Intensa sed de venganza

Enrique Vila-Matas inaugurará el miércoles próximo la sexta edición del Filba, encuentro en el que también presentará su flamante libro, Kassel no invita a la lógica (Seix Barral). En estas páginas, el escritor catalán adelanta un fragmento de la conferencia que brindará en Buenos Aires, centrada en la aparente dicotomía entre vivir y escribir
Enrique Vila-Matas
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19 de septiembre de 2014  

Recuerdo que la primera vez que oí hablar del "ingenio de la escalera" fue en 1981 en Antibes, en una taberna del viejo puerto, cuando a altas horas de la madrugada alguien comparó de pronto a la totalidad de la literatura con una "inmensa venganza del esprit de l’escalier". No entendí nada, pero, como suelo hacer en estos casos, memoricé la rara comparación, y sobre todo aquella enigmática expresión francesa. Tardé décadas en saber de qué hablaban porque no volví a encontrarme con la expresión hasta el año pasado en la ciudad de Nantes, cuando los participantes en una mesa redonda, tras una larga sarta de inconmensurables rodeos, asociaron de pronto la literatura con el "ingenio de la escalera", es decir, con ese momento en el que encontramos la perfecta réplica a ciertas palabras que nos han molestado, pero la respuesta ya no nos sirve, porque estamos bajando la escalera y la contestación ingeniosa deberíamos haberla dado antes, cuando estábamos arriba.

De modo que escribir, pensé allí en Nantes, es dedicarse a dar respuestas ingeniosas a las afrentas de la existencia, bajar escaleras vengándose, poner en la literatura lo que tendrías que haber puesto en la vida. Eso pensé mientras me admiraba de la cantidad de años que llevaba escribiendo previamente mis viajes para ir tratando de modificar mi destino, para ir transformando mi vida desde la literatura, desde la escalera, siempre bajándola, como aquel desnudo de Duchamp, siempre descendiendo, jamás urdiendo la venganza arriba, nunca urdiéndola en la vida, siempre maquinándola abajo, en el descenso, siempre maquinándola por escrito. Aunque he de advertir que ese abajo estará siempre arriba para los que sabemos que la escritura, hermana de sangre de la venganza, tiene mucho a su favor para alcanzar una clase de intensidad más alta que la de la famosa vida.

Hoy en día me parece evidente que en la atmósfera que respira el "ingenio de la escalera" habita una gran duda que crea una pregunta hamletiana y clásica: ¿Escribir o vivir? Dicho de otro modo, ¿vengarse a través de la escritura y hasta intentar modificar el signo de nuestra estrella, o ponerse a vivir sin más?

Es inevitable: siempre que me planteo esta disyuntiva, me pregunto de dónde vendrá el mito de que la muerte de la literatura significa desembarcar en la vida, acceder a lo real. ¿Acaso al escribir no vivimos?

En todo caso, de admitir que vivir y escribir son actividades distintas, me gustaría que alguien me explicara qué nos perdemos al escribir. ¿Cazar elefantes como Hemingway, o quizás una apasionante vida abisinia a lo Rimbaud?

Sí. ¿Qué nos perdemos?

Seguro que cada uno de ustedes tiene una respuesta distinta.

La mía hoy podría ser ésta: Nada nos perdemos, sospecho que nada, si acaso nos perdemos, pero eso ya va adherido de forma natural a la vida, nos extraviamos normalmente y, además, la escritura tiene el fascinante poder de descaminarnos a fondo, y eso es todo.

Claro que ahora parece que quien se ha perdido soy yo. Sin embargo, más bien sucede lo contrario, pues precisamente la tensión del momento nos ha hecho llegar al mismísimo centro del laberinto de esta conferencia. Es más, esa tensión –la misma que en las grandes novelas circula entre la literatura y la vida– es ese centro al que acabamos de llegar. Es una tensión que ha sido desde Cervantes, desde Flaubert, desde Proust, el tipo de debate que ha desarrollado la novela.

De hecho, como dice Ricardo Piglia, la novela es ese debate en realidad.

Me acuerdo de tantas historias que me fascinaron y cuyo centro neurálgico, por invisible que a primera vista pareciera, me acostumbré a localizarlo en una pregunta doble que para mí atravesaba sus tramas: qué quiere decir ser un escritor y qué quiere decir dedicar la vida a la literatura…

Hubo una época en que cuando hablaba de esto, me miraban como a un tipo extraño y me preguntaban por qué le daba importancia y tantas vueltas a ese doble asunto.

–¿Acaso son cuestiones sin importancia? –contraatacaba cuando me cansaba.

Por delicadeza y también por mi ansia de ir aún más allá en mi literatura, terminaba por alejarme de ellos sonriendo, forzándoles a seguir viéndome como un tipo raro. Hoy en día les recuerdo a todos perdidos en su mezcla de letargo y asombro, incapaces de ver que mi actitud no era más que un modo de estimular mi lado literario más activo, porque en cuanto me alejaba de sus miradas represoras me entraban unas ganas aún más inmensas de vengarme de todo en general y en particular de sus recriminaciones, por lo que siempre acababa lanzándome a la escritura de algo nuevo, siempre con un ánimo combativo muy grande y con el esencial tema de fondo de la tensión entre literatura y vida.

Ha sido siempre mi estilo de vivir, de escribir. Entiendo el arte no como una "producción", sino como una actitud, como una forma de estar en el mundo, como una forma de vivir. El futbolista Mascherano lo dijo hace poco a su manera: "En definitiva, juego como vivo". Le buscaré a Mascherano en el aeropuerto de Ezeiza, pero seguro que él estaba ya en Barcelona, la ciudad que he dejado.

Digamos que llegué ayer por la mañana a Buenos Aires, ciudad a la que he viajado para permitir que la ficción, una vez más, se infiltre en mi biografía –he llegado con mi viaje ya escrito– y adonde he venido, además, a seguir modificando sutilmente el destino que en anónimos parajes trazaron para mí. Vine también para escribir un último texto. Digamos que llegué ayer. Y nada más poner pie en tierra tuve la sensación de estar ya viviendo lo escrito. Llegué como llegó en su día Stendhal a Milán, llegué al atardecer y ya totalmente enamorado del país que pisaba, aunque "deshecho de fatiga", como un maniático que desembarca en una ciudad dócil a su pasión y esa noche misma se precipita a los sitios de placer que ya tiene marcados.

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