentro porteño: Antunes dará un concierto, pero además presentará Palabra desorden (Caja Negra), flamante selección bilingüe de sus trabajos escritos, traducida por Ivana Vollaro y Reynaldo Jiménez.

Si alguien espera que su poesía sea la simple extensión de una lírica de sentimientos probados (como pasa con tantas letras musicales), se encontrará con una sorpresa mayúscula. Antunes no escribe sobre la trivialidad de amores perdidos, sino como un heredero inevitable de la poesía concreta ideada en los años cincuenta por los hermanos Haroldo y Augusto de Campos en la misma San Pablo, donde sus huellas se hacen notar (la Casa Das Rosas, el lugar de encuentro de los concretistas, es de hecho hoy un museo en su homenaje). Antunes es un cultor contemporáneo de esa vertiente que sabe lidiar con los sentidos, los significantes, las imágenes y, también, las tipografías para, más que hacer un libro, como sugiere Gonzalo Aguilar en el prólogo a la edición de Palabra desorden , producir "una cosa con volumen, textura y duración".

La narración de San Pablo

Aunque por momentos se tenga la tentación de tomar la parte por el todo, San Pablo no es ni mucho menos sinónimo de Brasil en su conjunto. Muchos de los más importantes narradores de la actualidad pertenecen o están vinculados a otras ciudades y regiones (João Gilberto Noll, Sérgio Sant’Anna, Bernardo Carvalho, Milton Hatoum), pero la presencia de San Pablo en Buenos Aires no dejará de traer a autores de peso, aunque todavía poco frecuentados por el lector argentino. Además de Marçal Aquino y Marcelino Freire, uno de los autores que llega casi en silencio es Reinaldo Moraes (1950). Su novela Pornopopéia (2005), que no fue traducida aún al castellano, propone una profunda inmersión, de lenguaje barroco y desenfrenado, en el lado oscuro de San Pablo, de la mano de un cineasta fracasado, y está considerada por muchos críticos una de las más notables piezas literarias de la última década.

Otro narrador, que está dejando de ser un secreto, es Ricardo Lísias (1975), del que Adriana Hidalgo presentará durante la feria El libro de los mandarines (que ganó el Premio São Paulo de Literatura 2010), centrado en un ejecutivo paulista, con toques delirantes, que sueña con dirigir la filial de su empresa en China. Lísias, que en 2012 publicó El cielo de los suicidas , sobre la muerte de un amigo, causó temblores en el medio cultural el año pasado con otra obra que toma datos de su experiencia personal y refleja entresijos de la sociedad paulista. Divorcio es un retrato a medias verídico, a medias ficcional sobre la separación del protagonista (que lleva el mismo nombre y apellido del escritor), que, cuatro meses después de casado, encuentra el diario personal de su mujer.

También llegará Andréa del Fuego (pseudónimo de Andréa Fátima dos Santos), conocida en la Argentina por Los Malaquias (Edhasa), novela que cuenta una historia familiar con derivaciones mágicas que, se diría, la emparientan con cierta literatura latinoamericana. Cuando se le pregunta por esa supuesta filiación, Del Fuego la desestima con cortesía. En su opinión, su historia se vincula más con cierta tradición narrativa portuguesa que con una recuperación del realismo mágico del que, asegura, lo separa la muralla de la lengua.

Aunque nació en San Pablo, Del Fuego creció en un pueblito de Minas Gerais y sostiene que, si no fuera por el hervor cultural de la ciudad en que nació y vive, hoy seguramente continuaría en su lugar de crianza, convertida en costurera. Su llegada a la literatura tuvo que ver con la casualidad de mostrar unos cuentos eróticos a un amigo que decidió publicarlos (de ahí el seudónimo, que alude a una famosa vedette de los años cincuenta). "Yo pertenezco a la generación del 00 o del 10, por llamarla así, pero soy una heredera indirecta de la generación de los 90. Sin esa red de autores que se conformó en la ciudad, seguramente nunca hubiera pensando siquiera en publicar. Mi primera editorial, de hecho, era muy simple: consistía de una sola persona con su computadora."

¿Qué es lo que hace la literatura de una ciudad? Probablemente el grupo de entusiastas que la escriben, la editan, la hacen circular y le dan vida permanente. Pero a veces también se dan modestas contravenciones a esa fascinación por el presente. A la lista de invitados el lector argentino debería sumar a una infiltrada, una autora de San Pablo que no comparecerá en Buenos Aires por razones obvias: murió en 2004. La publicación de dos novelas de Hilda Hilst ( La obscena señora D y Cartas de un seductor , editadas por El Cuenco de Plata) es, por sí sola, dada la casi nula circulación de su obra en castellano, un acontecimiento incalculable, un efecto casual y colateral de esa ebullición paulista que, en su desmesura, permite hasta lo que no preveía: el descubrimiento de un clásico oculto.

Algunas actividades previstas en la feria

  • Saraus. Entre los colectivos poéticos que se presentarán en la feria figuran Poesia Maloquerista; Sarau do Binho; Á Plenos Pulmões Pezão; Sarau do Burro, Quilombaque y Marginaliaria.
  • Debate. Fabrício Corsaletti, Alberto Martins y Ricardo Lísias discutirán sobre traducción el 1 de mayo, a las 16.30.
  • Arnaldo Antunes. Dará un show en el Pabellón de San Pablo el 3 de mayo a las 20.30.
  • Marcelino Freire. Presentará el 9 de mayo, a las 19.30, en el stand su libro Nuestros huesos (Adriana Hidalgo).
  • Andréa del Fuego. El 11 de mayo, a las 18.30, hablará con el público.

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