"La esperanza es activa, positiva, no se pone de brazos cruzados"

"El Palacio de los Patos", su última novela, enfoca un siglo en la vida de varias familias
Mariano De Vedia
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10 de diciembre de 2001  

"Maestro, ¿qué ha querido decir en este poema?", le preguntaron al poeta inglés James Boswell. Y él respondió: "Cuando lo estaba escribiendo, sólo Dios y yo sabíamos qué quería decir. Ahora, sólo Dios lo sabe".

Con esta anécdota, la escritora María Esther de Miguel describió la cuota de azar a la que siempre está expuesto un novelista cuando se sienta a escribir. Ella acaba de sentirlo en carne propia con "El Palacio de los Patos", su última novela, editada por Alfaguara. Allí relata historias de distintas familias que habitan en el suntuoso edificio, en un clima de intriga, pasiones y sospechas, en el que no falta un crimen. Pero la autora sólo definió quién era el asesino en los momentos finales en que escribía la novela.

"Inventé un Palacio de los Patos distinto del real, que no es de los años 30, como el de Las Heras y Ugarteche, sino que está ambientado en 1890", cuenta María Esther de Miguel, en una entrevista con LA NACION.

El hilo conductor de la trama es la sucesión de familias que habitan el palacio a lo largo de un siglo, con situaciones que se entrelazan con la historia argentina.

El "clic" o disparador que inspiró a María Esther de Miguel para su nueva novela fue la lectura de un artículo de Italo Calvino en "Seis propuestas para un nuevo milenio", donde hablaba de una novela global, totalizadora.

"Pensé qué lindo sería hacer no un personaje, una circunstancia, sino una cosa más amplia. Reuní historias sacadas de la realidad, y las hago transcurrir a lo largo de todo el siglo", contó la autora, que incluye como telón de fondo en su novela los temas de la celebración del Centenario, la Revolución del 30, Perón, la quema de las iglesias, el retorno al poder, los años de la represión, la llegada de Alfonsín. Incluso, sobre el final, un personaje le pregunta a otro: "¿Quién va a ganar, Duhalde o De la Rúa?"

La narradora encontró similitudes entre la situación que vivía el país en 1890 y el presente. "Dominaban la escena el juego de la Bolsa, la especulación, un gobierno malo como el de Juárez Celman, el empobrecimiento de mucha gente rica, la clase media que se venía abajo", relata, aunque aclara que la novela no esconde intencionalidades políticas.

Ello no implica que no esté preocupada por la delicada situación social y los sacudones de la crisis. La angustian mucho las inquietudes ciudadanas, y por eso, en el diálogo cotidiano, María Esther de Miguel deja poco espacio para la literatura.

-En tiempos de crisis, ¿la actividad cultural puede ser más enriquecedora?

-Es más necesaria y a veces imprescindible. A veces lo que uno necesita es la palabra. Recuerdo una anécdota jasídica en la que alguien le dice al Rabí: "Maestro, Abraham se murió de hambre. ¿Cómo se murió de hambre? ¿No se habrá muerto de soberbia, por no pedir un pedazo de pan?"

-En este escenario, ¿tienen más responsabilidad los escritores y quienes se ocupan de la producción cultural?

-Implica más responsabilidad para todos. Este país lo construimos entre todos o no lo construimos. Me espanta ver cómo cada uno tira para su lado. Las dicotomías nos han hecho mucho mal. Nosotros nacimos bajo el signo de la división: federales y unitarios, azules y colorados, y seguimos ahora dentro de los partidos. Es como la subdivisión del átomo, parecemos una sociedad cancerígena, que nos reproducimos perversamente. Hay que llegar a la unidad, al denominador común. Salvemos a la patria.

-¿El país les da espacio a los intelectuales?

-Los argentinos no tenemos muchos espacios en este momento. Esta es una sociedad muy alterada, como los personajes de Maitena. Tenemos escritores muy buenos, pero la falta de proyección los obliga a hacer muchas tareas complementarias.

-¿Qué se puede esperar del futuro?

-Yo soy muy amiga de la esperanza, no de la espera. El que espera desespera. En cambio, la esperanza es activa, más positiva. Porque tengo esperanza hago esto y hago lo otro. Tiene un objetivo. La esperanza no se pone de brazos cruzados. Inicia acciones y oraciones. La Argentina ha vivido a saltos de mata desde los años 30. Me desespera lo que se está hablando ahora. Por un lado, paros. ¿Para qué más paros si ya estamos parados? Por otro, la acefalía. Hablemos de un pacto, no de una acefalía. Es con la unión que vamos a salir.

-¿Cómo se explica que descienda el consumo de libros cuando cada año crece el número de visitantes a la Feria del Libro?

-El descenso de los libros es porque la gente tiene menos dinero. La Feria del Libro se ha convertido en una especie de Universidad de la Calle. Los argentinos canonizamos ciertas cosas: lo tenemos a Maradona, a Gardel, a Eva Perón ... y tenemos la Feria del Libro, gracias a Dios.

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