Intercambio patrimonial

La colección del Museo Municipal de Tandil, en el Sívori, y una exposiciónde arte popular mexicano, en el Fernández Blanco
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23 de diciembre de 2001  

Un programa de intercambio patrimonial que tiene por objeto difundir y conocer más profundamente nuestro arte se inició el año pasado entre la Subsecretaría de Cultura de la Provincia y la Secretaría de Cultura de Buenos Aires. Como consecuencia, antes en el Teatro Argentino de La Plata y ahora en el Museo Sívori, se exponen las obras del Museo Municipal de Tandil. Se trata de un conjunto de treinta y ocho pinturas y seis esculturas de notable valor artístico. Tal acervo, si bien no alcanza a definir el arte argentino en su totalidad, permite individualizar las influencias y las tendencias que cimentaron sus manifestaciones más arraigadas, sobre todo, en el campo de la figuración. Antonio Berni, Emilio Pettoruti, Ramón Gómez Cornet, Emilio Centurión, Enrique de Larrañaga, Alfredo Gramajo Gutiérrez, Héctor Basaldúa, Horacio Butler, Miguel Carlos Victorica, Benito Quinquela Martín, Lucio Correa Morales y Sthephan Erzia son algunos de los autores que componen esa notable antología visual de una parte del siglo pasado. El realismo, el impresionismo, el cubismo, el Grupo de París, la Escuela de La Boca y otras vertientes perfilan allí un panorama necesariamente incompleto pero de una representatividad incuestionable.

La influencia europea, con su peso enriquecedor, no logra apagar lo propio. Muchos de los trabajos revelan su origen sudamericano. El poder de su identidad reside, a veces, en el tema, pero, más a menudo, en el estilo. Sin negar la herencia espiritual, sus características definen lo local con una fuerza comunicativa que supera lo explícito de las formas.

Sin perjuicio del interés que tienen las demás obras, nos permitimos destacar un Contraluz realizado por Pettoruti en 1926, a dos años de su primera exposición cubista local, en Witcomb, que culminó a los golpes entre sus detractores y defensores, los partidarios de "Martín Fierro". Hay también un óleo con dos figuras femeninas y un gato, de Berni, fechado en 1936, y el Desnudo que Ernesto Scotti pintó a mediados de los años treinta, que representa a una mujer sentada, como si fuese un maniquí. Figuran también otras piezas características. Tal el caso de Las parvas (1910), de Malharro; el Paisaje (1923), de Malinverno; Mujeres de Río Hondo (1937), una escena costumbrista de Gramajo Gutiérrez, de espíritu americano; la Máscara (1937), de Larrañaga, que revela melancólicamente las contradicciones carnavalescas; el Desnudo (1925), de Victorica; La española (1948), de Butler; la Calle (1940), de Pacenza; Gris (1945), de Lacámera o Barco en reparación (1958), un Quinquela Martín que muestra su típico acercamiento al fovismo costumbrista local.

Cristian Segura y Rubén Betbeder, quienes firman en el catálogo ilustrado una breve cronología del Museo de Tandil, curaron la muestra particularmente en la etapa de la preselección; Alberto Petrina y María Isabel de Larrañaga, durante el desarrollo total de la idea. Un escrito conjunto de los últimos aporta interesantes referencias sobre las obras.

(En el Museo Municipal Eduardo Sívori, Paseo de la Infanta 555. Hasta el 17 de febrero.)

Artesanías mexicanas

El título Grandes maestros del arte popular mexicano orienta adecuadamente sobre el contenido de la exposición. Destaca en su mejor nivel la actividad practicada por gran parte de la población autóctona. Sus ideas, influencias e interpretaciones las fueron diferenciando tanto en los medios rurales como en los urbanos hasta crear un conjunto propio de ese país. Conocerlas es, en cierto modo conocer el espíritu de México.

Las etnias y las regiones producen para el autoconsumo doméstico una gran diversidad de productos artesanales. Algunos son objetos de uso cotidiano, otros, de empleo ritual o de finalidad estética, pero todos, configuran un repertorio de posibilidades que por una u otra razón localiza su lugar de origen. Causas endógenas, provenientes de alteraciones en las prácticas impuestas por la tradición, en ciertos casos, y exógenas o mixtas, en otros, como las ocasionadas por una economía pendiente de las demandas del mercado produjeron un debilitamiento de esas fuerzas naturales, a menudo transmitidas generacionalmente por economías cerradas de autoabastecimiento. Esas circunstancias ponen en duda la perdurabilidad de las esencias culturales que se guardan en tales manifestaciones. Las exigencias del mercado y las infiltraciones culturales pueden debilitarlas, pero planteos realistas procuran recuperarlas. De ahí, la necesidad de crear planes de apoyo que inhiban la posibilidad de que esas artesanías se extingan.

El programa, que comenzó en 1996, se resume en tres fases. Primeramente, se seleccionaron los artesanos de las ramas y especialidades más notables que tendrían un reconocimiento económico; de allí provienen algunas piezas que integran la colección. En la segunda, se apoyó a los talleres en lo que fuese necesario para fortalecer su producción y facilitar su mejoramiento. En la tercera, se intentó convertirlos en pequeñas empresas.

Las piezas elegidas pueden dividirse en nueve ramas que dependen de los materiales: barro, madera, piedra, textiles, metales papeles, pieles, fibras vegetales y otros materiales. Estas, a su vez, se dividieron según la técnica, la región, el acabado y el uso.

La selección que se expone contiene una producción tan variada como interesante. A una iconografía que recoge desde la imagen misma de la muerte, muy divulgada en México, hasta la representación de conjuntos humanos, de animales o la creación de objetos tan heterogéneos como jarrones, baúles, máscaras ollas, utensilios diversos, prendas de vestir o una jaula de madera de influencia oriental. Todo se une para dar una imagen que revela la riqueza cultural del país en su aspecto más directo.

El cuidado puesto en el montaje y la presentación de los trabajos, la iluminación de las vitrinas, realizada mediante fibras ópticas, y el esplendor del marco que proporciona el palacio donde se exhiben, destacan su interés artístico, su calidad artesanal y su valor comunitario.

Las piezas provienen de la colección Fomento Cultural Banamex, que auspicia la Embajada de México.

(En el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco, Suipacha 1422. Hasta el 30 de diciembre.)

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