La cólera de un profeta contemplativo

El premiado escritor egipcio de lengua francesa, admirado por Albert Camus, Henry Miller y Boris Vian, concilia a los 92 años, la bohemia, el dandismo y la rebelión contra el poder, por medio de un estilo inimitable
Luisa Corradini
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6 de agosto de 2006  

El egipcio Albert Cossery suele ser considerado como el último gran dandi de la literatura francesa. Pero, a los 92 años, después de haber pasado más de dos tercios de su vida haciendo el elogio de la pereza, el autor de Mendigos y orgullosos es, mucho más que un dandi, un escritor fuera de serie, mezcla de Boris Vian y de Albert Camus: sus libros son como bombas de destrucción masiva que estallan lentamente arrasando todo a su paso. Es también un hombre extraordinario, libre, conmovedor, tan inesperado como surrealista.

¿De qué otro modo definir a ese personaje que se instaló en 1945 en París, en la habitación 58 del hotel La Louisiane, y allí se quedó para siempre? Sin trabajar -en el sentido habitual del término-, atado a la pasión de la escritura y de la bohemia: "Si aún sigo vivo es porque nunca tuve hijos, ni portera, ni cuenta de electricidad para pagar", reconoció durante una reciente entrevista con LA NACION.

Durante más de 60 años, Cossery hizo del Barrio Latino su horizonte definitivo: un café, el Flore; un restaurante, Lipp; y un jardín público, el parque de Luxemburgo, donde iba a buscar su inspiración. En ese ínfimo perímetro pasó cada jornada de su existencia, según un orden casi inalterable. En esa exigua geografía también se forjó el mito del escritor y del hombre, avaro de palabras, que sólo publicó ocho libros (ver recuadro) en toda una vida literaria. "Si no tengo nada que decir, no escribo", resume.

La verdadera explicación es que Cossery presta una atención casi maniática a cada texto. Escoge sus adjetivos y pule cada frase en forma obsesiva: "Para que sean perfectas, tanto en ritmo como en sentido, a veces las reescribo veinte veces", reconoce. Esperar, recomenzar, reflexionar... "Puedo quedarme tres meses sin escribir una sola línea. Es una forma de dejar que las cosas se pongan en su lugar", murmura.

En esos ocho libros dejó hablar a aquellos que conoció en su tierra natal: los pobres, los marginados, los mendigos y los vagabundos, los que se arreglan como pueden, y los asesinos, los místicos, los locos, las prostitutas y los vagos. "Los conozco a todos. Los vi y les hablé", afirma.

Cossery alcanzó la celebridad en 1990, cuando su obra recibió el Gran Premio de la Francofonía y, un año después, el premio Mediterráneo. Hasta ese momento, era considerado uno de los mayores auteurs-cultes de la literatura francesa contemporánea, adorado por un reducido círculo de lectores que comentaban sus libros en cenáculo. El año pasado, la Société des gens de lettres, le otorgó el gran premio Poncetton por el conjunto de su obra: "Ya era tiempo", lanza con ironía. Por esas razones, entre otras, la reciente publicación de sus obras completas se transformó en un acontecimiento literario.

Entrevistar a Albert Cossery es un privilegio raro y una experiencia inolvidable. "Desde que lo operaron de la laringe, hace unos años, casi no puede hablar", había prevenido su editora, Joëlle Losfeld. Imposible imaginar, sin embargo, que la intervención le dejó apenas un susurro, sólo un aliento de palabras que pronuncia con extrema dificultad; que no poder hablar lo irrita y lo desanima. Es necesario acercarse a él y prestarle extrema atención. "No consigo hablar. Tampoco puedo escribir ni caminar por culpa de la artrosis. Por suerte me quedan los ojos para leer", dice sin melancolía.

Cossery nació en El Cairo, en 1913, en el seno de una familia de pequeños propietarios. "Mi madre sólo hablaba árabe y era analfabeta. Mi padre leía el diario a duras penas", recuerda. Pero Albert, que asistió a una escuela católica y al Liceo Francés, siempre supo que sería escritor. Tenía diez años cuando comenzó a garabatear sus primeras páginas en francés "Era el idioma de los libros", explica. Con la adolescencia llegó el descubrimiento de los clásicos. "Leí a Balzac con tanta pasión que, cuando llegué por primera vez a Montparnasse, a los 17 años, tenía la impresión de conocer cada rincón del barrio".

Durante la guerra, Cossery fue camarero en un transatlántico que viajaba entre Port Said y Nueva York. A bordo escribió su primera novela, La casa de la muerte segura , antes de regresar a Francia para instalarse definitivamente en esa habitación de hotel de la rue de Seine. Por entonces, ya había entrado en literatura como se entra en religión: "La única cosa que siempre tomé en serio fue la escritura", confiesa. Hay que creerle, porque Albert Cossery nunca se tomó la existencia como un monasterio.

En el Saint-Germain-des-Prés de la posguerra, los amigos del joven egipcio se llamaban Albert Camus, Lawrence Durrell, Alberto Giacometti o Henry Miller... "Frecuentábamos La Rose Rouge. Fue allí donde conocí a Boris Vian. ¡Cuánto amábamos la vida! ¡Y las bellas mujeres! ¡Cada noche era una fiesta! El mundo entero se encontraba en ese barrio", evoca sin un atisbo de nostalgia. Sin otra actividad que la noche y la literatura, Cossery sobrevivió gracias a su red de amigos en ese París legendario: "Los galeristas me regalaban algún cuadro que yo revendía para pagar el alquiler. En el café de Flore, mi crédito era permanente. Mi amistad con Camus, Nimier o Durrell era una garantía más segura que la de un banquero", recuerda.

En 1931 apareció, en árabe y en francés, su primer libro de cuentos, Los hombres olvidados de Dios que Henry Miller hizo publicar en 1940 en Estados Unidos con un comentario: "Ningún otro autor vivo ha descrito en forma más sobrecogedora e implacable la vida de aquellos que, en el género humano, forman la inmensa masa sumergida". Antes de ir a París, durante días y noches, Cossery recorrió los barrios pobres de El Cairo. Desde entonces conservó esa obsesión por contar los dramas de una sociedad al margen, sólo preocupada por sobrevivir. "La miseria siempre me sublevó", insiste.

En Los hombres olvidados de Dios , el gendarme Gohloche se vanagloria de haber sofocado la rebelión de una banda de pobres diablos: "La noche anterior había librado batalla contra un escuadrón de barrenderos que sólo pedían no morir de hambre. Su intervención había sido juzgada merecedora de todos los elogios en las altas esferas", escribió. Albert Cossery siempre detestó el orden establecido, el poder. "Todos esos por los cuales llega la corrupción." Esa toma de conciencia precoz lo llevó a una absoluta indiferencia hacia los bienes materiales. "No poseo nada -afirma-, soy totalmente libre."

Los personajes de sus novelas son los heraldos de esa filosofía más sutil y compleja de lo que parece. Por ejemplo, Gohar, el profesor de Mendigos y orgullosos , opta por la pobreza "porque enseñar la vida sin haberla vivido era el crimen de ignorancia más detestable". El profesor se convierte entonces en administrador de un burdel, donde redacta la correspondencia de las prostitutas hasta que su destino, bajo los efectos del haschisch, se transforma en una novela policial. Cossery posa la misma mirada implacable -y a veces premonitoria- en La casa de la muerte segura , donde los habitantes de un edificio insalubre, "destinado al diablo", terminan por sentirse casi tranquilizados cuando alcanzan la certeza de que la casa se va a desmoronar.

En Los haraganes del valle fértil , la obsesión permanente de los miembros de una familia es la de dormir. Una forma de olvidar, de escapar de lo insoportable. Cuando el menor, Serag, decide a pesar de todo buscar trabajo, la narración cae en un absurdo devastador: "Desde que se había enterado por Rafik de que en ciertos países los hombres se levantaban a las 4 de la mañana para ir a trabajar en las minas, Serag trató de hacer lo mismo. En un armario, había descubierto un viejo despertador fuera de uso, y lo había reparado con la intención de usarlo. [...] El primer día, el sonido estridente del artefacto casi provocó una revolución [...]. Poco habituado a esa ruptura violenta del sueño, Serag lo había dejado sonar interminablemente, creyéndose en plena pesadilla. Cuando por fin abrió los ojos, se convenció de estar listo para una sorprendente actividad. Pero, pocos minutos después, no sabiendo qué hacer, se volvió a dormir".

Cossery confiesa que su familia le sirvió a veces de modelo: "Mi padre no trabajaba; abría los ojos a mediodía. Yo mismo, salvo para ir a la escuela, nunca me levanté al alba..." Su vida ha sido un elogio a la pereza: "A esos que reflexionan sobre el mundo", corrige. Para Cossery, se trata del arma absoluta: "Cuando el hombre puede reír de lo que le sucede, nadie más tiene poder sobre él. En Egipto, la gente sabe tomarse el tiempo para burlarse de todo".

Para muchos, el ejercicio de la contemplación podría haberle dado el don de la profecía. Une ambition dans le désert (Una ambición en el desierto), escrito en 1984, anuncia claramente la Guerra del Golfo. Asimismo, en Los colores de la infamia , publicado en francés en 1999, es difícil no ver la premonición del 11 de septiembre. "Mis libros son la verdad como aparece en los diarios. Lo más original que puede contar un escritor se encuentra en la calle", agrega con la simplicidad de aquellos a los que ya nada sorprende.

Sin embargo, ha conservado una sensibilidad de adolescente. Esa capacidad de emoción y de cólera habita sus libros y cada uno de sus gestos. También está presente en un cuidado extremo de sí mismo, a pesar de la edad y de la enfermedad. Ese eterno esmero, junto al "ejercicio existencial de la inactividad", contribuyó a forjar su reputación de dandi. "Siempre puse un cuidado particular en vestirme bien. Eso es todo. Es una cuestión de respeto. Mi padre se vestía como un príncipe", precisa.

Sentado en la minúscula salita de recepción de ese hotel modesto y sin pretensión de la rue de Seine, Albert Cossery recibe "como en su casa". En este día de calor canicular en París, viste una camisa sport beige y un pantalón de algodón a cuadros en dos tonos de marrón, impecablemente planchados, que apenas consiguen ocultar su extrema delgadez. "Por el momento estoy vivo. Es lo esencial", se excusa con una sonrisa.

¿Satisfecho con la publicación de sus obras completas? Hace un largo silencio: "Me gusta la tapa...". Después de otro prolongado silencio agrega: "Sólo me gustaría que, después de haberme leído, la gente no tenga ganas de ir a trabajar al día siguiente".

La réplica llega en la voz extraordinaria de uno de sus asiduos visitantes. "Las obras de Albert tienen una sabiduría tan profunda, posan una mirada tan justa y sin concesiones sobre el mundo, que uno termina por preguntarse si, en efecto, es razonable levantarse para ir a trabajar. Después de leerlo, ya no queda espacio para la ambición, para el trabajo o para el dinero". Dicho esto, el actor francés Michel Piccoli, puso una rodilla en tierra delante de Albert Cossery y, con el gesto de sumisión de un caballero medieval, le suplicó: "Bendíceme, padre, antes de partir".

Nuestra entrevista podía comenzar.

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