Gran álbum familiar

Walter Cassara
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4 de septiembre de 2010  

Las genealogías

Por Margo Glantz

Bajo la luna/pretextos

218 páginas

$ 57

Quizá no exista representación más ilusoria y esquiva de la subjetividad que aquella que se ve reflejada en el nombre propio, cuya referencia, en muchos casos, no pasa de ser un mero dato estadístico o una curiosidad lexicográfica. ¿Quién, al tratar de reconstruir su árbol genealógico, no se encontró de pronto a la deriva, remando en un puro desasosiego onomástico? ¿Quién, en busca de su exacta cronología personal, en busca de sus antepasados y sus orígenes más remotos, no desembarcó en una isla desconocida e inhóspita y sintió menguar su yo en un río infinito y laberíntico, como un vestigio más, una palabra más que se pierde en el detritus y el caos?

Sin embargo, por lo que conmemora -y no tanto por lo que designa- el nombre propio contiene buena parte de la historia esencial de un hombre y una mujer, de una familia y un pueblo en concreto, y también, quizá, de la humanidad entera. Así, en Las genealogías , de la escritora mexicana Margo Glantz, el relato se despliega como un entrañable álbum de recuerdos familiares que abarca todo el siglo XX y se extiende hasta nuestros días, cosechando en su devenir un valioso acervo de imágenes y anécdotas rescatadas de un baúl íntimo, pero que pertenecen, en realidad, a ese espacio sagrado que tal vez sólo pueda proyectarse, entre luces y sombras, en las aguas litúrgicas de la memoria colectiva.

Las genealogías es un libro hecho de muchas voces, que apela fuertemente a esa memoria colectiva, no sólo para contar la historia de unos inmigrantes judíos rusos -los Glantz- que llegaron a México huyendo de los pogromos y la revolución bolchevique, sino además, en un nivel más profundo, para volver a conjurar ese ritual olvidado -como se desliza en una cita de Walter Benjamin- "según el cual fue edificada la casa de nuestra vida".

En este sentido, se trata de una obra difícil de clasificar, que oscila entre el esbozo autobiográfico, el testimonio social, los mitos bíblicos y la narración oral. Como todo texto de esta índole, que intenta reconstruir y salvaguardar los lazos con el pasado, quizás, en el fondo, sea una larga y devota carta destinada al padre: Yánkl Glantz, un poeta judío nacido en una aldea campesina al sur de Ucrania y emigrado a la ciudad de México a los veinte años, que escribió en ruso y supo ser amigo de Isaak Babel, entre muchos otros grandes escritores rusos y mexicanos. El yo plural que narra no ignora que la literatura nada puede contra la opacidad de la muerte: "Recojo pedazos de conversación -nos dice- y también los documentos están hecho trizas". Y posiblemente, a causa de ello, trata de recuperar a toda costa sus linajes, como quien compone un puzle al que le faltan muchas piezas. En todo caso, en un mundo que ha confiado casi toda su memoria al trabajo de unas máquinas, hay que agradecer y custodiar con veneración libros como éste.

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