Ideas de un grande del jazz

EL MUNDO DE GERSHWIN Por Edward Jablonski-Adriana Hidalgo-Trad.: Jorge Fondebrider-272 páginas-($19)
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25 de octubre de 2000  

"El trabajo lo era todo para Gershwin; vivía en su música", apunta Edward Jablonski en la introducción de su libro. Este escritor y periodista, especializado en música estadounidense del siglo XX, es autor de una biografía sobre el músico, pero en El mundo de Gershwin se ha ocupado de recopilar una serie de testimonios y opiniones (algunos nunca antes publicados) del "amplio y variado círculo de amigos y conocidos" que incluye a famosos colegas como Irving Berlin, Jerome Kern, Harold Arlen y Vernon Duke.

En este libro, centrado fundamentalmente en el aspecto musical, no hay demasiadas anécdotas sobre la vida íntima del compositor. A Gershwin, poseedor de una personalidad más bien enigmática e introspectiva, sus detractores le atribuían un ego enorme y sus amigos le hacían bromas al respecto. Una vez, el mordaz pianista y actor Oscar Levant (que se interpretó a sí mismo en el film semibiográfico sobre Gershwin, Rhapsody in Blue ) le preguntó: "Dime, George, si tuvieras que empezar de nuevo, ¿volverías a enamorarte de ti mismo?". Por supuesto, no falta la perspectiva de Ira Gershwin que, de no haber sido impulsado por su hermano a escribir letras, se habría contentado con ser contador. George (1898-1937), en cambio, siempre anheló convertirse en un "compositor estadounidense" y le bastaron dos breves décadas de vida profesional para cumplir su cometido. Junto con Ira, creó innumerables canciones ("The Man I Love", "Embraceable You", por nombrar un par) que desde hace más de medio siglo forman parte del repertorio clásico del jazz. Y, en caso de que para los puristas el término jazz suene polémico asociado a George Gershwin, allí está la palabra del pianista Herbie Hancock que le atribuye la creación de una de las dos formas básicas del jazz (la otra es el blues): "los cambios rápidos en la progresión de acordes, que resultan fundamentales para la improvisación jazzística".

El mundo de Gershwin (tercer título de la colección iniciada con El mundo de Ravel y El mundo de Mahler ) trae una cronología y un apéndice que recoge las definiciones musicales del propio Gershwin, para quien el sentimiento contaba "más que cualquier otra cosa, más que la técnica o el conocimiento". El creador de la melodía de "Summertime" amaba la música de cámara de Mozart, Brahms y Debussy. Casi todo lo escrito por Bach y Beethoven le era familiar. Además, era un devoto de la pintura que llegó a pasar casi tanto tiempo frente al caballete como frente al teclado y acumuló una importante colección de arte contemporáneo.

En uno de los capítulos más interesantes del libro, Jablonski agrupa las opiniones de los eruditos de la época, desorientados por ese compositor de "hits populares" que también se atrevía a obras más ambiciosas, como Rhapsody in Blue , Porgy and Bess o An American in Paris . "Algunos de esos escritores -afirma Jablonski- parecen haber acertado en sus juicios sobre Gershwin y su obra, mientras otros se equivocaron de cabo a rabo." Paul Rosenfeld, por ejemplo, sostenía que Rhapsody in Blue era "música de circo, superlativa en la esfera del oropel y la ostentación". Rudi Blesh consideraba a Porgy and Bess "una perpetuación de la antigua y travestida tradición de los cantantes con la cara pintada llevada a cabo de manera más sutil y, además, denigrante". Frederick Jacobi, más sensato, intuyó que Gershwin "no vivirá en sus obras más grandes, sino en sus muchas canciones, cada una de las cuales es una gema en sí misma".

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