Kuropatwa del otro lado de la cámara

Manifiesto, inaugurada el martes en el MNBA, recorre la producción de los últimos veinte años de un fotógrafo notable
Manifiesto, inaugurada el martes en el MNBA, recorre la producción de los últimos veinte años de un fotógrafo notable
Alicia de Arteaga
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23 de junio de 2002  

El paso de Alejandro Kuropatwa por los templos neoyorquinos de la moda, como la Parson´s School y el Fashion Institute of Design (FIT) han dejado una huella en su mirada, que se vuelve incisiva y desangelada cuando captura el universo femenino. En la retrospectiva del MNBA se exhiben 120 trabajos de los últimos veinte años. Un muestrario de estilos y un registro antológico del camino recorrido por la fotografia por el lenguaje expresivo canonizado por las ultimas generaciones.

Si hubiera que elegir una imagen que represente este tiempo y el sentido documental y autobiográfico que tiene la fotografía (algo que sucede en Kassel con el video, según relata en la nota de arriba Michael Kimmelmann) la candidata con mayores posibilidades es Voyeur. En la foto, un autorretrato en realidad, Kuropatwa contempla desde la estatura humana una escena de amor plástico protagonizada por dos muñecos de la dinastía Barbie.

La actitud voyeurista de la foto es especular con la actitud real del fotógrafo, siempre parapetado detrás del ojo de la cámara que le permite espiar el mundo privado, la intimidad de los otros.

Sus retratos de mujeres son estudios de personajes, ensayos visuales que dicen todo del retratado. El gesto capturado con el click de la cámara queda para siempre y le disputa verismo a la realidad misma. Entre los más logrados está el de Aida Scheineder, empresaria , mecenas, y coleccionista, envuelta en seda verde esmeralda, color que enfatiza la intensidad de su mirada. El movimiento del pelo y el gesto en los labios describen y descubren el personaje con una eficacia que las palabras no tienen. Otro tanto sucede con la foto de Ruth Benzacar, sentada en un banco, con la espalda en noventa grados contra una columna blanca del minimalista espacio de la galería de Florida 1000. La galerista está sola. Tan sola como se debe haber sentido muchas veces al difundir en el exterior el arte argentino contemporáneo, con la ilusión de crear un mercado para nuestros artistas.

La ficha técnica dice que Kuropatwa nació en Buenos Aires en 1956, estudió pintura en el taller de Demirjian y dibujo con el Oso Smoje. Después voló a Nueva York, pasó por las templos fashion, donde estudiaron Calvin Klein, Donna Karan y Jazmin Chebar. Allí obtuvo un master en fotografia.

Hizo foto publicitaria; trabajó para Art News; retrató a rockeros como Fito Páez y Charlie García; colaboró con la exquisita Harpers Bazaar y fue distinguido con el Konex, en 1992. Sus últimos trabajos son retratos de flores. Y el uso de la palabra retrato no es azarozo. Hay una reciprocidad estética y sensual entre la orquídea y el perfil altivo de la mujer que ilustran este comentario.

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