La fiesta de la palabra

Se entregó el Premio Ensayo LA NACION-Sudamericana 2005 en un acto celebrado en el Alvear Palace Hotel. La ganadora, Ivonne Bordelois, pronunció un discurso que reproducimos en estas páginas
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9 de octubre de 2005  

Quisiera contarles una pequeña historia de este libro. Mi libro anterior, La palabra amenazada (Libros del Zorzal), nacido de un artículo publicado por LA NACION, alcanzó una repercusión imprevisible y generó una cadena de contactos muy diversos y muy ricos: me llamaron grupos de músicos, talleres literarios, asociaciones de psicoanalistas, asambleas barriales, universidades y colegios -todos para seguir comentando los temas planteados. Sentí entonces con mucha fuerza que el tema no me pertenecía subjetivamente, sino que estaba en el aire como el propósito firme de un grupo muy vital de procedencias sociales e ideológicas muy diversas.

El material que fue naciendo de esas conversaciones representó un aterrizaje existencial y concreto: un despliegue, en lo cotidiano e inmediato, de la crítica y los proyectos que implicaba La palabra amenazada. Naturalmente, fui tomando nota de toda esta reflexión comunitaria, y cuando se abrió el concurso pensé que fusionar todas estas ideas en un ensayo sería la prueba de fuego para la validez de mi empeño en contagiar a los argentinos la pasión por el rescate de la palabra. Mi estrategia y mi propósito fundamental fue convencer al jurado de que la palabra es una prioridad absoluta para nuestra recuperación como sociedad hablante y pensante. Naturalmente, tuve en cuenta que los temas políticos, históricos, económicos y sociales, que son los que prevalecen en este momento, serían rivales legítimos en estas circunstancias.

Me pareció importante, además, trazar un diagnóstico severo sin dejar de señalar, al mismo tiempo, los proyectos que pudieran volver más visible una conciencia del habla que nos devuelva plenamente la confianza en la energía y alegría de la palabra, esa fuerza sagrada que a pesar de todo permanentemente nos habita. El premio, entonces, no me corresponde exclusivamente como persona sino -eso creo y eso espero- como representante de un viviente y vigoroso grupo que está alerta ante los ataques que sufre la palabra, sí, pero que también sabe que esos ataques no pueden nunca destruír ese carozo central de gozosa identidad y comunidad que es nuestro lenguaje. Estamos entonces ante una batalla que no es sólo una batalla sino también una esperanzada celebración. Estamos ante la fiesta de la palabra.

Mal traída y mal llevada como está, la palabra encuentra lugares de resistencia, y este libro quiere ser ante todo un lugar de resistencia. Si la palabra está bajo fuego enemigo es porque la fuerza y el poder de la palabra son temibles, y de allí la necesidad de aniquilarla. De la palabra nace el espíritu crítico y la inspiración creadora, de la palabra el juego, el poema, el canto y el amor, de la palabra nacen la memoria y el conocimiento, de la palabra nace la libertad. Y si se quiere destruir con tanto ahínco la palabra es porque se necesita una sordomudez fundamental para aceptar la inmensa cantidad de chatarra política, comercial y mental que nos rodea y nos asfixia sin cesar.

Yo propongo, en tren de celebración, que salgamos de los bellos salones del Alvear, de esta preciosa y generosa fiesta que nos ofrecen LA NACION y Sudamericana. Salgamos en un vuelo imaginario de nave espacial, en un vuelo feliz, y aterricemos bajo las estrellas en algún lugar desierto y desnudo de La Pampa, donde brillara como la zarza ardiente un inmenso fogón. Y acaso entonces nos encontraríamos con Don Segundo Sombra contándonos un cuento endiablado, con Borges entonando una ironía, con Martín Fierro, consolándose con su cantar como el ave solitaria. Y en el centro de la fogata, ardiendo sin consumirse, la primera página del Facundo de Sarmiento. Y alrededor, cantando, Leda Valladares y una desgarradora coplera colla; y Ana María Bovo más allá contando sus deliciosos cuentos, y María Elena Walsh con una canción para los chicos, y un cantautor de San Telmo, y un payador amigo de Félix Luna entonando sus estrofas, y un grupo de chicos cantando en un rincón de barrio una canción de Jorge Drexler.

Y Olga Orozco recitando un poema como si fuera un tango y cantando un tango como si fuera un poema, y el Teuco Castilla, tan hijo de su padre, el gran Leopoldo Castilla tan de Salta, diciéndonos de sus grandes viajes estelares, y Santiago Kovadloff improvisando con su maravilloso pico de oro, y los talleres de Marcos Silber y Ana Emilia Lahitte derramando poesía por todas las rincones, y Fabiana Rey inventando y dramatizando grandes diálogos de poesía con retazos de poemas de Alejandra Pizarnik y de Idea Villarino. Y más y más y más. Y nosotros felices, emborrachándonos de alegría con las hermosas palabras que sí supimos conseguir.

Y siguiendo con nuestra fantasía, imaginemos luego que la nave espacial nos devuelve a un living donde nada falta pero acaso todo sobra, un living donde estamos sí, muy seguros, pero también secretamente aburridos hasta la muerte, un living donde se nos dispensan semanalmente treinta horas de fútbol, veinte de recetas culinarias, cuarenta de niñitas desnudas y cincuenta entre discursos políticos y discusiones económicas o telenovelas bocasucias, que más o menos en algún momento parecen llegar a ser lo mismo.

Entonces recordaríamos el gran fogón apasionado del que venimos y sentiríamos que detrás de todas esa hojarasca, detrás de toda esa mentira, detrás de toda la blasfemia, detrás del chisme mal nacido y del griterío ensordecedor, detrás de toda esa vieja y arrastrada trivialidad que aún no hemos desandado, se esconde la negación de la palabra, la férrea voluntad de destierro de la palabra, un exilio que se nos impone contra nuestro deseo más profundo, contra nuestra inocencia y transparencia más profundas.

Yo pido y exijo para todos nosotros el lugar de la palabra. Palabras para extendernos al sol y para bañarnos de luna. Palabras para hacer un fuego, palabras para hacer un juego, palabras para hacer el amor, palabras para hacer la paz, palabras para rehacer y renacer nuestro hermoso, querido y vilipendiado país.

Hermosas palabras, palabras ciertas, palabras que nos curen y nos hagan resucitar. Palabras dignas, ardientes, transparentes, valientes. Palabras para celebrar la palabra. Para nosotros, para nuestros hijos y para todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino.

Fotos: F. Marelli, G. Seiguer, R. Pristupluk y R. Néspolo

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