"La Argentina debe dejar atrás el pasado", dijo Luis M. Anson

El periodista español ofrece su visión
Silvia Pisani
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21 de abril de 2004  

MADRID.- Luis María Anson encarna una combinación de vocación periodística y pasión por la historia. Todos los días eso se traduce en "ansia de futuro" y rechazo por "la remoción inútil del pasado" desde su despacho como director del diario español La Razón, que lanzó hace cinco años con sólo 15.000 ejemplares y que hoy vende diez veces más, a base, sobre todo, de un público joven.

Nació un año antes de que comenzara la Guerra Civil española y acompañó al país en el tránsito desde la miseria y el hambre de entonces hasta una prosperidad que, con aquellas penurias, parecía inalcanzable.

"Quedarse en el pasado es lo más fácil. Para los gobiernos requiere más talento atraer a la gente con banderas ciertas de prosperidad y futuro. La familia de García Lorca se opuso a la exhumación del cadáver. Las historias del pasado son del pasado", dice.

Le exaspera la pasión argentina por el pasado. Admira nuestra literatura y nuestra ciencia y se indigna con nuestra clase política. "Por momentos es deleznable", sostiene.

Anson asegura que el presidente Néstor Kirchner encontrará "bolsones de comprensión" en el nuevo gobierno socialista español. Y que, en el fondo y más allá de las tensiones, hay en España admiración por la Argentina y una enorme comprensión recíproca. "Aunque haya quienes quieran romper los puentes, los dos pueblos se dan la mano por debajo", dice, con la prosa que defiende como académico de la lengua y ganador de decenas de premios literarios por sus libros. Ferviente monárquico, sostiene que España lo seguirá siendo con el príncipe Felipe, pero piensa que difícilmente el heredero asuma la corona "antes de que pasen 20 o 25 años" y que, para entonces, será un hombre maduro. No derrocha entusiasmo por la futura princesa de Asturias, pero aprueba la elección de "esta chica, porque podrá cumplir bien con su papel".

Es cauto cuando habla del vertiginoso giro de España tras el peor ataque terrorista en su historia, lo que hace que ahora el ex presidente Felipe González "vuelva, de algún modo, al poder" junto con José Luis Rodríguez Zapatero.

De éste pondera su "fortaleza", por saber aprovechar a su predecesor socialista y no hacerlo a un lado por celos o desconfianza. "Hay que saber aprovechar la experiencia política de otros", dijo.

-¿Avanza en su propósito de conquistar lectores jóvenes con La Razón?

-Es un público difícil el de las generaciones formadas después de la dictadura. Pero nos va bien. El diario lleva cinco años y vendemos ya 151.000 ejemplares, contra los 15.000 con que arrancamos.

-¿Qué tiene usted? ¿Una varita mágica?

-El éxito en periodismo es de las redacciones y de la gente que las integra. Nunca es un logro solitario. Procede de un equipo, porque no es ésta una profesión que individualmente se pueda llevar adelante. Me ocurrió aquí y antes, tanto en la agencia de noticias EFE como en el diario ABC, que levanté cuando estaba hundido.

-¿Qué lección política deja lo ocurrido en España, donde la lectura lineal de los hechos es que un gobierno bien posicionado perdió todo tras el peor golpe terrorista jamás vivido aquí?

-Sólo el funcionamiento de la democracia. El pueblo es soberano y como tal tiene derecho, en pocos días, a cambiar las posiciones que, teóricamente, tenía según las encuestas.

-¿Cuál fue el principal motivo del castigo recibido por Aznar? ¿Haber apoyado la guerra en contra del pueblo, haber mentido..?

-Aznar no mintió de modo consciente. No creo que el castigo haya sido por eso. Sí por haber ido a la guerra. El planteamiento de un sector de la sociedad es que el atentado del fundamentalismo islámico fue consecuencia de haber ido a la guerra y por lo tanto se castigó a quien llevó a esa guerra, que fue Aznar.

-¿Eso es todo?

-Eso es lo simple. Si uno va a averiguando datos, se da cuenta de que hubo un tejido muy complejo de intencionalidades en el atentado del 11 de marzo y de que no se pueden descartar las intencionalidades políticas de corto plazo para derribar al gobierno del Partido Popular.

-¿Cree en la teoría de la conspiración, más allá de los terroristas integristas?

-Sí, y hay muchos que así lo creen. Es difícil hablar de eso sin cubrirlo de matices.

-¿Qué quiere decir?

-El acto terrorista fue conducido, en su mayoría, por marroquíes. Sus servicios secretos son muy tenebrosos, con sectores que no obedecen ni a su propio gobierno. Efectivamente, pudo haber operaciones que en estos momentos son muy difíciles de calibrar. Sería una temeridad especular sobre esa cuestión. Pero es cierto que las cosas no están claras.

-¿Qué aportará el presidente Rodríguez Zapatero?

-Es un hombre con mucho sentido común, moderado, prudente y cae extraordinariamente bien en un sector de la sociedad. No es un dirigente revolucionario, ni extremista ni radical. Es un hombre que está en el equilibrio y la moderación. Y la vida española seguirá sus cauces normales.

-¿Se puede conciliar el diálogo político que él ofrece con la atención de la emergencia del país?

-Para él es imprescindible porque, más allá de su propio convencimiento, no le queda más remedio. Tiene 164 diputados y para aprobar una ley necesita 176. No digamos nada de cuando se trate de reformar la Constitución, lo que en algunos casos requiere los tres quintos de la Cámara y, en otros, los dos tercios. El diálogo en él puede que sea una virtud, pero también es necesidad imperiosa.

-¿Vuelve, de algún modo, Felipe González al poder con Rodríguez Zapatero?

-Sin duda. Zapatero lo admira profundamente. Tanto que sus vicepresidentes primero y segundo y el vocero parlamentario fueron ministros o secretarios con González, al igual que muchos de los cargos intermedios que nombró, incluso, en la propia sede del gobierno. Felipe González estará muy presente en la España de los próximos cuatro años.

-Usted conoce mucho a la Argentina. ¿Cómo la ve hoy?

-Lo primero que llama la atención es el esfuerzo de algunos políticos por atizar problemas de relación con España. A veces, por ideología y otras, por incompetencia. Pero es inútil tratar de cerrar los puentes entre pueblos que se entienden de modo perfecto y que se dan la mano por debajo de ellos. Desde la más alta literatura hasta el deporte. En España se admira a la Argentina, ésa es la verdad.

-Pero es evidente que la Argentina se desbarrancó en los últimos años. Y mucho. ¿Eso no ha alterado la percepción del país, acaso?

-Esa es otra cuestión. Se sabe que la Argentina tiene una de las minorías dirigentes que menos tienen que ver con la clase de pueblo que dirigen. Basta para comprobarlo compararla con lo que aportaron su ciencia y su literatura. La política es una clase, muchas veces, deleznable. Y ha hecho que un país que debería tener una situación como la que tienen las naciones europeas, por poner un ejemplo, se debata en péndulos entre democracia y cesarismo.

-Le recuerdo que estos dirigentes fueron votados en elecciones libres...

-Yo me acuerdo de épocas en las que la gente echaba de menos a Perón. Yo les decía que los problemas que tenían no eran porque Perón no estuviera, sino porque había estado.

-¿Qué quiere decir?

-Que la dictadura, sea populista o no, nunca es buena. No soy un experto en la Argentina, pero creo que, además, hay sectores muy egoístas en la vida argentina, que en cuanto tienen un poco de dinero lo sacan del país. Pero eso es también porque no tienen confianza en la política. Así se construye ese desequilibrio interno que llevó al país a donde está y de donde, parece, empieza a recuperarse.

-¿Así lo percibe?

-Lo que le puedo asegurar es que España siente mucho lo que ocurre en la Argentina. Muchos, por parentesco, y, luego, por agradecimiento: cuando en España había hambre, en la posguerra, quien nos ayudó de verdad fue la Argentina. La indignación por lo que ocurre en el país es por afecto.

-Habrá sentimiento de agradecimiento, pero a los argentinos sin sangre española y encima, sin papeles, se los manda de regreso a casa.

-España necesita inmigrantes y prefiere a los que tienen su misma cultura. Aquí el argentino para trabajar es bienvenido. Hay mucho temor a la delincuencia que viene con la inmigración, con el ejemplo de bandas mafiosas de Europa del Este y de Colombia. Hubo momentos en que la Costa del Sol parecía en manos de mafias extranjeras.

-¿Cuánto de la mirada española hacia la Argentina es por el interés de las empresas inversoras?

-Eso también existe, claro. Hay problemas entre empresas y entre políticos. Pero por arriba de todo eso está, por ejemplo, el enorme cariño y simpatía que hay allí por los reyes de España. Es sorprendente.

-¿Eso ayuda a que aquí entiendan un poco más a Kirchner o aún no le perdonaron sus reproches?

-Hoy la relación con la Argentina es de normalidad. Respecto de Kirchner, los alineamientos son claros. Hay una parte de la vida política española que le es hostil, pero el mundo socialista le tiene una gran simpatía.

-¿Son inteligentes el Partido Socialista y el propio Rodríguez Zapatero al mantener a Felipe González o es que no se lo pueden sacar de encima?

-El tuvo en los últimos años de su mandato problemas de corrupción que lo cuartearon mucho. Pero sigue estando en un puesto de relieve e influencia en la vida nacional. Hay que saber aprovechar la experiencia política de los otros.

-En la Argentina, eso consta con las empresas españolas, cuyos intereses inversores Felipe González defiende de modo firme.

-Puede ser. Pero yo me refiero más a la vida política. El Partido Socialista no da un paso seriamente sin contar con él.

-¿Es sano eso?

-Creo que eso demuestra la inteligencia y serenidad de sus actuales líderes. Para ellos, Felipe sigue siendo un activo muy importante.

-¿Revela eso fortaleza o debilidad del nuevo presidente?

-Habla muy bien de él. Se equivocaría mucho Rodríguez Zapatero si, como presidente, quisiera prescindir de la experiencia y la sabiduría política que tiene González. Y digo esto cuando nadie puede pensar que estoy cerca de sus posiciones. Discrepo profundamente, en lo personal, con muchas posiciones de Felipe, pero la objetividad obliga a reconocer que es un hombre con una extraordinaria lucidez y con una experiencia de gobierno y política de primera magnitud.

-¿Qué lo atrajo de la Argentina posterior al gobierno militar?

-Hubo etapas apasionantes. Personalmente, creo que fueron muy inteligentes las leyes de punto final y de obediencia debida. Tengo mis dudas sobre lo conveniente que sería ahora volver a sacar todo aquello, aunque también es cierto que hoy los militares no tienen tanta fuerza y que lo que ocurra no repercutirá tanto en la vida política.

-¿Cómo se ve hoy aquí a Hebe de Bonafini?

-Bueno, preocupa cierta demagogia. Aquí hay respecto de ella una actitud muy hostil, porque apoya al terrorismo de ETA.

-La Argentina vuelve a mirar su pasado en estos días.

-Personalmente, yo no lo haría. Eso fue lo que hizo la mujer de Lot y se convirtió en estatua de sal. Para los gobiernos, requiere más talento atraer con banderas ciertas de prosperidad y de futuro que quedarse en el pasado, cuando se trata de cuentas que sólo pueden remover aguas que, tal vez, es mejor no remover. Esa es mi opinión desde afuera, claro. Creo que lo mejor de la reconstrucción española fue esa capacidad de dejar de lado el pasado y crear el espíritu de la concordia.

-¿Qué piensa del intento por exhumar el cadáver de Federico García Lorca?

-El suyo fue uno de los asesinatos más viles, no de la guerra civil, sino de toda la historia de España. Pero la familia dijo que lo dejaran en paz, en la fosa común donde está. Creo que es el espíritu general de las nuevas generaciones en España: no quieren saber nada de eso, porque es parte del pasado. La gente mira a la prosperidad.

-Los argentinos citamos y recitamos el "ejemplo" de la transición española, pero imitarlo no nos sale.

-Es lógico. Suele olvidarse el papel que jugó el rey, que devolvió la soberanía al pueblo y lo primero que hizo el pueblo fue despojarlo de todo poder, para dejarle sólo el ejercicio del arbitraje y de la moderación. Y la representación de la nación y la jefatura de las fuerzas armadas.

-Parece que el rey influye hoy bastante poco.

-Bastante más de lo que se cree. Y al rey le sale fantástico, porque no fue elegido por ningún gobierno. Si el ex presidente Aznar llamaba a presidentes de autonomías, no iban ni siete. Los invita el rey a comer y van todos. Privadamente, hace una labor impagable en política, al acercar posiciones.

-¿Por qué la prensa española nunca lo critica?

-Creo que por agradecimiento a su papel en el fallido golpe militar de 1981, cuando, claramente, se puso del lado de los intereses del pueblo. Eso hace que cuando alguien habla mal del rey en un periódico, la gente no quiera saber nada. La monarquía funciona bien.

-¿No hay un acuerdo de editores, acaso?

-No, nada de eso. Es algo espontáneo. Unale a eso que el rey no tiene poderes ejecutivos y que no molesta a nadie. Y que es tan especialmente amable y cumplidor en su trabajo que cae bien a todo el mundo.

-¿Seguirá la monarquía con Felipe o no le ve uñas para guitarrero?

-No creo que haya problemas. Las instituciones están ya muy asentadas. Además, va a pasar mucho tiempo, porque el rey es relativamente joven. Tiene 66 años y está físicamente muy bien. Tiene para reinar como 20 o 25 años más.

-O sea que Felipe será como un Carlos de Inglaterra, siempre esperando a que abdiquen en su nombre.

-Será mayor cuando eso suceda. Diría que Felipe se convertirá en rey cerca de los 60. O tal vez más. Y, por lo tanto, será un hombre muy maduro.

-¿Es eso o es que usted no tiene ganas de ver a Letizia como reina?

-Por lo pronto, don Felipe eligió a una periodista, que es la profesión del siglo XXI. Ella trabajó conmigo un año, cuando yo dirigía ABC...

-O sea que usted la vio primero...

-[Se ríe.] Es una mujer muy inteligente, responsable, trabajadora, muy divertida. Don Felipe eligió bien.

-¿Qué molestó más, su condición de divorciada o de agnóstica?

-El divorcio es una realidad social y la monarquía forma parte de los tiempos en que vivimos. Una chica de su edad sin historia sentimental sería un monstruo y él, además, también la tiene. Lo que sí le hubiese generado rechazos habría sido una actitud negativa ante la religión. Todavía España tiene una base profundamente cristiana y religiosa.

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