John Irving: "Si sos tan estúpido para que te gusten los realities, puede que votes a Trump"

El viejo luchador vuelve a la carga por el título de la gran novela americana con la ambiciosa Avenida de los misterios, recién publicada en la Argentina; la fe, el oficio y la política estadounidense
Matías Néspolo
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15 de mayo de 2016  

John Irving
John Irving Crédito: GZA. Tusquets

Barcelona.- Abundante pelo cano y recio torso de estibador, en el antebrazo derecho lleva tatuado el tapiz circular de la lucha grecorromana, disciplina a la que ha permanecido fiel toda su vida. A los 74 años John Irving (Exeter, New Hampshire, 1942) aún continúa entrenándose, pero hace mucho que no combate. "Competí desde los 14 hasta los 34 años y de los 34 a los 47 entrené a luchadores más jóvenes. La mayor parte de las lesiones me vinieron como entrenador. Y cuando cumplí 60 sólo encontraba adversarios 20 años más jóvenes que yo; no era una buena idea seguir", se excusa.

A nadie se le escapa, sin embargo, que sus mejores combates los ha librado y los sigue librando en papel, con el National Book Award, el de la Fundación Guggenheim o un Oscar al mejor guión por Príncipes de Maine, Reyes de Nueva Inglaterra (Las normas de la Casa de la Sidra), entre otros títulos. Ahora el luchador de peso ligero le hace frente a un combate demoledor, digno de peso pesado y sale victorioso: Avenida de los misterios (Tusquets), su nueva novela que presenta en el festival Kosmopolis del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona.

Lo que comenzó a finales de los 80 como el guión de una película ambientada en la India para el realizador británico Martin Bell acabó convirtiéndose más de dos décadas después, gracias a su paciente método de "dejar que el tiempo se vaya infiltrando en la trama", en una de sus novelas más ambiciosas y logradas.

Avenida de los misterios es la historia de Juan Diego, un maduro escritor de Iowa de origen mexicano con problemas cardíacos, y su doble viaje. Hacia Filipinas, a cumplir una vieja promesa -o quizás a encontrar la muerte, además de una pareja de admiradoras, madre e hija, que se lo disputan en la cama-, y hacia el pasado, cuando era, junto a su hermana Lupe, devota de la virgen que lleva su nombre, uno más de los llamados "niños de la basura" en la quema del basural de Oaxaca.

Todos los elementos del universo Irving (un orfanato y un padre ausente, un episodio traumático que deja huella, un circo, un travesti, un milagro, unas cuantas vidas descarriadas, como un desertor de Vietnam o un jesuita ateo, y la lista sigue) se dan cita aquí potenciados y mejorados por los años -en una agridulce peripecia entre la vida y la muerte, el sueño y la realidad, el sexo y la religión-, hasta tal punto que quizás algún crítico se vea tentado a reflotar el viejo mito de la gran novela americana.

Lo curioso del caso es que puede que sea la menos americana de cuantas ha escrito. "El cambio de territorio no es nuevo, creo que soy el menos localista de los escritores norteamericanos", dice el autor que se reconoce en la tradición de Hawthorne y Melville, pero también en la de Thomas Hardy, Thomas Mann o Dostoievski. Como sea, ésta también la ha escrito a mano, como siempre, a pesar de que era el veloz mecanógrafo que le pasaba en limpio los trabajos a sus compañeros de universidad. "No es bueno correr, hay que dibujar la historia."

¿Y en qué medida ha influido la lucha grecorromana de la que hablábamos en esa escritura dibujada?

-La preparación como luchador implica mucha repetición. Se toman turnos con tu compañero para ensayar tus mejores movimientos, lo que llamamos perforar, y luego te sometes como víctima voluntaria a los suyos. Es una rutina que se repite una y otra vez para calentar 40 minutos antes y después de una sesión fuerte de lucha que puede durar entre seis y ocho minutos. La lucha y su preparación es como el ejercicio de escribir. No lo haces una única vez. Escribes y reescribes, ensayas y vuelves a escribir una larga novela. Avenida de los misterios fue un guión cinematográfico durante los primeros 20 años en los que escribí una docena de borradores. En la noche de fin de año de 2009 ese borrador ya se ambientaba en México, pero se convirtió en una novela.

-¿Cuando le añadió una segunda historia, la vida de ese chico del basural 40 años después?

-Sí, primero reescribí ese guión como la parte mexicana, en un relato sin interrupción de manera lineal. Lo que le sucede a Juan Diego cuando tiene 14 años. Luego me fui a Filipinas y escribí el viaje de Juan Diego a su muerte cuando tiene 54 años, con otra voz y un ritmo más lento. Toma metabolizantes y no ve las cosas con lucidez, como si fuera un sueño. La infancia es más vívida, nítida y todo sucede con rapidez. Son dos historias distintas con el mismo personaje. Y después, como si fuera el montaje de una película, se trataba de poner un trozo por aquí y otro por allá y reescribir. Repetición. Ya era sólo perforar, como hacer 30 ataques laterales a la pierna derecha en la lucha.

-¿Cree en Dios?

-No lo sé, algunos días sí. Yo no escribo sobre lo que creo, sino sobre lo que creen mis personajes. Juan Diego sí es creyente y los niños de la basura también lo son. Pero tampoco soy ateo. Ateos y creyentes coinciden en la certeza. Están muy seguros de algo sobre lo que no pueden más que adivinar.

-Le pregunto porque en la novela se disparan dardos muy duros contra la Iglesia, pero también hay una suerte de reivindicación del misterio, el milagro y la fe?

-Exacto. La Iglesia Católica puede defraudar a Juan Diego, pero la Virgen María no. Si ella no hubiese llorado, no habría sido adoptado por las únicas dos personas que lo aman, porque no hay manera de que la Iglesia Católica permita que un chico de 14 años sea adoptado por una pareja de hombres homosexuales, a menos que la Virgen interceda en persona. Entiendo por qué la gente cree en los milagros; todas las religiones se basan en ellos. Iglesias, sinagogas o mezquitas no tienen importancia. Las instituciones hechas por la mano del hombre van por detrás y decepcionan. Todos los católicos que conozco piensan lo mismo que yo sobre el aborto, el matrimonio homosexual y los anticonceptivos, y eso no significa que la Iglesia cambiará de opinión. Pero entiendo de dónde proviene la fe, de la gente cuya experiencia en este mundo es terrible y necesita creer en algo milagroso. Las instituciones de la fe no son la fe. Las instituciones religiosas no son mejores que las gubernamentales o las bancarias.

-Lo que le sucede a Juan Diego de chico lo marca de por vida. ¿Por qué sus personajes siempre están atrapados en la infancia?

-Porque siempre empiezo por el final; no importa si es un relato, un guión o una novela. Todo lo que escribo está regido por un sentido de predestinación. No creo en el destino, pero sé cuál es el de mis personajes, aun antes de saber cómo o por dónde debería comenzar la historia. Como narrador me baso en la creación de un personaje empático -y los niños lo son- para situarlo en el peor de los escenarios posibles. El final siempre es lo peor que pueda ocurrir. Por lo general, algo terrible o espantoso les sucede a mis personajes entre los 12 y 15 años (Ruth de Una mujer difícil tiene apenas 4, pero es una excepción) que no sólo cambia el curso de su vida, sino que además determina en qué tipo de adulto se convertirá. Es una manera muy teatral, dramática, de contar una historia; no sé por qué lo hago, pero lo hice en 13 de mis 14 novelas. Y si no ocurre en La cuarta mano, es porque es tan breve que no sabemos nada de la infancia de Patrick Wallingford.

-Las palabras en español de la novela o el origen del protagonista son casi una provocación para los republicanos más escorados. ¿Qué opina de Donald Trump?

-Nadie es tan responsable de su popularidad como los medios de comunicación. No confío en los empresarios corruptos, y encima Trump es muy astuto, porque ni siquiera él se cree eso de construir una muralla en frontera mexicana. Es vulgar y escandaloso a conciencia porque juega al reality show. Si sos lo suficientemente estúpido como para que te gusten, puede que lo votes. Pero no hay que olvidar que llegó hasta allí porque venció a los candidatos republicanos más débiles de la historia y que además son mucho peores que él, como Ted Cruz, porque sí que se creen los principios conservadores. Como viejo liberal que soy, lo prefiero antes que a un cristiano evangélico.

-¿Le preocupa que se salga con la suya?

-Lo que me preocupa es la baja participación electoral. Si la enorme población hispana, afroamericana y de gente joven entre 18 y 25 votan, entonces no habrá problema. Quizá la estupidez de Trump sea suficiente como para enfurecer a estos tres grupos, que no votan tanto como debieran, y hacerlos acudir al acto electoral.

Avenida de los misterios comenzó como guión, ¿pero será algún día película?

-Se hará la película, estoy seguro. Pero no tengo ningún apuro, llevo más de 20 años escribiendo esta historia y ahora siento que debo dejarla reposar.

-Además ahora está ocupado convirtiendo El mundo según Garp en miniserie para HBO. ¿Tiene fecha ese proyecto?

-Todavía no, y en el mundo audiovisual no existen las promesas. No es como el contrato para un libro; suelen decir: "Esperamos el guión y veremos". Lo estoy escribiendo. Son cinco episodios de 55 minutos y me gusta esa arquitectura, como Shakespeare con una obra en cinco actos. Ya estoy en la recta final, terminando el cuarto episodio. Es divertido y lo estoy pasando muy bien.

Avenida de los misterios

John Irving

Tusquets 640 páginas

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