La justa belleza

Por Guillermo Saavedra Para LA NACIÓN
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30 de agosto de 2000  

A través del teléfono llegan, nítidos, unos cuantos bocinazos catalanes. Involuntaria cortesía de algunos automovilistas para que uno imagine, desde aquí, el departamento luminoso, en pleno centro de Barcelona, en el cual Juana Bignozzi (Buenos Aires, 1937) vive dedicada a la traducción y a la escritura de magníficos poemas. La autora de La ley tu ley , libro reciente que reúne buena parte de su obra, se da a la conversación con una intensidad a veces teñida de cautela y otras, de un humor de sesgo rioplatense: "En esta casa, vive gente que tiene varios oficios. Uno de ellos es la poesía pero la casa no se mueve al ritmo de la ansiedad por la publicación, las críticas o los premios. Hago una vida absolutamente normal: leo el diario, cocino, traduzco, me dedico mucho a la pintura, hablo por teléfono a Buenos Aires, viajo. Hugo, mi marido, me acompaña desde hace treinta años. A veces tengo miedo de parecer una mujer demasiado normal y que los demás digan: Ô¿Cómo es posible que escriba versos?´" Tal vez porque hace años decidió poner la singularidad en su obra antes que en la vida, Juana Bignozzi ha ido forjando una voz poética solitaria y original, hecha de austeridad y lucidez y bastante ajena a las marcas de la generación del sesenta, a la que pertenece. Al mismo tiempo, detrás de la engañosa normalidad de su vida actual, hay una infancia y una juventud que la propia escritora reconoce como cruciales en su formación. Bignozzi, orgullosa de lo que alguna vez llamó "aristocracia obrera", fue la hija única de un matrimonio proletario: "Mi madre fue obrera textil y luego hacía trabajos de costura en casa. Mi padre fue un obrero panadero que militó en el anarquismo y luego, con la llegada de Perón, al crearse el sindicato único que para él fue un golpe brutal, pasó al comunismo; pero nunca dejó de pensar como un anarquista. Sus ideas lo alejaron del resto de la familia y nosotros éramos sólo tres, para quienes era más importante el exterior que el interior de la familia. En esa casa, descubrí que las ideas unen pero también separan y que, si uno decide ser fiel a lo que piensa, no hay refugio posible. Tal vez por eso nunca pude ampararme en los ghettos, ni siquiera en ese gran ghetto que era el Partido Comunista Argentino; nunca pude poner el sentido de pertenencia a un grupo por encima de lo que pienso. Y no porque sea una individualista exacerbada (en realidad, soy totalmente gregaria). En la casa de mis padres, los amigos constituían una familia, formada por gente que no era de la familia. Esto me ha marcado mucho, al igual que la idea que mi padre tenía de la mujer y que, sin duda, le venía del anarquismo: un respeto total unido a una total exigencia de libertad; no concebía a una mujer que no trabajara y que no fuera independiente. Estoy hablando de un hombre que hoy tendría cien años".

La autora de Mujer de cierto orden (1967) y otros libros, en los cuales lo político y lo social pasan siempre por la aduana de una primera persona crítica y distanciada, sigue enhebrando el hilo de sus evocaciones. El hilo es tan firme como para disolver por un momento la distancia atlántica en que se da la charla y traerla otra vez de cuerpo entero. Imagine el lector, para una voz aguda que muele las erres como Julio Cortázar, un cuerpo imponente y unos ojos luminosos. Imagine el lector que esa voz dice: "Para mi padre, la cultura no era un lujo sino una necesidad. Vivíamos en la pobreza pero no en la sordidez, que es lo que veo ahora en la Argentina: gente quebrada y por debajo del umbral de la miseria. El solía quejarse de los pobres que no iban al Colón, consciente de que hay cosas más importantes que el dinero. En esa casa se leía el diario y, por la noche, leíamos juntos libros como El crimen de la guerra . En su día franco, mi padre me llevaba al Colón, al circo, a ver títeres. Además, él tenía un grupo de amigos, con los que había empezado a trabajar a los dieciséis o diecisiete años, que venían mucho a casa y mantenían esa cosa gremial, profesional, un tipo de conciencia social que a mí me ha quedado. Mi padre decía que un obrero no tiene que tener dos trabajos, que un obrero no quita el trabajo a otro, que tiene que respetar su día feriado y todas las conquistas que a ellos les habían costado tanto y hoy han sido arrasadas. A veces, venía a visitarme un domingo y, al verme trabajando, me preguntaba si no le estaba sacando el trabajo a alguien".

A comienzos de la década del 50, en el modesto barrio de Saavedra, sólo dos chicas siguieron la escuela secundaria: la hija de un constructor adinerado y Juana Bignozzi. "Lo que cambió mi vida, lo que me dio una vida para la cual no había nacido fue el hecho de que mis padres dijeran: ÔComo sea, pero debe ir al secundario´. En el colegio, descubrí la diferencia que hacía en mí la ideología, la insólita libertad que yo tenía. Si decía que iba a tal lugar, jamás me controlaban; podía recibir a mis amiguitos en casa y, claro, estas cosas me iban dejando sin amigas."

La ley tu ley, título de la obra reunida de Juana Bignozzi, alude sobre todo a esa ley paterna que la marcó para siempre y que ella misma resume con una paradoja: "una ley que nunca me pesó pero que sufro hasta el día de hoy". Tal vez porque es imposible renunciar a la idea de justicia cuando se la ha aprehendido. Y esa idea, recibida como un don de un padre libertario, se alimentó desde siempre, en el caso de Bignozzi, del amor por la cultura letrada. ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas? "Primero -recuerda- los cuentos infantiles de Andersen y de Constancio Vigil, los cuentos anónimos franceses e italianos, la poesía de Francisco Luis Bernárdez. Después, accedí a otros libros: el cancionero español y multitud de biografías y novelas históricas. Creo que fui la única chica que leyó con alegría El santo de la espada . Ya en el secundario, empecé a leer de modo aluvional toda clase de cosas que sólo mucho después pude poner en el casillero adecuado. A los catorce años, por ejemplo, había leído casi todo Zola. También empecé a leer poesía argentina porque tuve la suerte de tener un profesor que era amigo de Rega Molina. Más tarde, al vincularme con los intelectuales del Partido Comunista, mis lecturas comenzaron a ser más conscientes: Tuñón y todo el recorrido propio de una joven de los años 60. La literatura francesa me vino de los ocho años en que estudié francés en la Alianza. Y a la italiana llegué más tarde, porque aprendí ese idioma después del francés."

En algún momento, la joven que escandalizaba a los padres de sus amigas comenzó a escribir "unos textos que hablaban de unos amores desgraciadísimos y de la inexorable inminencia de la muerte". Al poco tiempo, Bignozzi integraba el grupo de los Poetas del Pan Duro, vinculados al Partido Comunista. De ambos, se iría expulsada: "No soy de las que se van, soy de las que se quedan sosteniendo una posición hasta que la echan".

Muy poco vallejeana ("leí muchísimo a Rubén Darío antes de leer a Vallejo"), nada coloquial ("no pertenezco a una clase obligada a defender lo popular"), alejada del rupturismo irracionalista del surrealismo ("Paul Eluard ha sido el único surrealista que me marcó durante mucho tiempo, por ser el menos ingenioso de todos"), la apuesta estética de Bignozzi se juega al margen de las líneas emblemáticas de los años 60. La autora de Interior con poeta (1994) sostiene: "La personalidad de mi verso, si existe, se debe a que no tengo culpa en relación con mi origen. Nunca me sentí en la necesidad de rescatar esencias barriales, tal vez porque yo sí era de barrio, a diferencia de muchos escritores de mi generación. Por el contrario, he tenido siempre una especie de tilinguería por la cultura. Me fascina un mundo más amplio que el de la cultura popular, lo que llamo los mitos: lecturas, música, pintura. Y algunos poetas me marcaron sentimentalmente pero casi no aparecen en mi obra. Tuñón, por ejemplo, es importantísimo en mi vida, como persona y como maestro, pero he seguido pocos de sus caminos poéticos. A mí no me fascina la bohemia, por ejemplo. Me fascinan la noche, el alcohol y los amigos, pero la bohemia, no. Nunca le encontré ninguna gracia al hecho de no saber dónde dormir por la noche".

Admiradora de Luis Cernuda y José çngel Valente, fervorosa difusora de Juan L. Ortiz, Juana Bignozzi dice que, en sus primeros libros - Los límites (1960) y Tierra de nadie (1962)-, la voz que se lamenta de pérdidas y dolores es un personaje literario: "Cuando uno es adolescente, se regodea en la idea de la muerte y del fracaso, sin saber mucho de esas cosas. Cuando uno ha vivido ya unos cuantos años, prefiere mostrar las consecuencias y no el fenómeno. Mujer de cierto orden creo que ya habla de las vivencias de una mujer real, marcada por las preocupaciones de su edad: el amor y la frustración política que, en mí, empezó muy joven debido al desastre del Partido Comunista Argentino, la única pérdida brutal de mi vida; sabía que un día me iba a quedar sin padre, pero nunca pensé que un día me iba a quedar sin partido, sin ser alguien políticamente activo". Hay un silencio en la línea. De pronto agrega: "Escribo, como si fuera un diario íntimo, casi todos los días y casi todo destinado a la basura y al olvido. Pero, de todo eso, rescato un verso, una idea sobre la que sé que tengo que trabajar". Vuelve a callar y dice, casi como una disculpa: "Me conmueve el mundo, quiero estar donde están los demás, sigo a mi gente, tengo amigos desde hace treinta o cuarenta años. Medito sobre esas vidas que voy viendo y, entre esas vidas, la mía que, para mi dolor, se ha preservado más que otras de mi generación. De esa contemplación surgen, creo, mis versos".

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