La incierta condición de los soldados extranjeros

Los reclutas de Al-Qaeda, en peligro
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10 de diciembre de 2001  

La historia del norteamericano John Walker conmovió esta semana a la opinión pública de su país.

Hijo de padres católicos y educado en colegios religiosos, a los 16 años se convirtió al islamismo, tras leer una biografía del líder negro musulmán Malcolm X.

Cambió su nombre por el de Abdul Hamid y se unió a los talibanes para ayudar a crear un “estado islámico puro”. El martes último fue hallado entre los combatientes talibanes capturados por la Alianza del Norte en Afganistán.

Su caso no es el único. Hay, al menos, otros dos estadounidenses que han sido apresados por las fuerzas aliadas en Afganistán.

Tras la rendición de Kandahar y con el nuevo gobierno transitorio en el poder, uno de los principales problemas será la situación de los extranjeros alistados en el ejército talibán.

Durante la dominación soviética en los años 80, unos 35.000 musulmanes de distintos países del mundo se unieron a la resistencia. Osama ben Laden, uno de ellos, reclutó allí a muchos para su organización, Al- Qaeda (la Base).

Su carácter multinacional quedó en evidencia en octubre último, cuando se condenó a los responsables de la voladura de la embajada de Estados Unidos en Nairobi, Kenya, en 1998. El grupo, parte de Al- Qaeda, estaba integrado un jordano, un tanzano, un saudí y un libanés nacionalizado norteamericano.

Hace dos semanas, durante el combate en las afueras de Kabul, se supo que entre los 1000 guerrilleros talibanes había 400 paquistaníes, chechenos y árabes.

Existe entre algunos afganos, según lo han manifestado, la creencia de que sus males se explican por la presencia de guerrilleros extranjeros que se sumaron a la jihad (guerra santa) de los talibanes.

John Walker, a diferencia de otros detenidos, no será juzgado por tribunales militares, según dijo ayer Richard Prosper, embajador especial para crímenes de guerra de Estados Unidos.

Por el contrario, no es imaginable el mismo trato para los otros extranjeros apresados. La dificultad estará en evitar que sean presa de la violencia, una tradición ancestral en Afganistán.

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