La Italia de Mussolini, según Joseph Roth

Verónica Chiaravalli
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29 de noviembre de 2013  

En 1928, Joseph Roth viajó a Italia enviado por el diario alemán Frankfurter Zeitung para retratar el país de Mussolini. Roth investigó, reflexionó, cotejó datos y sistemas políticos y, sobre todo, observó escrupulosamente el conjunto y los detalles (nunca banales) del gran fresco que le ofrecía la vida cotidiana bajo el fascismo. El resultado fue una serie de artículos que el periódico publicó, en octubre y noviembre de ese año, con el título " La quarta Italia ", que luego integraron volúmenes sobre su obra y que ahora reaparecen, publicados en un delicioso librito de sesenta páginas, con el mismo título, en la colección Etcetera de la editorial italiana Castelvecchi.

En cuatro crónicas sucesivas Roth narra lo que ve, con ironía, coraje y un sentido del tempo magistral que marca el crescendo dramático desde su primer encuentro con la dictadura hasta la atmósfera opresiva e intimidatoria que se respira sobre el final de su trabajo. Dice Roth: "Italia es todavía -y más que en tiempos pasados- un país para parejitas en viaje de bodas y no para periodistas. Desea extranjeros con un interés unívoco por el pasado, las ruinas, los museos y el Vesubio. Nadie sabe qué hacer con los extranjeros que tienen pasión por la actualidad italiana, por la libertad de prensa, por la situación del proletariado y por la condición financiera del Estado".

El escritor señala el contraste asombroso entre la teatralidad pueril del fascismo, desplegada en desfiles y actos públicos, en los ademanes y la vestimenta de sus acólitos, y la crueldad real que el régimen es capaz de infligir. Dedica su artículo "Dictadura en vitrina" a analizar el papel central de la fotografía en la construcción del relato mussoliniano, por medio del registro minucioso de la vida cotidiana del líder, retratado siempre en situaciones edificantes, solemnes o de impecable felicidad doméstica. Y en "La policía omnipotente" narra, en tono entre risueño y siniestro, la torpe vigilancia que intentaba practicar el portero del hotel donde se alojaba, puesto a espía.

Es singular (y de resonancias todavía actuales) la crónica "El sindicato de los periodistas". Allí, después de explicar los mecanismos de censura a los que está sometida la prensa ("¿Qué encuentra el lector en el diario italiano? Un exhibicionismo del sentimiento tutelado por la ley"), refiere el diálogo que mantuvo con un joven reportero fascista que lo entrevistó: "¿Qué pensaba yo de su diario? ¡Que era igual a los otros! Citó a un periodista inglés que le habría dicho que su diario -el del colega italiano- era óptimo. ?Entonces, o el inglés era un pésimo periodista, o mintió', dije. ?¿Por qué un pésimo periodista?' ?Porque un enviado que aprueba la prensa censurada no puede ser un buen periodista.' ?¿La censura sería, de todos modos, necesaria y moral?' ?¡Si fuera moral no sería necesario el diario!'" La reflexión final del periodista militante produce escalofríos: "No -explicó-, censura y diario se complementan".

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