Imágenes de un año impar

Alicia de Arteaga
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26 de diciembre de 2009  

En la portada de la revista W (biblia de la moda norteamericana) está la top model Linda Evangelista con cara de desesperación aferrada a un cartel que recuerda la performance de un artista conceptual. Lo es. La producción fue encargada por el editor del art issue anual de la W a Maurizio Cattelan, otra señal del cruce de fronteras que marca el fin de una era o, si se prefiere, el comienzo de otra. En las páginas interiores, el artista elegido para un largo reportaje es el argentino Guillermo Kuitca, consagrado este año por una gira internacional que comenzó en Miami y por el jurado local, que eligió su proyecto para darle identidad pictórica al nuevo telón del Teatro Colón; se estrenará cuando culminen las celebraciones del Bicentenario. Entre las imágenes inolvidables del año que termina está la foto de la bella Natasha Kinski firmada por Richard Avedon. Este capolavoro de un artista que acortó como nadie la distancia entre la moda y el arte integró la muestra Lágrimas de Eros, en el Thyssen, una de las exposiciones más fascinantes y atractivas de 2009, que recibió, sin embargo, un duro veredicto de Vargas Llosa. El escritor peruano consideró que el conjunto reunido en el museo madrileño "revelaba la extraordinaria pobreza del arte erótico contemporáneo"; me temo que no se entregó a la contemplación del abrazo filmado en cámara lenta por el gran videasta Bill Viola, última escala de la muestra. Otro abrazo, algo histriónico y mercantil, es el que une a Jeff Koons y a su ex mujer Ilona, más conocida como Cicciolina. Está inmortalizado en la foto de la derecha y también en la escultura de mármol de Carrara con la que Koons dice presente en la Punta della Dogana, el museo inaugurado en la aduana veneciana del siglo XVI por François Pinault, quizás el hombre más rico de Francia, dueño de Christie´s, FNAC, Converse, Gucci y otras marcas de lujo. Pinault tiene una colección de 3000 obras de arte actual. El diez por ciento se exhibe en la fortaleza de piedra que mira a la Plaza de San Marcos refuncionalizada con inteligencia y respeto por el japonés Tadao Ando. En esa caja perfecta de techos de triple altura están expuestas las pinturas de Sigmar Polke, elegidas por Robert Storr para el pabellón central de la 52a Bienal de Venecia. En ese mismo espacio, en la edición de este año deslumbró la instalación del argentino Tomás Saraceno. Nacido en Tucumán, graduado de arquitecto en la UBA, este creador de nuevos mundos ha recibido en 2009 la consagración del público, de la crítica y del mercado. Sus obras, que integran importantes colecciones privadas argentinas e internacionales, vuelven a tensar la cuerda de los límites, en un sentido figurado y literal.

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