La lección de Dimitrov

El reencuentro imprevisto de dos ex camaradas revolucionarios reaviva un pasado político hecho de sinuosidades, que culmina en el hallazgo de una cínica fórmula de la felicidad
Jorge Sigal
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21 de diciembre de 2012  

Vengo por la calle Paraná, casi esquina Córdoba. Es mediodía y me acosa una modorra burocrática, de esas que suelen asaltar a los oficinistas antes de volver a sus rutinas sin esperanzas.

De repente, escucho una voz algo estruendosa, familiar y con sabor a tiempos interesantes. La voz me llama. Pero no lo hace por mi nombre sino por aquel apodo ridículo de antaño, cuando yo no era oficinista sino un dirigente de la Revolución. Siento que el corazón comienza a galopar. No es que me haya emocionado, no. Es como si Rodolfo –ése era su nombre de guerra en los años setenta– hubiera interrumpido un sueño profundo, como si estuviera invadiendo un territorio que hasta este instante fue sólo mío. Es la irrupción del pasado, joven y vigoroso, incrustándose en la calma de un retiro tedioso pero confortable, el refugio privado que yo elegí –o en el que la vida me archivó– luego de haber perdido la batalla por cambiar el mundo.

–¡Chispa, Chispita, hermanito! ¿Cómo estás? ¡Tantos años! –grita, logrando llamar la atención inclusive de los viandantes insensibles que a esa hora desbordan el centro de la ciudad.

Viene ataviado con ropa deportiva de primera marca, tiene un bronceado natural –de esos que se adquieren bajo el sol y no bajo la lámpara– y se lo nota levemente acalorado como quien ha finalizado su cuota diaria de ejercicios físicos. En su mano derecha trae una pequeña bolsa de papel y en la izquierda una Coca Light. Mientras saluda, levanta el paquete y, sin darme tiempo a reaccionar, exclama:

–¡Bagels, Chispita, deliciosos bagels, como en Nueva York! ¡Qué maravilla!

Aunque no nos hemos visto en mucho tiempo, yo sé de él porque, ocasionalmente, las noticias políticas solían traer alguna referencia, siempre tangencial, de sus pasos por el poder.

Durante la primera democracia, Ex Rodolfo logró hacerse de una carrera próspera y exitosa, aunque sin estridencias. Luego de superar el trauma que deja en cualquier persona el sacerdocio comunista, recaló en el radicalismo triunfante de 1983. Allí pudo encumbrarse hasta orillar, incluso, el circuito presidencial. Dueño de una simpatía desbordante, Ex Rodolfo solía frecuentar la Quinta de Olivos junto a las principales figuras del gobierno, y el presidente Raúl Alfonsín en persona les dedicaba atención a sus inagotables ocurrencias. Fue en esa etapa cuando descubrió que el corazón es en realidad un músculo maleable. Olvidó rápidamente los sueños revolucionarios y se zambulló, con la renovada fe de los conversos, en el mundo de la socialdemocracia local.

Luego, cuando el partido radical perdió las elecciones de 1989, logró sobrevivir con dignidad. Inquieto, infatigable, buen amigo de los amigos, siempre encontró un despacho opositor en donde prestar algún servicio útil a la causa. La luz no se apagó, sólo se esmeriló, como suele ocurrir en los descensos previsibles.

Después del reinado menemista, Ex Rodolfo fue perdiendo visibilidad. Los diarios y las revistas ya no lo incluían, ni siquiera en las páginas de chimentos políticos. Se evaporó. Y para mí, fue desapareciendo también como recuerdo. Vaya a saber por qué hay gente que, aun habiendo compartido momentos importantes, se escapa de la memoria, pasa a un depósito fuera de alcance. Ése fue el caso de Ex Rodolfo hasta este día tan extraño, cuando resucita en medio de una escenografía equivocada, vestido de exitoso en un desfile de grises uniformes. Es increíble cómo ha conservado su aspecto. Parece incluso más joven que la última vez que lo vi.

–Los tiempos cambian, Chispita –dice. Y, sin dejar tiempo a respuestas, agrega: –¿Te acordás de Dimitrov? Y bueno… O se es yunque o se es martillo. Hay que elegir. ¿No te parece?

No digo nada.

¿Qué puedo decir? Sólo trato de descifrar si aquella frase, que tanto repetíamos en nuestra adolescencia bolchevique para explicar el derecho de los obreros a rebelarse contra el poder, es en verdad del búlgaro Jorge Dimitrov o se trata de otra de las falsedades que contenía nuestro relato.

–Descubrí la fórmula de la felicidad, mi querido camarada: trabajar poco y ganar mucho –agrega, mientras le echa un vistazo a mi atuendo reglamentario: saco azul y pantalón gris–.Ahora trabajo para este gobierno, me hice peronista, Chispita. Business are business!

Nos despedimos con un abrazo.

Como quien levanta un trofeo, antes de subir a su Toyota Corolla recién estrenado, vuelve a levantar la bolsa con las masitas neoyorquinas y dispara su último consejo:

–¡No trabajes mucho, Chispita! Porque, si uno trabaja demasiado, no le queda tiempo para hacer plata. Au revoir!

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