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Hiperconectados: juegos en red y videollamadas a toda hora

María Paula Etcheberry
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2 de agosto de 2020  

Durante la cuarentena, los chicos mantienen su vida social por intermedio de las pantallas, que se convirtieron en grandes aliadas, hasta para organizar pijamadas virtuales

Cada vez que Tomás Berner Rizzolo, de 9 años, recibe un link con la tarea del colegio, llama a uno de sus amigos por Google Hangouts y resuelven los ejercicios juntos. Mientras tanto, Felipe, su hermano de 12 años, se conecta para jugar online con su grupo de amigos. Desde su habitación, Mora, ya cerca de cumplir 15 años, pasa horas enteras hablando por videollamada con amigas. "Van de la tele a la Play. Hablan con uno, con el otro. Hay llamadas a toda hora. De día y de noche", resume Pía Berner Rizzolo, madre de los tres chicos.

Durante el aislamiento obligatorio,la tecnología sirvió como herramienta para que niños y adolescentes pudieran seguir manteniendo sus vínculos sociales con amigos, compañeros y familia. Las videollamadas, los juegos online en grupo, las pijamadas virtuales y los Netflix Party son algunas de las opciones que cobraron impulso en los más de 130 días de cuarentena.

Entre clases virtuales y encuentros con amigos, el uso de las pantallas es constante y continuo. Solo se apagan cuando los chicos duermen. Incluso cuando están solos en su habitación, están expuestos a una cámara y rodeados de otras personas. Al ser la única forma de comunicarse con familiares y amigos, el contexto forzó a muchos padres a aceptar una mayor flexibilización en el uso de pantallas, antes restringidas. Para los especialistas, la tecnología fue un recurso importante para preservar las relaciones sociales de los menores, aunque también puede alterar la dinámica familiar.

Mora, Felipe y Tomás Berner Rizzolo. Por turnos pautados entre ellos, van de la tele a la Play y la computadora
Mora, Felipe y Tomás Berner Rizzolo. Por turnos pautados entre ellos, van de la tele a la Play y la computadora Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

"Estamos más permisivos y flexibles. Los dejamos jugar al Fortnite porque entran en contacto con los amigos, hablan y charlan entre ellos. Pero a la vez pasan muchas horas jugando. A veces demasiadas. Es necesario porque es la única manera de seguir en contacto con los amigos. Aunque parece que están solos, en realidad es un cuarto lleno de chicos", agrega Pía.

Antes de la pandemia, sus hijos jugaban al fútbol, al rugby y al hockey. Hoy, Tomás y Felipe organizan entre ellos turnos con horarios pautados para jugar a la PlayStation con amigos. Y Mora pasa todo el día conectada con sus amigos por WhatsApp y por videollamadas.

Charlan, juegan al tutti frutti y hasta festejan cumpleaños. Una vez, llamó a sus amigas y cuando empezó a amanecer, se dio cuenta de que había pasado toda la noche hablando.

"Al principio era raro estar sola en mi cuarto hablando con mis amigos, pero ahora ya me acostumbré a verlos por la pantalla", afirma Mora.

"Los adolescentes siguen conectados virtualmente con amigos, atravesando la mayor parte de la noche despiertos. Si su tendencia fue siempre la de apoderarse de la noche para circular con libertad y sin adultos en escena, hoy extremaron su necesidad de vivir contra el reloj. Con fluidez y naturalidad, siguieron comunicados. La vida social en las redes sociales continuó para ellos sin sobresaltos", indica Susana Kuras Mauer, psicoanalista especializada en niños y adolescentes.

"Los juegos online se han convertido en la plataforma elegida para el encuentro social. Son tiempos de estar entre amigos. Eso ha complicado la dinámica de muchas familias que advierten efectos nocivos de algunos juegos violentos pero que no quieren que sus hijos sientan interferida su vida social", agrega Mauer.

Entre la jornada escolar, los entrenamientos de fútbol y los fines de semana en el club, Santiago, de 11 años, solía pasar más tiempo afuera de su casa que adentro. Hoy, la cuarentena lo obligó a recurrir a la PlayStation para seguir jugando con el grupo de amigos del colegio y del club. Josefina, su hermana de 16 años, charla por videollamada sobre series y películas que se recomiendan entre amigas. También Rocío, de 14 años, se conecta para hablar con sus amigas. A veces juegan al tutti frutti, o a juegos con aplicaciones para el celular.

"La tecnología sirvió definitivamente para que sigan en contacto con sus afectos, sus amigos y familia, y para las clases virtuales. Es fundamental el acompañamiento de los padres, y que los chicos hagan un buen uso. Hago foco en que no se conecten con extraños", explica Florencia Angeleri, madre de los chicos. Al principio intentó dosificar la cantidad de horas que sus hijos pasaban conectados. Pero cambió su postura al darse cuenta de que era la única manera de preservar el vínculo con los amigos. "Sino, iban a quedar un poco aislados", indicó.

Cuando se conectan, las risas y las charlas ruidosas entre amigos irrumpen en el silencio de la casa. "Siento como si estuvieran todos los amigos en casa prácticamente", afirma Angeleri.

"Los padres tuvieron que ir flexibilizando el uso de la tecnología a la fuerza para que sus hijos no perdieran el contacto con el mundo externo. Salvo en casos extremos, no hay que prohibirla. Pasar más horas frente a las pantallas puede alterar la dinámica familiar. Recomiendo que los padres encuentren un tiempo para estar con los hijos. Cuanto más solos se sienten los chicos, más se refugian en las pantallas", explica Nora Vinacur, psicoanalista especializada en niños y adolescentes.

El contexto forzó a muchos padres a aceptar una mayor flexibilización en el uso de pantallas

La tecnología también les permitió a los jóvenes avanzar en sus carreras universitarias, e incluso trabajar. Bautista Fernández Omaña, de 19 años, empezó la facultad a distancia y nunca llegó a conocer presencialmente a sus compañeros. Y Luciana, su hermana de 21, tuvo su primera experiencia laboral, también en modalidad virtual.

"No llegué a pisar la facultad ni siquiera. Ver a mis compañeros día a día por Zoom no es una relación normal. No los vi ni una sola vez en la vida real. Los vas conociendo de a poco, es un proceso mucho más lento y no tan profundo, porque es solamente la clase y nada más, después cortás", cuenta Bautista, estudiante de administración de empresas.

"Tener mi primer trabajo virtual es antinatural, pero a la vez no tengo nada con qué compararlo, -afirma Luciana Fernández Omaña, estudiante de marketing-. Es más engorroso en ciertos aspectos, pero funciona bien. Uso Zoom para juntarme a estudiar con mis compañeros de la facultad, hablo por WhatsApp con mis amigas, y cuando una cumple años, nos conectamos por Zoom para que abra el regalo en la cámara".

"Con la pandemia crecieron las formas de comunicación sincrónicas y privadas. Hubo un efecto positivo para los jóvenes que pudieron recurrir a la tecnología. Pero lamentablemente no todos los jóvenes tienen acceso a una buena conectividad. Hay mucha desigualdad. Otro problema es que las instituciones educativas no estimularon el uso social de las herramientas de videoconferencia. No hay recreos virtuales por Zoom", observa Alejandro Artopoulos, directivo del Centro de Innovación Pedagógica de la Universidad de San Andrés.

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