La ciudad como protagonista

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22 de diciembre de 2007  

El muchacho de los senos de goma

Por Sylvia Iparraguirre

Alfaguara

$39

Pese a lo equívoco que puede sonar el título, El muchacho de los senos de goma , nueva novela de Sylvia Iparraguirre, no es la biografía de un andrógino ni mucho menos un texto escrito en las fronteras de los géneros. Nada podría ser más ajeno al universo queer que esta historia introspectiva y engagé , que ahonda en la subjetividad de tres personajes signados por la incomunicación y la soledad en una Buenos Aires retratada con crudeza y lirismo, al mejor estilo de Roberto Arlt. Nada más lejos de la ambigüedad sexual, del glamour de la silicona y las lentejuelas, que el desamparo de Cristóbal, un pibe de barrio fanatizado con los Redonditos de Ricota que, al cumplir 17 años, decide escapar de su casa y hacer su propia vida vendiendo en la calle baratijas imposibles -como unos "senos de goma para el stress ejecutivo"- que le provee un mayorista armenio y charlatán.

En su aventura, el adolescente se cruza con la señora Vidot, una viuda melancólica que se gana la vida traduciendo folletos de medicina, pero que sueña con traducir poesía alguna vez. Gracias a un malentendido, Cristóbal llega hasta la puerta de la viuda Vidot, que lo hospeda en su casona de Barracas, sin preguntar demasiado y sin acordar siquiera el costo de la renta. Por esta mujer, que lo duplica en edad, el muchacho experimenta un idilio fulminante y con ella tiene, además, una tarde de intenso erotismo accidental.

El tercer personaje de El muchacho de los senos de gom a es un intelectual de 39 años llamado Mentasti. Es el profesor de filosofía de Cristóbal. Lúcido, amargo, inasequible, Mentasti está obsesionado con el pensamiento y la vida del filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein. La novela empieza con una excelente descripción o ensayo sobre Buenos Aires vista a través de la mente exaltada de Mentasti, que acaba de volver de un breve y traumático viaje a Bolivia, donde fue a encontrarse con un viejo amigo que nunca asistió a la cita. No obstante, el viaje a Bolivia y la indagación en la vida de Wittgenstein son la causa de un áspero -y no muy aclarado, en términos narrativos- mutismo en el que, promediando la historia, desemboca este profesor que funciona un poco como una conciencia crítica en la articulación del relato.

Pero en realidad, la verdadera protagonista de El muchacho de los senos de goma es la ciudad, un espacio material y simbólico, familiar y extraño al mismo tiempo, que aparece representado como una deidad cruel e indiferente, "hembra desvelada" que tiene "la espalda curva, con una "postura fetal, de piernas recogidas", y cuyos "pies descalzos se pierden desguarnecidos en la oscuridad de abajo". Incluso podría decirse, sin riesgo de equivocarse demasiado, que la interioridad de los personajes es nada más que un accidente -un pliegue, una grieta o un agujero- en la configuración histórica y social de la urbe que aquí aparece claramente estructurada en un pequeño mosaico de tres voces y tres puntos de vista predominantes: el punto de vista reflexivo de Mentasti, el punto de vista empírico o puramente vivencial del adolescente Cristóbal y el introspectivo de la mano de la protagonista femenina.

El resultado es un modesto e íntimo documento social que no aspira, está claro, a representar la totalidad, pero que muchas veces toma un rumbo epigonal ya asentado por la narrativa decimonónica -Dickens o Balzac, por ejemplo-, y en otras parece un reflejo ralentizado, al ritmo quizás de un bandoneón, de Manhattan Transfer , la célebre y vertiginosa novela de John Dos Passos.

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