La esgrima del pincel

Un recorrido por las galerías porteñas suscita reflexiones sobre el uso del color, la incorporación del paisaje como tema excluyente y la fecunda relación maestro-alumno
Un recorrido por las galerías porteñas suscita reflexiones sobre el uso del color, la incorporación del paisaje como tema excluyente y la fecunda relación maestro-alumno
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27 de agosto de 2000  

Miguel Dávila nació en La Rioja en 1926. Fue alumno de Policastro y cursó estudios en la Universidad de Tucumán, donde tuvo como maestros a Lino Enea Spilimbergo y Pompeyo Audivert. Bien lo apunta su comprovinciano, el crítico y poeta Raúl Vera Ocampo, a comienzos del ensayo que dedica a Dávila: "El artista es una geografía humana. Esta afirmación, que puede resultar incoherente para muchos, está sostenida por una observación que implica la relación del creador artístico -cualquiera quesea su disciplina- con su entorno". Lo dicho corrobora la afirmación de que toda cultura es diálogo del creador con su medio.

Imposible, pues, separar a Dávila de su entorno riojano, más allá de sus andanzas que lo llevaron becado por concurso a París o su radicación en Buenos Aires. Sus ancestros y los aires que inspiraron a Joaquín V. González lo han acompañado siempre.

Si bien atravesó por diversas etapas, desde la neofiguración hasta la actual, siempre Dávila se mostró un artista respetuoso de las leyes que presiden todo arte: procurar insertarse en el mundo de la trascendencia.

En la actualidad, pinturas de la década de los 90, lo que predomina en sus composiciones paisajísticas es su sabio y a la vez ardiente manejo del color. Sus pinceladas son siempre certeras, como las estocadas de un diestro esgrimista. Tierra o cielos, árboles o nubes, siempre el resultado final habla de destreza de aciertos y de inspiración.

Miguel Dávila es, a no dudarlo, uno de los creadores que merecen lugar de privilegio en un medio artístico que por su calidad ocupa rango de primera fila en el ranking mundial.

(En Galería Lo Scarabeo, Vicente López 1661, hasta el 2 de septiembre.)

Basia Kuperman

Inicia su comentario en la presentación de la muestra de Basia Kuperman el crítico Enrique "Quique" Horacio Gené con estas palabras: "...Muchas veces, mientras lápiz en mano imagina los futuros trabajos, se le aparecen el Partenón y el Big Ben, la Torre de Pisa y los puentes del Sena, que ha visto y disfrutado en distintas oportunidades, como expedicionaria de su propia cultura, y hasta algún paisaje natal de aquella tierra nevada que quedó en la distancia pero no olvida..."

Basia vive y trabaja en Buenos Aires; lo que es más concreto, lo hace en uno de esos barrios alejados del bullicio y el ajetreo febril del Centro; por eso quizá su plasmación de los paisajes de las calles y las casas que transita a diario tiene esa tranquilidad y me atrevo a decir esa dignidad que, como dijo Miró en alguna oportunidad, más allá de su modestia de tamaño no quieren cederle a las del Partenón, que no por casualidad recuerda Gené.

Planos contundentes de colores netos, muy elaborados en la paleta hasta dar con el tono justo, algo equivalente al "mot juste" que predicaba Flaubert. Basia es una artista que ha alcanzado la plena madurez; quizá por eso nos evita todo tipo de estridencias y de desplantes a los que son afectos los primerizos en esta difícil materia que es la pintura. Por todo ello no dejamos pasar esta exposición sin rendirle nuestro cálido y merecido tributo de admiración.

(En Galería Ursomarzo, Arenales 921, hasta el 30 del actual.)

Osvaldo P. Monteverde

Osvaldo Pedro Monteverde firma sus trabajos, con buen criterio, Monteverde. Por ello, así me referiré en mi comentario a sus obras.

Estudió pintura con Mario Canale y con Demetrio Urruchúa. Siempre pensé que los discípulos tienen los maestros que se merecen y Monteverde no es excepción, ya que registra en la reciedumbre de su arte las huellas del gran Vasco.

A Monteverde, en todas y cada una de sus bien empastadas pinturas, podría aplicársele esa palabra favorita del presidente John F. Kennedy: "vigour"; no solamente porque maneja sus pinceladas vigorosamente, sino también porque sus formas referidas al paisaje o a cualquiera de los temas que trata vuelcan su preferencia por la expresión de su vigorosa personalidad.

Mi primera impresión al recorrer la muestra fue la de que bien podría haber invertido más en delicadeza; pero a medida que me fui familiarizando con sus trabajos fui tomando partido en favor de este arte que, en la fuerza de sus trazos y el estallido de los colores de su rica paleta, nos dice de una voluntad afirmativa, un espíritu que apuesta a la franqueza.

Creo que Monteverde merece los elogios que le han prodigado los críticos italianos y el halago de los premios y exposiciones que ha cosechado a lo largo de una fructífera trayectoria.

Zonas portuarias o campos, plantas o nubes, el todo conforma una visión que llama a la admiración y al respeto.

(En Galería El Socorro, Suipacha 1331, hasta el 4 de septiembre.)

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